A Bet, la chica del parasol blanco. Ella me puso tras la pista de esta película

En algún lugar del tiempo

Hay películas que nacen y con el tiempo se va desarrollando una mitología alrededor de ellas. Películas que, de pronto, generan una legión de seguidores que conectan con lo que cuentan y cómo lo cuentan. En su momento incluso pudieron ser un fracaso de público y crítica. Tampoco hay que buscar que sean totalmente perfectas, o demasiado complejas u obras maestras, sino que tienen un algo que las convierte en inolvidables. Es difícil de explicar. Una de esas películas es En algún lugar del tiempo. Empieza con una frase: “Vuelve a mí”. Y estas palabras las pronuncia una anciana a un joven dramaturgo, mientras esta le entrega un precioso y antiguo reloj de bolsillo. Es el año 1972, Richard Collier acaba de triunfar con el estreno de una obra y le espera un futuro brillante. Está de celebración con la novia, sus amigos, y admiradores… De pronto en la penumbra vemos a una anciana que empieza a avanzar hacia el dramaturgo que está de espaldas… Y casi no se percibe, pero es como si realmente el tiempo se parara. El joven se da la vuelta, ella pronuncia sus palabras, se miran, ella le da el reloj… y hace una salida de escena, como si de una obra se tratara. Ya no hay vuelta atrás. Volvemos con Richard ocho años después de este acontecimiento… y es un dramaturgo con crisis existencial y creativa…

Y es que En algún lugar del tiempo tiene varios ingredientes que la hacen especial: es irracional y exageradamente romántica, y la historia que cuenta no solo traspasa los límites del tiempo, sino que además la semiinconsciencia y casi la muerte supone viajar a un lugar donde los protagonistas pueden reencontrarse. Por otra parte, la melodía de John Barry se funde con La Rapsodia sobre un tema de Paganini de Serguéi Rajmáninov creando una banda sonora que envuelve la historia y al espectador que la contempla. Además parte de una novela del mismo título de Richard Matheson que él mismo adapta al cine (y que como la película está descatalogada…, pero sé que pronto lograré leerla). Y Matheson, que también fue guionista cinematográfico, introduce unos cambios en el argumento de la película respecto a la novela que la convierten en más irracionalmente romántica. Pues en la novela se buscaba más o menos una explicación a lo que acontece, al carácter alucinatorio de la historia… pero en la película no se busca explicación alguna.

Baste decir que la música, la tenue fotografía, la exquisita ambientación… envuelve la película de un halo irreal, imposible. Todo transcurre como en una especie de encantamiento. Y ese viaje en el tiempo que propone, por hipnosis y autoconvencimiento, logra precisamente eso: detener las horas, los segundos. Los personajes son sombras, fantasmagóricos. Y a pesar de todo los protagonistas logran vivir ese amor imposible. Pero el secreto es que el espectador se sienta verdaderamente atrapado y sufra ese mismo encantamiento de los protagonistas, si esto no es así la película pierde su magia… porque entonces se está fuera de algún lugar en el tiempo. Si entra en el proceso de encantamiento, entenderá esos rostros en estado de éxtasis, y fuera de lugar (en el tiempo y el espacio), que tienen sus protagonistas: Richard Collier (Christopher Reeve, ahí va un particular homenaje para él en este mes de octubre, mes en el que falleció en 2004), el joven dramaturgo, y la actriz Elise McKenna (Jane Seymour).

En algún lugar del tiempo

Y cuál es el impedimento de su amor: él vive en el año 1980 y ella en el año 1912. El viaje en el tiempo está servido. Y el amor fou inexplicable también. El lugar donde se puede producir el encuentro: el Grand Hotel en la isla de Mackinac, en el estado de Michigan. Un lugar con mucho encanto, que todavía tiene un halo de otra época.

Y es que este tipo de amores más allá del tiempo y de la muerte o de lugares mágicos y encantamientos siempre ha dado lugar a películas delirantemente románticas, y finalmente hermosas. No hay más que recordar al dueto de Michael Powell y Emeric Pressburger con Sé adónde voy o A vida o muerte. O viajar por los fotogramas de Sueño eterno de Henry Hathaway, Su milagro de amor de John Crowell, El fantasma y la señora Muir de Joseph L. Mankiewicz, Jennie de William Diertele… para descubrir estos amores más allá de todo.

Curiosamente su director se ha prodigado siempre más en la televisión y sus visitas al celuloide no fueron muy afortunadas… pero En algún lugar del tiempo supone su rareza en una filmografía pobre. Por otra parte hay un reencuentro con dos rostros del Hollywood clásico en pequeños papeles: Christopher Plummer, como el posesivo agente de Elise, y Teresa Wright, como su biógrafa (y que sirve para que Richard indague en la vida de la amada y se recree en varios de sus objetos).

… otro momento mágico de colofón final (pero tiene un montón de ellos) de este texto. Richard busca a su amada en 1912, pero no la encuentra. Sale del teatro del hotel y se cierra una puerta con cristales, un operario baja una cortina negra… y se convierte en una especie de espejo, donde se refleja un paisaje con árboles y un lago… y de pronto vemos cómo avanza la figura de una mujer, casi una aparición fantasmagórica. Es Elise. Richard va hacia ella… y entonces esta solo dice: “¿Eres tú?”.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.