Inauguro también alegremente la temporada en el cine Doré, Filmoteca Española, con una proyección dentro del ciclo Tiempo de comedia.

Whisky a go-go

Whisky a gogó es el primer largometraje de ficción de Alexander MacKendrick en los Estudios Ealing y forma parte de ese tipo de comedia elegante, inteligente, sutil, satírica y, a veces, teñida con pinceladas negras que se daría en dicha compañía después de la Segunda Guerra Mundial. De esas comedias que no quitan la sonrisa de la boca. Y con este largometraje empezaría la andadura de un perfeccionista de carrera breve pero con títulos mayúsculos, MacKendrick, que al no encontrar la libertad artística que deseaba durante su carrera (sobre todo cuando regresó de nuevo a EEUU), prefirió terminar dedicándose a la enseñanza de cine.

El argumento de Whisky a gogó parte de una premisa sencilla: en una pequeña isla escocesa sus habitantes, sobre todo los hombres, están deprimidos y con tristeza perpetua, no solo por los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial, sino porque una de las consecuencias es que no llega whisky a la isla. Esa bebida, de tradición gaélica y con muchos ritos a su alrededor… casi sagrada, es su elixir de la vida. Sin embargo, el día a día continúa: con sus peticiones de mano, sus reuniones, su trabajo en el mar… Entonces un barco naufraga, el Cabinet Minister, y su tripulación abandona dicho barco antes de que se hunda, pero antes informa a uno de los habitantes de su carga: 50.000 cajas de whisky.

Y la sencillez envuelve un relato contado de una forma especial, no solo mantiene la sonrisa constante sino que encierra un pequeño universo, esa isla y sus habitantes. Y la cámara pasa con virtuosismo documental (MacKendrick venía del Ministerio de Información y había hecho varios documentales) por cada uno de los rostros y los quehaceres diarios del lugar pero con notas visuales y gotas de poesía y belleza. Un universo que muestra la unidad de la comunidad para la consecución de un objetivo: la obtención del whisky y sortear a las autoridades aduaneras para que no descubran el cargamento “prestado”, tras la denuncia de un responsable capitán inglés Waggett (Basil Radford), que se encarga, infructuosamente, de mantener el orden público en la isla. Sin embargo, el relato no termina como un cuento feliz, la voz en off da un giro final…, la felicidad es efímera, y solo la alcanza una pareja: la bella escocesa, Peggy Macroon, y el sargento británico Odd… ¡ambos son abstemios!

Whisky a gogó

Y es una película plagada de personajes maravillosos que protagonizan momentos colectivos o individuales que insuflan alma a ese universo creado por MacKendrick. Impagable esa madre severa y creyente que domina a su hijo pelirrojo, el maestro del lugar. O ese padre desolado por la falta de alcohol, que cuenta con dos jóvenes hijas casaderas, inteligentes y alegres. O el mismo capitán Waggett con su obsesión por el orden y su soledad, que incluso choca con su silenciosa esposa (que intenta advertirle, con cariño, sobre su actitud y que trata de transmitirle si es necesario ser tan estricto… y al final no podrá evitar la carcajada ante las vicisitudes del esposo) y con el sargento Odd, que le obedece con respeto y cariño, pero sorteando sus órdenes y siendo testigo de cada metedura de pata. O ese entrañable anciano enfermo, que milagrosamente recuperará la salud con el elixir, y su camaradería con el vigoroso doctor barbudo del pueblo…

La propia isla forma parte de ese universo ficticio e idílico (aunque con bofetada final): los acantilados, la cueva donde esconden el cargamento, la mar brava…, el tiempo frío, las casas, la iglesia, las tiendas, la taberna, los lugares de reunión… y el sentido de la fiesta y la celebración, del estar todos juntos, que culmina en esa fiesta ritual donde beben, cantan y bailan para festejar la pedida de mano de dos jóvenes parejas.

MacKendrick juega y combina la fuerza de sus primeros planos, pues cuenta con rostros con huellas (y buenos actores que crean personajes con alma), con escenas, que tras su sencillez y naturalidad, muestran una cuidada composición y puesta en escena: como esos hombres de negro desolados, de espaldas, con un perro acompañándolos, en el acantilado, mientras miran al mar, a ese barco a punto de hundirse con su preciada carga… y ellos inmóviles por la tradición: es domingo, día de descanso, de guardar…

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