El sitio de Viena. Huellas de Fritz Lang, de Carlos Losilla (Notorius ediciones)

Secreto tras la puerta

A veces caen libros en tus manos con los que te llevas gratas sorpresas. Esta vez estaba buscando información sobre Fritz Lang (y en concreto de una de sus películas, Las tres luces), y consultando en el ordenador los libros sobre este director que tenían en mi biblioteca pública más cercana… me topé con este título: El sitio de Viena. Huellas de Fritz Lang. Cuando vi el nombre de su autor me dije: “Mira, este libro me lo llevo a casa”. De Carlos Losilla leo mensualmente sus críticas de cine en Caimán y me gusta cómo desentraña las películas. Así que no lo dudo y una vez en mi casa con él, lo disfruto.

Porque El sitio de Viena es un análisis laberíntico lleno de pasillos, senderos, caminos y carreteras alrededor de Fritz Lang. Más bien de lo que significa Fritz Lang y su cine… y las huellas de una Europa que se cae en pedazos. Buscar raíces y huellas. Y esas raíces y huellas se buscan tanto en las entrañas de sus películas como en los datos biográficos que se han ido recopilando de Lang… En la documentación, en los libros que se escribieron sobre él tanto en su vida como posteriormente, en las distintas interpretaciones de su obra tanto la de la etapa alemana como de la americana, en sus testimonios, entrevistas, en sus fotografías, incluso en sus apariciones cinematográficas (… en El desprecio de Jean-Luc Godard)… Huellas que se encuentran también en las incógnitas de su vida, en sus contradicciones, en el papel de las mujeres de su vida…, en sus misterios. En la figura privada y en la figura pública…, ¿cuál es la real?¿Hay un Fritz Lang inventado, creado?

Pero sorprendentemente El sitio de Viena no es solo sobre el director… sino sobre la cultura europea y su declive hasta la actualidad. Qué es lo que el bagaje cultural puso en las espaldas del cine Lang. Cuáles fueron sus influencias. Qué acontecimientos históricos arrastraba. Cuál era la complejidad que reflejaba. Qué otros nombres del pasado y del futuro giran alrededor de Lang y su obra.

Y El sitio de Viena sigue siendo un laberinto porque también es una especie de autobiografía sobre el propio Carlos Losilla que habla de sus recuerdos, de su infancia y de su presente, de su trayectoria profesional, y de la cultura que iba absorbiendo, donde también entraban los secretos tras las puertas del cine de Lang.

Entonces el libro se convierte en la historia de una investigación donde no faltan los misterios, las coincidencias, las historias paralelas, los lazos inesperados o los azares del destino. El encuentro con eruditos, la resolución de enigmas, el transcurrir de anécdotas que le llevan siempre a Lang y a su cine con un fondo complejo como el de cada una de sus películas. Donde el propio libro es un enigma a descubrir lleno de intrigantes fotogramas-palabras y donde el lector no puede evitar pasar una página y otra para ver dónde le conduce la siguiente… hasta el final. El sitio de Viena es un viaje apasionante.

Momentos Jill en Hasta que llegó su hora de Sergio Leone

Hasta que llegó su hora

A veces hay películas que vemos muchas veces en la vida y siempre podemos buscar distintas miradas. Una de ellas es Hasta que llegó su hora de Sergio Leone. El otro día volví a verla (no sé cuántas llevo ya, pero no es de las películas que más veces he visto…, yo creo que era la cuarta) y la miré a través de los ojos de Jill (Claudia Cardinale).

El Oeste de Leone es un lugar desmitificado pero con una belleza poética especial (ay, las contradicciones). Es un mundo de supervivencia. Y en ese mundo Jill es otra superviviente más con rostro de mujer. Deambula como los demás para seguir viviendo, para conseguir una existencia mejor, pero además es nexo de unión de todos los personajes masculinos de la película.

Así Jill tiene belleza y dureza en su persona. Sabe lo que es la vida y en su mirada hay huellas de pasado complejo. Sabe jugar sucio… para seguir viviendo. Y también dentro de su caparazón de dureza, donde trata que no la hagan daño o que no la hieran más, hay grietas de esperanza, de seguir creyendo que puede ser feliz y tener una vida tranquila.

Así Leone regala a Jill algunas de las escenas más hermosas de Hasta que llegó su hora. Su llegada en tren hacia un futuro que cree mejor, un mundo desconocido al cual se enfrenta sin miedo, sin echarse atrás. Sin asustarse frente a las hostilidades. Su entrada a esa especie de tienda mugrienta donde ella es un soplo de belleza, casi fantasmal, como una aparición imposible, donde conoce a Cheyenne (Jason Robards) y Harmonica (Charles Bronson). Y el final del trayecto a ese hogar que no es sino un entierro múltiple del que iba a ser su futuro esposo y sus hijos…

Pero Jill no se derrumba, está acostumbrada a sobrevivir. De hecho la boda era una salida a su vida dura. Un sueño de conseguir vida confortable. Y así continúa intentando alcanzar sus sueños de vida próspera, sin penurias. Sea como sea. Con la frente bien alta y creando alianzas de lo más extrañas… para encontrar un nuevo hogar donde quedarse y saber si puede seguir sobreviviendo aunque todos a su alrededor vayan muriendo o decidan marcharse, no establecerse.

