Yo, Daniel Blake

Yo, Daniel Blake arranca con un diálogo sobre una pantalla negra. Solo escuchamos dos voces: a Daniel Blake y a una funcionaria. La funcionaria no se sale del formulario, del protocolo…, no hay alma sino una coraza. Y Blake continuamente pregunta cuando van a hablar de su corazón… Solo quiere que esa voz le escuche, que sea más cercana. Eso es la película de Ken Loach: el corazón de un hombre que trata de no sucumbir y no dejarse aplastar por una burocracia deshumanizada, fría y kafkiana.

Yo, Daniel Blake es una película que conforma esa filmografía que se está creando alrededor de la crisis económica y social que estalló en el año 2008. Así sigue la estela de Las nieves del Kilimanjaro de Robert Guédiguian, Dos días, una noche de Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Tierra prometida de Gus Van Sant, Techo y comida de Juan Miguel del Castillo…, películas que radiografían de diferentes maneras cómo está afectando esa crisis económica, política y social en las personas. Lo triste es que la situación de esa Cathy con la que Ken Loach golpeó a los espectadores en aquel 1966 en la televisión británica (Cathy como home), hoy sería peor. Y esa mirada es bastante deprimente, porque sus personajes siempre han sufrido injusticias, siguen sufriéndolas y con la crisis estas se han recrudecido. Ese otro mundo posible se distancia, se aleja… Por otra parte Loach que llevaba varias películas donde a sus protagonistas les dejaba un final feliz, les daba un respiro (Buscando a Eric, La parte de los ángeles)… con Yo, Daniel Blake pega un mazazo fuerte. Pero no obstante deja una puerta abierta, un legado, un indignado que se hace visible y que deja una carta. Un testimonio…, una herencia. Él es un ciudadano que ha cumplido con todos sus deberes y solo quiere sus derechos. No quiere la caridad de nadie, solo poder llevar una vida digna merecida.

Pero Yo, Daniel Blake habla de otras muchas cosas que no nos son ajenas: ahora además de la exclusión social, hay otra manera de seguir excluyendo… y es la indefensión de muchísimas personas ante las nuevas tecnologías y las pocas facilidades en los organismos oficiales para paliar este problema. O habla también de la pobreza energética: de elegir entre comer o pagar la factura de la luz, y de cómo se buscan alternativas para combatir el frío. De cómo hay familias que están pasando hambre y de cómo no tienen otra opción que ir al banco de alimentos que tengan más cerca. Y de una burocracia deshumanizada y fría que no escucha, que ofrece formularios complejos, colas, sanciones… y donde incluso algunos funcionarios que tratan de ser más cercanos, de entender ciertas situaciones, son recriminados.

Ken Loach y su guionista Paul Laverty cuentan la historia de Daniel (maravilloso Dave Johns… curiosamente un conocido comediante en Gran Bretaña), un hombre trabajador y bueno, un carpintero, que por una dolencia de corazón sus médicos no le permiten trabajar… cuando va a pedir su prestación, la pesadilla empieza y no termina. Pero no se rinde, y en el camino, en silencio y sin hablar de su situación, echa una mano a una madre con dos hijos en una situación desesperada. Así este director británico cuenta esta historia a base de golpes y mazazos que Daniel lleva con una dignidad que te deja sin palabras… El carpintero se rebela contra el sistema y lucha por ser escuchado. Siempre ha sido reivindicativo y ha respetado a los demás. Y nunca ha querido pedir ayuda a nadie…

Ken Loach es directo, sin concesiones. No necesita hacer llorar al espectador ni indignarle con fórmulas cinematográficas…, lo que cuenta y cómo lo cuenta provoca ambas cosas: el lloro y la indignación. Sus pantallas en negro y ciertas elipsis lo cuentan y lo dicen todo. Un gesto, un regalo (unos peces de madera), un abrazo, una llamada telefónica, una mirada o la lectura de una carta… hacen avanzar una historia de un hombre a corazón abierto…

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