Aliados

… Dos seres bellos y glamurosos, con sus metralletas, abandonan un edificio. De fondo fuego. Los dos aliados, cogidos de la mano, perfectamente vestidos, maquillados, peinados… fríos. Y eso que acaban de vivir un momento de adrenalina total. Ese es el fotograma que acompaña este texto (y el que ilustra también el cartel del film) y resume muy bien la nueva película de Robert Zemeckis. Perfecta en su realización, impoluta en sus secuencias de acción y también en las intimistas, todo dirigido a que el espectador no se despiste ni un momento, todo señalado, sin que este pueda despegarse ni un milimetro del guion. Sin perdida, todo bien atado. Aquí tiene que emocionarse. Aquí tiene que notar el sufrimiento del protagonista ante el dilema. Aquí tiene que notar el horror de la guerra. Aquí un momento de mucha acción y adrenalina. Aquí otro emotivo. Y para ayudar aún más la música irá reforzando todo. Al espectador todo bien masticado. Romance glamuroso, vestuario glamuroso, estrellas glamurosas, ambientación glamurosa… Robert Zemeckis presenta un producto cinematográfico perfectamente acabado… pero se olvidó de meter alma y corazón a la película. Y él sabe hacerlo: yo solo por Forrest Gump sé que Zemeckis puede hacer latir un corazón dentro de una película.

Pero no obstante es interesante analizar Aliados. Porque Zemeckis sabe rodar secuencias que mantienen en vilo (sabe cómo contar), pero no logra escaparse de la perfección de su pareja protagonista (una sentida Marion Cotillard y un Brad Pitt esta vez —mira que lo he defendido veces en mi vida y que lo he disfrutado— bastante envarado), que nunca se despeinan y siempre van vestidos ejemplarmente, y dar un alma a su historia. Solo se le va totalmente la olla una vez (y a sus protagonistas también) y deja un parto memorable. Totalmente exagerado, pero casi con algo parecido a un alma que resucita. En un hospital bombardeado, en el fragor de la batalla, en un Londres bajo las bombas… Marion Cotillard es llevaba en camilla junto a un atribulado Brad Pitt fuera de las instalaciones hospitalarias con varias enfermeras tratando de asistirla en plena calle, con bombas explotando a su alrededor y la sufrida madre gritando a la par que los estruendos y la destrucción…

Pero no se puede negar que Zemeckis sabe entretener. Así que cuenta una historia de dos espías en plena Segunda Guerra Mundial que tienen que realizar una misión peligrosa en Casablanca (escenario romántico donde los haya y que la mitología cinéfila asocia siempre con los rostros de Bogart y Bergman en un café llamado Rick). Él, del bando aliado, viene de Inglaterra. Ella de Francia. Y allí además de llevar con éxito la misión que les ha sido encomendada se enamoran… y unen sus destinos. Pero su historia va a verse condicionada por la guerra, difícilmente pueden aislarse de un mundo que estalla a su alrededor y de un universo de espías y contraespías…, donde a veces es difícil saber dónde está la verdad o la mentira. Y donde no se puede fallar ni quedar herido a riesgo de quedar abandonado y olvidado por todos —tanto por los camaradas como por los enemigos— en un rincón de una residencia (y ahí hay otro personaje con corazón, el espía mutilado con rostro de Matthew Goode). La sombra de la traición siempre está presente. Y ahí está el dilema de la segunda parte de la película, que transcurre en Londres (en su mayoría): cuando siembran la sombra de la duda sobre el protagonista hasta ese momento felizmente casado y enamorado, y padre de una pequeña. La mujer amada puede ser una espía doble y él no solo tiene que desenmascararla, sino también eliminarla. Y todo cambia. Otra carrera contrarreloj del héroe para demostrar que todos se equivocan.

Zemeckis no da respiro al espectador, imposible aburrirse. Así no solo deja el momento de las metralletas con sus héroes elegantemente vestidos, como clímax de su misión en Casablanca. Sino también esa primera y tórrida escena de amor en un coche envuelta en una tormenta de arena. O la peligrosa búsqueda del protagonista de un testigo alcohólico que identifique a su amada, que le devuelva su identidad, y cómo lo encuentra en una cárcel, donde pronto pueden llegar los nazis…

Solo a la salida el espectador descubre que no se ha emocionado, que la película se diluye, que no late… que le ha sumido en una glamurosa y bella frialdad.

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