La bailarina (La danseuse, 2016) de Stéphanie Di Giusto

La bailarina

La bailarina, ópera prima donde se nota la investigación alrededor de un personaje: Loïe Fuller. Aquellos que buscan primeras imágenes filmadas recordarán a una mujer con un enorme traje blanco y realizando movimientos que asemejan a una mariposa que serpentea con sus alas. Loïe Fuller patentó (y la costó casi la vida) un baile-espectáculo que fue muy imitado, donde era importante el traje blanco, los efectos de iluminación y el movimiento de dos varillas. Pero además Fuller era todo un personaje.

De mujer de vida compleja en el lejano oeste a mujer que salta al otro lado del océano para llegar a ser bailarina del popular cabaret Folies Bergère, y que logra pisar el escenario del Teatro de la Ópera de París. Fuller se construyó a sí misma, y creo con sumo cuidado su baile-espectáculo. Stéphanie Di Giusto se decanta por la forma y crea imágenes de una belleza casi onírica: tanto los ensayos, como los propios bailes, tienen un halo especial. Hay un momento en que Fuller y sus bailarinas parecen ninfas del bosque. La máxima rival de Fuller fue Isadora Duncan, con la cual estableció una compleja relación además de un posible enamoramiento. Si una era todo telas y efectos especiales. La otra era poca tela, la desnudez del cuerpo y su movimiento…

La bailarina es una película imperfecta, pero tiene imágenes de gran belleza, casi onírica. Además está rodeada de un halo de decadencia que cubre la historia y a los personajes. Y que muestra el final de un siglo y el principio de otro lleno de incertidumbres. Una decadencia que va de un lejano oeste en el ocaso a un París donde se va apagando una aristocracia que ya no encuentra lugar (con ese personaje oscuro del conde Louis d’Orsay)… y donde destaca una atormentada (mental y fisícamente) y vanguardista Loïe, tanto en su arte como en sus relaciones personales.

Eden Lake (Eden Lake, 2008) de James Watkins

Eden Lake

Eden Lake acompaña a una joven pareja que decide ir a una zona rural y paradisiaca a pasar un romántico fin de semana, y este fin de semana se convierte en la peor pesadilla. Desde que llegan a su destino, los malos augurios les persiguen, porque precisamente no encuentran amabilidad en el pueblo más cercano al lago donde van a acampar. Hay una incomodidad continua y latente. Una violencia que no estalla, pero late. Una vez instalados y felices en un paraje bello tienen el primer encuentro con un grupo de adolescentes con un líder conflictivo que arrastra a los demás.

Así Watkins en su ópera prima logra crear una atmósfera asfixiante y aterradora donde unos adolescentes se convierten en la amenaza de una pareja que solo quería pasar un tranquilo fin de semana. Todo se va enredando hasta un enfrentamiento brutal donde la joven pareja tiene que huir y encontrar ayuda, pero se hunden en un laberinto sin salida. Los adolescentes cada vez son más crueles arrastrados por un maquiavélico líder, pero también por el miedo, por querer ser parte del grupo (de la manada), y porque la violencia desata más violencia. Y la pareja se ve inmersa en una espiral sin retorno…

James Watkins deja un retrato perturbador de un adolescente desatado, y de aquellos que le siguen la corriente, pero también de una zona tóxica que destila mal rollo a cada paso…

Las dos vidas de Audrey Rose (Audrey Rose, 1977) de Robert Wise

Las dos vidas de Audrey Rose

Robert Wise tiene una filmografía repleta de joyas ocultas, de curiosidades especiales y de un baile por prácticamente todos los géneros cinematográficos. Una de sus últimas películas fue Las dos vidas de Audrey Rose, un eficaz thriller de terror sobre la reencarnación. Sorprende encontrarse cara a cara con Anthony Hopkins como uno de los protagonistas, un atormentado padre que busca a su hija Audrey, que falleció a los cuatro años en un horrible accidente de coche. En ese mismo accidente muere su mujer y cae en una depresión profunda de la que va saliendo cuando una médium le dice que siente la presencia de su hija, que continúa viva. Así que empieza a meterse en el mundo de las reencarnaciones (viaja a La India), y termina localizando al matrimonio Templeton cuya hija Ivy, de once años, sufre unas terribles pesadillas. Este sigue insistentemente al matrimonio hasta que consigue hablar con ellos y les dice que Ivy es la reencarnación de su hija Audrey. Y que las terribles pesadillas son una reproducción de los terribles últimos momentos antes de morir en el accidente.

Robert Wise logra crear tensión hasta que nos enteramos de quién es el misterioso hombre barbudo que persigue y acosa al matrimonio, y qué es lo que quiere de ellos. Luego sigue el clímax y más suspense cuando cada vez son más agresivas y fuertes las pesadillas de Ivy, poniendo su vida continuamente en peligro. Además de añadir las diferencias de criterio del matrimonio: él solo cree que están ante un chalado, y que su niña necesita ayuda médica, y ella empieza a creer todo lo que dice ese hombre desesperado.

Y llega al dramático final en esa tensa sesión de hipnosis a la que someten a Audrey. Así Wise consigue no solo otra entretenida historia, sino que también muestra una forma interesante de contar la historia. No se puede dejar de sentir su oficio en el lenguaje cinematográfico y la puesta en escena.

Las furias (The furies, 1950) de Anthony Mann

Las furias

Con el mismo título que la reciente película de Miguel del Arco, Anthony Mann levantó en los cincuenta un buen western con tintes de melodrama y tragedia. Las furias es el nombre del rancho de una familia poderosa… pero la tragedia griega se va gestando alrededor del enfrentamiento por el poder entre la hija (Barbara Stanwyck) y el padre (Walter Huston). Una relación de amor-odio, de temperamento y furia. Como es típico de Mann llena de psicología compleja a sus personajes (así como las relaciones entre ellos), unos personajes que difícilmente caen bien, pero que son seres humanos reales, fuertes y con vida…, muy atrayentes.

También puede mirarse como tragedia griega, porque la trama avanza y el conflicto estalla de la mano de tres mujeres-furia. Y de unos hombres (que representan además todo lo negativo del hombre machista, corrupto y poderoso, sobre todo los personajes de Walter Huston y Wendell Corey) que sucumben ante ellas. Solo hay uno de ellos que se redime y se le representa como mártir, pero poseído por un loco amor que le lleva al máximo sacrificio, y es el mexicano Juan Herrera (Gilbert Roland). Ellas son Vance Jeffords (Barbara Stanwyck) que lucha por el poder como una fiera, sin freno. Flo Burnett (maravillosa Judith Anderson), que es una viuda que trata de casarse con el poderoso T. C. Jeffords (Walter Huston), y encontrar su terreno y poder en el rancho, enfrentándose elegantemente a Vance. Y la madre de Herrera (Blanche Yurka), que la empuja la opresión, la venganza y el odio.

Anthony Mann logra un poderoso western melodramático con furia y garra… y momentos electrizantes y bellos.

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