Las Inocentes

Hay una escena muy breve que simboliza el momento histórico que se refleja en Las inocentes. Final de la Segunda Guerra Mundial, Polonia. La nieve cubre todo el paisaje y unos niños de la calle juguetean revoltosos y con alegría encima de un ataúd. La vida y la muerte, el fin y la velada posibilidad de futuro.

La directora Anne Fontaine narra cinematográficamente uno de los muchos horrores de la guerra… y en ese mundo oscuro y cruel deja otra huella: una ayudante de medicina de la Cruz Roja francesa con educación comunista, una monja polaca y un doctor judío, todos con heridas y mucho desencanto a cuestas, terminarán unidos para buscar una salida a una situación complicada. Fontaine se inspira en las vivencias de la doctora Madeleine Pauliac (1912-1946). Y esas vivencias de las que parte recogen cómo atendió a las monjas de un convento polaco que habían sido sistemáticamente violadas por miembros del Ejército Rojo. Además varias de ellas no solo arrastraban traumas psicológicos, sino que además se habían quedado embarazadas.

Anne Fontaine consigue un relato cinematográfico complejo pero con una bella puesta en escena, sin estridencias, y dejando muchos caminos para la reflexión. Al espectador le envuelve el frío de Polonia, todo lo cubre la nieve, hasta lo horrible… y en ese frío descubrimos la vida monacal de este grupo de monjas en el convento. Pronto nos damos cuenta de que frente la apariencia de normalidad y ritos cotidianos de las hermanas (los cánticos, rezos, los momentos de ocio, la cocina), existe un secreto. Primero lo delata un grito desgarrado. Y después iremos descubriendo cómo el trauma ha afectado a cada una de ellas de manera diferente. Algunas pierden la fe, otras se niegan a aceptar los hechos, algunas descubren nuevos rumbos para sus vidas, otras viven horrorizadas cada segundo… Además de dejar de nuevo al descubierto cómo la violación sistemática es una herramienta de guerra para humillar y destruir al pueblo que lo sufre.

Es una novicia la que desobedeciendo a la madre superiora va en busca de ayuda médica… y quien se cruza en su camino es una joven ayudante de médico de la Cruz Roja francesa, Mathilde Beaulieu (Lou de Laâge). Y esta tras entrar en los muros del convento descubre en toda su crudeza el secreto que no quiere ser desvelado. Ahí encuentra la complicidad primero tímida y luego más estrecha (se acercan y se comprenden ambas) de la madre Maria (Agata Buzek) y la incomprensión de la madre abadesa (Agata Kulesza), mujer fuerte que en su afán de protección a las monjas y novicias y de ocultar el secreto así como seguir entregadas a Dios toma caminos retorcidos. Mathilde Beaulieu se entrega totalmente a echar una mano a estas mujeres desde el principio (por profesionalidad y solidaridad, a pesar de poner en peligro su puesto en la Cruz Roja y la relación con sus compañeros, entre ellos, el doctor judío con el que establece también una especial complicidad), pero irá comprendiendo cada vez más, y de manera cruda, lo que sienten.

Así penetramos tras los muros del convento. Y en el frío de las celdas, de la cocina, de la sala de rezos y cánticos… Nos dejamos alumbrar por la luz suave de los quinqués o las velas. Nos deslizamos entre los cánticos y rezos. Y el silencio. Y detrás de las puertas, en los pasillos o en las celdas o despachos se van desvelando dudas de fe (tanto religiosa como políticas), caídas al abismo, solidaridad, equivocaciones tremendas, decisiones morales, recuerdos del pasado, traumas y descubrimientos de otros caminos, de otra forma de hacer las cosas, de dejar entrar un poco de luz.

Las inocentes, coproducción francobelga, dialoga y hace una buena sesión doble con Ida de Pawel Pawlikowski (de hecho varias de sus actrices se encuentran también en la película de Anne Fontaine) pues desentierra historias desgarradoras del pasado de un país castigado con crudeza como Polonia. Un país con traumas, contradicciones y de una complejidad histórica brutal (un crudo siglo XX). Ya el mismo título esconde complejidades: ¿quiénes son realmente las inocentes?

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