Así tiene sus escenas con Harmonica, con el malvado de ojos azules que responde al nombre de Frank (inmenso Henry Fonda) y con Cheyenne. Y cuando todos terminan sus cuentas pendientes (y sobreviven o mueren o vuelven a marcharse), la bella Jill reparte agua a los trabajadores del ferrocarril y parece que ha encontrado un lugar en el Oeste donde asentarse. Por fin.

Voy a darme un baño… El siciliano de Michael Cimino

Hay películas tremendamente imperfectas e irregulares pero tocadas por una varita mágica. Eso es lo que pasa con El siciliano de Michael Cimino, recientemente desaparecido, y que necesita una nueva mirada sobre su castigada obra cinematográfica. El siciliano tiene un envoltorio formal, una modo de contar visualmente, que deja patente que Cimino era un director muy especial. Su dominio de la puesta en escena y el empleo del lenguaje cinematográfico deja momentos bellísimos en esta película maltratada. Porque fue otra de las obras del director que sufrió mutilaciones en la sala montaje y otro de los sonados fracasos de su carrera.

Así queda una película compleja, mutilada, con esbozos de personajes y relaciones, donde se cuenta una interesante historia: la de un bandido, un bandido mediático: Salvatore Giuliano. Una de esas personalidades independientes y contradictorias que se revisten de leyenda… que acabó sucumbiendo en las redes de políticos, mafiosos y miembros de la iglesia en época turbulenta en Italia. Y que finalmente morirá traicionado por uno de sus más fieles compañeros. Giuliano, una especie de místico salvador y mártir con el rostro de un iluminado y alucinado Christopher Lambert, elevado al mito por Mario Puzo y Michael Cimino.

Y aunque queda un relato enrevesado, más bien creo que mutilado, deja en el camino de fotogramas secuencias de una belleza formal que hace que la película merezca más de un visionado. Y una de ellas es el trayecto hasta el baño de Camilla (americana y representante de la aristocracia pero con el rostro de la alemana Barbara Sukowa). Impresionante. Camilla acaba de llegar al palacio del príncipe Borsa (Terece Stamp), después de montar a caballo, y va por las distintas estancias quitándose las prendas, desnudándose, mientras las tira al suelo quedándose totalmente desnuda, detrás de ella una mujer del servicio va recogiendo cada una de las prendas… hasta que Camilla llega a la bañera y se mete en ella. Y la mujer de servicio da media vuelta con toda la ropa. Ambas sin cruzar palabra.

Una reflexión sobre El ciudadano ilustre

elciudadanoilustre

De Mariano Cohn y Gastón Duprat había visto El hombre de al lado que a través de un conflicto entre vecinos por una ventana, terminaban haciendo una reflexión cruda sobre las clases sociales. En El ciudadano ilustre también chocan dos formas de vida: la del flamante premio Nobel de literatura, el intelectual Daniel Mantovani, y la de los habitantes de su pueblo natal, Salas, una población de la Argentina profunda (esos pueblos que existen en todas partes del mundo, en la España profunda, en la América profunda…).

Daniel Mantovani, con sus peculiaridades a cuestas (no es, por supuesto, un hombre perfecto… pero sí trata de ser coherente), salió hace años y años de su pueblo argentino, Salas. Porque sentía que se ahogaba. Y nunca más volvió, ni siquiera al entierro de su padre. Y se instaló para siempre en Europa, en concreto en Barcelona. Sin embargo, ese lugar, Salas, ha sido su universo ficcional por el que han pululado los personajes de sus novelas.

En un momento de crisis existencial Daniel recibe una invitación de su pueblo natal para convertirlo en ciudadano ilustre y además para que participe en varios eventos culturales. Y el escritor acepta la invitación… y lo que empieza como una aventura de reencuentro con el pasado, con notas de comedia costumbrista, termina en un relato de terror y cacería donde Mantovani se da cuenta de los motivos por los que se marchó en su día. Descubre ese alma de Salas que le ahoga, le calla, le silencia. Esos habitantes que lo reciben con una sonrisa, pero poco a poco va cayendo una máscara donde aparecen envidias, rencores, cuentas pendientes, intereses creados y violencias ocultas…

Mariano Cohn y Gastón Duprat dejan, sin embargo, una incógnita gracias a su personaje principal, Daniel Mantovani (Oscar Martínez). Pues Mantovani es un creador que escribe historias y personajes… y su universo particular es Salas, aquel sitio al que no volvió… ¿o sí? No olvidemos que la vida es sueño o, mejor dicho, qué es real y qué es materia de pesadillas… El acto creativo construye universos con vida propia, real. Con sangre en sus venas…

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