Tres magníficas exposiciones donde se encuentran las huellas del séptimo arte. Tres exposiciones para perderse por ellas y descubrir conexiones especiales con el cine. El alma de un cineasta y su relación con el mundo; el fotógrafo aventurero y vividor que también miró en color… y que se adentró en el mundo de los rodajes de cine; y la intimidad del padre de un cineasta, el pintor Pierre-Auguste Renoir…

Hitchcock, más allá del suspense

Hitchcock, más allá del suspense

Un cineasta es el comisario de la exposición, Pablo Llorca, y esto se nota. Como él mismo reconoce en una entrevista la figura de Hitchcock y su cine es tan inabarcable que había mil y una maneras de enfocar la exposición. Al final es de esas muestras que se nota realizada con exquisito cuidado y muy elaborada, pensada. La exposición analiza al cineasta: sus imágenes icónicas, sus influencias, sus trucos visuales, su relación con el mundo que le rodeaba, su empleo de la publicidad, sus colaboradores… Y emociona tanto al visitante que ya es un apasionado de su filmografía como a aquel que le está descubriendo.

El paseo propuesto es todo un vaivén de imágenes icónicas, y con unas cuantas empieza el recorrido, como ese moño de Madeleine en Vértigo. Durante todo el camino, misterioso y sensual, acompaña la canción de Que sera, sera, de Doris Day…, pues en una de sus pantallas se encuentra un momento clímax de El hombre que sabía demasiado (1956), para mostrar cómo el director podía rodar sus imágenes siguiendo el ritmo de una canción, como si estas fueran las notas de una partitura… para llevarnos hasta la habitación de un niño secuestrado. El ojo del visitante también recorre el preciso y artístico storyboard de Saul Bass para la secuencia de la ducha de Psicosis. O se ve envuelto por varias pantallas donde se muestran alguno de los besos del maestro… capaz de dejar sin aliento… Besos de Atrapa un ladrón, Vértigo, La venta indiscreta, Marnie, la ladrona o El enemigo de las rubias… O ser un voyeur como el fotógrafo de La ventana indiscreta y observar durante veinte minutos todo lo que este ve en el patio de vecinos, en cada una de las ventanas (una instalación del artista luxemburgués Jeff Desom).

Diseccionar algunos de sus trucos en películas como Los pájaros. Indagar en su representación de la mujer ideal, etérea, o sus pasos hacia la humillación absoluta de la dama. Cómo cuidaba cada uno de los detalles de vestuario y peinados para el personaje de Kim Novak en Vértigo o como sometía a perrerías a su última musa, Tippi Hedren. O las relaciones de mujeres como sexo fuerte frente al hombre… como ese diálogo maravilloso en el tren de Con la muerte en los talones, que mantienen Eva Marie Saint y Cary Grant. Dejarse llevar por aquella voz que dice “Anoche soñé con Manderley” y la importancia de esos grandes y misteriosos caserones… como el que aparece también en Atormentada.

Pero Hitchcock, más allá del suspense también analiza su manera de emplear la publicidad para promocionar sus películas donde mostró su genio. Así se puede ver el tráiler de Psicosis, con el propio director paseando por las localizaciones y dando pistas… pero sin mostrar ni una imagen de la película. O su famosa sombra… Y también cómo hay influencias en sus imágenes de las vanguardias europeas, así como su relación con otras artes o corrientes de pensamiento o el espíritu del mundo esenciales para analizar su filmografía: la arquitectura, su atención a la moda, cómo durante su etapa americana no abandonó su visión de Europa, la música, la pintura (su relación con Dali)… y cómo se rodeó siempre de colaboradores para aspectos importantes de sus películas: músicos (Bernard Herrmann), guionistas (John Michael Hayes), diseñadores (Saul Bass), sin olvidar a su mujer (Alma Reville, y sus conocimientos de montaje, de dirección, de guion…)… y un largo etcétera.

Pablo Llorca ofrece uno de los caminos posibles para adentrarse en el maestro del suspense, y es un lujo. La H con un cuervo indica el inicio de un recorrido lleno de conocimiento…

Nota: Espacio Fundación Telefónica (Madrid. Calle Fuencarral, 3). Hasta el 5 de febrero de 2017.

Capa en color

Robert Capa. [Ava Gardner en el rodaje de La condesa descalza. Tivoli, Italia], 1954. © Robert Capa/International Center of Photography/Magnum Photos

Otra gozada es recorrer una faceta desconocida de Robert Capa, sus fotografías en color. Capa, el fotoperiodista (Budapest, 1913-Indochina, 1954), es recordado por poderosas fotografías en blanco y negro como Muerte de un miliciano. Sin embargo, como muestra esta exposición (comisariada por Cynthia Young, conservadora en el International Center of Photography, ICP), desde 1941, Capa realizaba fotografías en color. Incluso de sus reportajes más famosos, también hizo instantáneas con película de color (llevaba dos cámara una con carrete en blanco y negro, otra con carrete en color), impresiona cómo también hay imágenes en color de su último reportaje en Indochina, momentos antes de que pisara una mina. Y la muestra da posibilidad además de adentrarse no solo en sus reportajes más conocidos (sobre todo en blanco y negro), sino también en su manera de mirar el ocio de posguerra (como el ambiente en las estaciones de esquí o en los hipódromos) o los retratos de algunos intelectuales y artistas del momento (como Picasso o Truman Capote). Y ahí estas imágenes se convierten en poderosas, en estudios sociológicos… de cómo eran los cuarenta y los cincuenta sin el blanco y negro, con los matices del color.

