Empiezo el año cinéfilo con alegría desbordante… Cómo me ha gustado la nueva película de Ozon

Frantz

Una joven alemana, Anna, se dirige al cementerio en su pequeña ciudad. Y una vez allí, ve con extrañeza que hay flores frescas en una tumba que ella visita cada día, y no son las suyas. Así empieza la delicada y bella historia que cuenta François Ozon. Después nos enteramos de que Anna vive con los padres de su novio, Frantz, y que este ha fallecido recientemente en la Primera Guerra Mundial. Y que esas flores pertenecen a un misterioso y joven francés, Adrien… Cuando este se encuentra con la familia, un tsúnami emocional golpeará a todos los personajes. Y Ozon bebe de una película que ya rodó Ernst Lubitsch en 1932, Remordimientos (The Broken Lullaby, muy pronto también en este blog…). Pero Ozon no trata de alcanzar ni de imitar el toque Lubitsch, sino que él busca su particular forma de llevarla de nuevo a la pantalla. La historia está contada prácticamente desde la mirada de Anna, pero en toda la película vuela el personaje ausente, Frantz. Así el realizador francés no solo deja un relato cinematográfico que habla sobre las heridas de la guerra, sobre la sinrazón de enviar a hombres a morir, sino que además aborda una historia compleja sobre la búsqueda del perdón y la dificultad de concederlo.

François Ozon es un realizador francés que siempre busca una forma distinta para contar sus historias. Lo que estas le piden. Es como si indagara en la historia que quiere narrar a través de imágenes y extrajera la mejor manera de plasmarlas. Y sus historias son de lo más variadas: desde una comedia musical años 50 con dosis de glamour y misterio para 8 mujeres; a la sobriedad para contar la historia de un enfermo terminal que no acepta su destino en El tiempo que queda o pasando por una historia de poderes, clases sociales y creación literaria como refleja de manera lúcida En la casa. Y ahora en Frantz cuenta un drama emocionante en blanco y negro con destellos de color (sobre todo para señalar los momentos donde está más presente Frantz pero de muy distintas maneras: puede ser un recuerdo, una ensoñación, una fantasía o un sentimiento como si su espíritu estuviera presente en aquellos lugares que pisó y que disfrutó…) y con la delicadeza de los versos de Verlaine, con la profundidad y complejidad de un cuadro de Manet, El suicida, y con las notas de dos melodías inacabadas con un violín o un piano.

Y es que Frantz además esconde una melancolía latente en cada fotograma pues muestra también la gestación de las heridas no curadas, de los odios que no acaban y de una Europa que se precipitará de nuevo a otra guerra mundial… a pesar del intento de unos personajes sensibles, frágiles y rotos de encontrarse, de una búsqueda de perdón desesperada, de volver a ilusionarse y a seguir viviendo y de las distintas formas de concederlo… si es que es posible mostrar y contar una verdad.

Así la mirada de Anna parte la película en dos, con un viaje en tren que cambia de fondo y paisaje. Su mirada en la pequeña ciudad alemana, donde se encuentra protegida en su dolor y con una intimidad especial (hasta que la presencia de Adrien la descoloca), y en ese París donde no ve esa ciudad idealizada de antes de la guerra que conoció a través de su novio o de las palabras de Adrien…, pero donde puede abrir los ojos dolorosamente y enfrentarse de nuevo a la vida.

François Ozon deja un drama con versos, notas musicales, melancolía en blanco y negro y destellos de color.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.