El ferroviario

El cine italiano en los años 50 fue toda una explosión de talento. Pero no solo surgieron Roberto Rossellini, Vitorio de Sica, Luchino Visconti o Federico Fellini…, sino muchos otros realizadores, que bajo la influencia del neorrealismo italiano y su evolución, o fuera de él, crearon sus carreras cinematográficas, pero ahora sus nombres están más a la sombra y el acceso a su obra es algo más complejo. Uno de esos nombres fue Pietro Germi que conoció todas las fases de cómo hacer una película y que en algunas de sus obras fue el actor principal, el guionista y el director. Germi supo lo que era la pobreza, pues su familia era humilde y no lo tuvo fácil, pero trabajó desde muy niño y no descuidó tampoco su formación hasta que fue accediendo poco a poco al mundo del cine (y en múltiples oficios). Y me parece importante contar sus orígenes para poder describir la emoción y la verdad que encierra El ferroviario.

Pues precisamente la mirada que predomina en El ferroviario es la de un niño, Sandro Marcocci (Edoardo Nevola), que ve cómo su familia de clase media baja va desestructurándose de una Navidad a otra (transcurre un año) bajo la fuerte y demoledora influencia de su padre, Andrea Marcocci (Pietro Germi). Cómo su familia va cayendo de desgracia en desgracia a un pozo que parece que no tiene final. El ferroviario es un triste y emocionante cuento de Navidad. Y Germi sabe de lo que habla: es absolutamente creíble en su personaje de Andrea, y convence en la forma que cuenta esta historia así como su mano en el guion. Es como si Germi rescatara ese niño que tiene dentro, que vivió en una familia pobre, y proyectara su mirada…

Sus personajes son seres humanos que arrastran todas sus contradicciones, todos sus defectos y todas sus virtudes. Y la mirada del niño los muestra tal y como son sin juzgarlos, queriéndoles con todo lo bueno y malo que llevan sobre sus hombros, aunque a veces no comprenda. Esa mirada golpea despiadada, pero a la vez posiciona al espectador con cada uno de los personajes, trata de comprenderlos (como el niño), y quiere que todo se arregle y acabe bien para cada uno de ellos. Así Sandro ofrece la mirada más hermosa hacia el personaje más conflictivo de la historia: su padre. Y arrastra a que el espectador se ponga de su lado, aun sabiendo que su personalidad no ha traído precisamente la felicidad a los suyos.

Andrea es un hombre sencillo, orgulloso de su trabajo. Es maquinista. Un hombre de instinto, vital pero también brutal. Le gusta el vino, las reuniones con sus amigos, la juerga… pero descubrimos que no ha hecho la vida fácil a su mujer, Sara, una mujer resignada pero que sustenta como puede la unidad familiar, y que no sabe comunicarse (más que con gritos y tortas) con sus hijos mayores, Giulia y Marcello. Su ojo derecho es el pequeño, Sandro, un niño. Y este quiere muchísimo a su padre (y a todos los miembros de su familia). Algunas de las secuencias entre Andrea y Sandro tienen la misma fuerza emocional que las de Antonio y Bruno en El ladrón de bicicletas. Sin embargo, la vida de Andrea dará un giro que desestabilizará aún más a su familia. Y ese giro tiene que ver con un día complicado en su trabajo donde dos sucesos tambalearán no solo su puesto (y la dignidad de Andrea como trabajador orgulloso de su labor) sino también la economía familiar.

El ferroviario I

Por eso la mirada inocente de Sandro, un niño despierto y espabilado, duele y golpea, pero a la vez quita dramatismo a la desestructuración familiar y se convierte además en una mirada con luz al final del túnel. Todos vuelcan su cara más amable sobre los hombros de Sandro… Pietro Germi construye muchas escenas con las miradas y sus personajes son tan creíbles que conducen por las vías de la vida con precisión hasta culminar en una poderosa y emocionante escena final, una celebración de Navidad, que no solo redime a Andrea, sino que permite al personaje una digna y hermosa despedida.

Sin embargo, el niño tiene secuencias imborrables con cada uno de los adultos de esta historia familiar. Y destacan dos: uno de los encuentros con su hermana mayor, donde corren alegres por la calle, y donde Sandro empieza a intuir una historia subterránea que no entiende. Y otro momento en la cama con su madre donde esta intenta explicarle el derrumbe familiar y justificando a cada uno de ellos, se echa a llorar desesperada.

Otro aspecto interesante de análisis de esta película es la Italia que muestra, la de los años cincuenta: la vida laboral, los sindicatos, las huelgas, los trabajadores (alrededor del mundo de los trenes)…, también otros trabajos (como las lavanderías) o los comercios pequeños. La vida alrededor de las tabernas, las canciones, los vinos (el alcohol)… El colegio y la educación, los juegos infantiles en los descampados, o la vida en una comunidad de vecinos. Así como la radiografía de la vida en una casa familiar de clase media baja, la casa de los Marcocci…

Así El ferroviario se convierte en una joya del cine italiano a reivindicar… y escuchar esa guitarra que vibra… para quedarse finalmente en silencio.

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