Durante el recorrido hay una serie de fotografías que no pasarán desapercibidas para el visitante cinéfilo. Y es que la relación de Capa con Hollywood fue apasionante, como sus atribulados cuarenta años de existencia. Una relación de amor-odio… Se le atribuye la siguiente frase sobre Hollywood: “La mierda más grande que he pisado nunca”. Pero como todo lo vivió intensamente. Su llave de entrada fue su idilio con Ingrid Bergman, que le convenció para que dejara de trotar (aunque fu misión imposible) y se asentara junto a ella en la industria dorada, con los últimos coletazos de la segunda guerra mundial, en 1945. Justamente cuando como musa del maestro del suspense estaba rodando Encadenados. Pero Capa era inquieto… y un espíritu libre, y las órdenes no las encajaba muy bien. Sí, sin embargo, tuvo amistades con varios directores, guionistas y actores (John Huston, Peter Viertel, Gary Cooper…) para seguir viviendo con ellos intensamente. Y, sí, visitó y fotografió rodajes de películas, como se puede ver en la exposición. Así hay una galería de fotos del rodaje de La condesa descalza o de La burla del diablo. Humphrey Bogart, Peter Lorre, Ava Gardner, John Huston, Jeniffer Jones… se muestran de lo más cotidiano y campechanos en sus fotografías. También hay un precioso retrato de Capucine.

Nota: Círculo de Bellas Artes (Madrid. Calle Alcalá, 42). Hasta el 15 de enero de 2017.

Renoir: intimidad

Renoir

Confieso en primera persona que amo los cuadros de Pierre-Auguste Renoir y que disfruté mucho, no, muchísimo esta exposición que me descubrió cuadros que no conocía y que me hizo amarle más. Un Renoir íntimo: el que para vivir necesitaba realizar retratos, el que enfermo y anciano gustaba de seguir pintando a sus modelos desnudas a la orilla del río, el que retrataba el ocio y el placer de vivir… y siempre representaba a sus amigos, a su familia, a sus conocidos, aquel que se relajaba con un paisaje… En el recorrido nos encontramos con retratos de Jean Renoir, cineasta, de niño y adolescente. Jean Renoir nunca escondió la influencia de su padre en su cine y en su vida. De hecho es delicioso leer sus palabras en Mi vida y mi cine, sobre todo el capítulo 18, donde se pregunta si es el cine un arte. En ese capítulo la presencia y la influencia de su padre es absoluta y habla de cosas muy complejas de manera sencilla: “Mi padre nunca me habló de arte. No soportaba esa palabra. Si los niños querían hacer pintura, teatro o música eran libres, pero de ninguna manera había que empujarles a ello. Es necesario que el deseo de pintar un cuadro sea tan intenso que no se pueda frenar. Mi padre decía de Mozart a quien adoraba: Ha escrito música porque no podía resistir la necesidad de componer. Y añadía: Le venían las ganas como cuando uno tiene ganas de orinar”. O cómo le influyó la manera de sentir el mundo de su padre: “Aquella creencia en la unidad del mundo se traducía en Renoir por el respeto y el amor de todo lo que está vivo. Cuando se paseaba por el campo, a veces hacía bailes extraños con la única finalidad de no pisar una mata de dientes de león. Consideraba que si se destruía una hormiga, se destruía tal vez el equilibrio de un gran imperio”.

En una película que ya se ha proyectado en el museo Thyssen (dentro de un interesante ciclo de cine que acompaña a la exposición), Renoir de Gilles Bourdos, pone en imágenes una preciosa unión entre la pintura del padre y el cine del hijo… a través de una mujer. En su momento, cuando se estrenó la película, ya escribí la crítica y lo remarqué: “Y en esta ‘lucha’ de sensibilidades, una mujer. La última modelo de Jean Pierre y la futura primera esposa de Jean (además de musa de sus primeras películas mudas): Andrée Madeleine (más tarde Catherine Hessling). La mujer que provoca que los dos hombres tengan un enfrentamiento templado, una declaración de respeto y cariño mutuo y un relevo de sensibilidades y de la importancia de pase lo que pase seguir creando y creando…”.

Nota: Museo Thyssen Bornemisza (Madrid. Paseo del Prado, 8). Hasta el 22 de enero de 2017.

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