Remordimiento

Entre medias de sus comedias musicales (alguna de ellas con la mítica pareja de Maurice Chevalier y Jeanette MacDonald) y una de sus primeras comedias románticas y sofisticadas (Un ladrón en la alcoba)… se encuentra una película antibélica, una perla extraña en su filmografía, Remordimiento. Un intento en periodo de entreguerras, con una Europa tan crispada que iría de cabeza a la Segunda Guerra Mundial, de hablar sobre las heridas de la guerra, la unión entre los pueblos y la posibilidad de perdón. Es interesante analizar cómo el año en que la rodó (realizó cinco películas), 1932, fue un año de transición en su filmografía. Remordimiento ha tenido su libre remake en 2016 con la película Frantz de François Ozon. Con su toque y su excepcional empleo del lenguaje cinematográfico crea un relato cinematográfico emocionante con un final hermosísimo… y en solo setenta y siete minutos. A su vez Lubitsch estaba adaptando una obra de teatro del autor francés Maurice Rostand, L’homme que j’ai tué.

En su primera secuencia ya cuenta el horror de la guerra, las heridas e incluso también emplea un humor sarcástico mostrando galones, barbas y espadas impolutas en una ceremonia religiosa. Sin embargo, hay un plano demoledor al principio… el desfile de la victoria en París a través de la pierna amputada de un soldado… Y cuando esa iglesia, con una celebración de la victoria, se queda vacía… solo se ve entre los bancos unas manos de súplica y después el rostro de un joven atormentado, el francés Paul Renard (Phillips Holmes, un joven actor que, ironías de la vida, moriría en la Segunda Guerra Mundial), que necesita una confesión pues busca el perdón. Y decidirá entonces ir a Alemania…

En la película de Ozon el punto de vista es diferente (recordemos que vemos la historia a través de la mirada de la joven alemana y por ello hay un halo de misterio alrededor de la figura del francés y de los motivos por los que está en su pequeña localidad), y, sin embargo, en la de Lubitsch sabemos todo sobre Paul Renard pero consigue no solo emocionar de forma contenida y enternecer sino que construye una última escena redonda y muy hermosa. Uno de esos finales difíciles de olvidar.

Y esa escena final se encuentra también en la de Ozon pero a mitad de película… y a ese violín no se le une un piano (como en Remordimiento), sino que la interrumpe un desmayo del joven francés y dará pie a la segunda parte de la película, que en la de Lubitsch no existe. Ozon sabe lo que ocurrió en la Historia (que después de la primera guerra vino la segunda) y por eso es consciente de que ese maravilloso final de Lubitsch es imposible y entonces construye una segunda parte cargada de melancolía, pues no es posible la felicidad de los personajes. Lubitsch (que nació en Berlín), sin embargo, estaba haciendo un llamamiento ante la situación negra que se avecinaba en Europa y estaba tratando de construir otro mensaje, un mensaje pacifista. De perdón y encuentro.

En Remordimiento el gran personaje, el que sufre una transformación total, es el doctor Holderlin (Lionel Barrymore). Ante su relación con Paul Renard es consciente de la injusticia de la guerra, de cómo no tiene sentido seguir con las hostilidades, con el odio, de cómo fueron ellos, los mayores, los que enviaron a los jóvenes a la guerra, los responsables… y cómo es tiempo de encuentro y paz. Y así se lo dice a otros padres que han perdido a sus hijos en una taberna donde no es muy bien recibido por su amistad con Renard (Ozon no prescinde de este momento, le sirve para dar continuidad a unas relaciones imposibles, pero en Lubitsch es clave para la transformación del doctor). O también es impresionante la ilusión en los ojos de su esposa (Louise Carter), que antes ha tenido una escena demoledora con otra madre ante la tumba de su hijo ausente. Y la joven alemana (Nancy Carroll), que perdió a su prometido, hijo de los Holderlin, y que vive entregada a sus suegros… ve una posibilidad de seguir siendo feliz, como le escribía su novio en la última carta que pudo enviar, con este francés amigo (una carta llena de significado y que nos ha sido mostrado cuándo su prometido estampó su firma y cómo). Y no tiene temor a las barreras, ni a los cotilleos en su pequeña ciudad, ni al rechazo… por seguir ilusionándose.

Remordimiento es un continuo alarde de Lubitsch de cómo contar con lenguaje cinematográfico, a través de la imagen una historia, y su toque también funciona en el drama. Hay un momento magnífico (hay tantos…) en el cual Paul Renard acude por primera vez a la consulta del doctor. Y el doctor tiene en paralelo el rostro de su hijo en una fotografía enmarcada encima de su mesa y el rostro atormentado del joven francés frente a él…

Pero Lubitsch regala en su escena final un concierto completo sin nota disonante donde a un violín solitario le acompañan las notas de un piano. Y vemos la sonrisa de Renard.

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