Sing Street

John Carney va in crescendo en su reinterpretación del cine musical. Música y realidad, y un poco de fantasía. En Once (2006) dos espíritus solitarios encontraban momentos de felicidad y música en Dublín, aunque todo terminaba complicándose. Un amor efímero con varias canciones. Y una secuencia maravillosa en una tienda, mientras los dos protagonistas tocan y cantan Falling Slowly. Después salió de Dublín y saltó a EEUU con Begin again… y con grandes estrellas contó una historia sencilla de dos corazones rotos, fracasados, que resurgen a través de la música, pero fuera de las grandes discográficas. Con emoción. Ahí hay una escena donde los protagonistas se cuentan el uno al otro cómo son y cómo sienten escuchando sus playlists. Y ahora en su tercera incursión en el musical crea su obra más redonda: regresa a Dublín, a los años ochenta, y cuenta la formación de un grupo musical de un grupo de adolescentes. Y ahí hay un ensayo de una canción, Drive it like you stole it, en el gimnasio…, con un aire triste, y de pronto el protagonista imagina un baile de instituto americano de los años cincuenta todo felicidad, donde las personas que él ama encuentran la felicidad. Y las tres tienen en común el convertir en la música en tabla de salvación de sus personajes o de un alivio ante las desgracias que les golpean.

Pero además Sing Street cuenta la historia de los hermanos pequeños de Los commitments de Alan Parker. Aquellos se aferraban a la música pero ya estaban desencantados con los golpes de la vida, por eso de sus voces salía el soul y el blues… Ellos serían los amigos del hermano mayor, que ya prácticamente ha renunciado a los sueños, del protagonista de Sing Street. Con destellos de ilusión que se apagan con cada nuevo zarpazo. Y los hermanos pequeños en esta película forman un grupo que va buscando su identidad y estilo, no teme a nada. Y su inspiración está en Duran, Duran, The Cure, Spandau Ballet… El protagonista de Sing Street es un quinceañero con mucha personalidad (Ferdia Walsh-Peelo, quedaros con su cara), pero en un momento muy vulnerable de su vida. Sus padres no solo están pasando apuros económicos, sino que se van a separar. Por esos apuros le cambian a un colegio católico donde empieza con mal pie: sufre acoso escolar y la intransigencia del director del colegio. Y, por si fuera poco, conoce a la chica de sus sueños… pero que tiene un novio mayor y además está preparada para irse a Londres para ser modelo.

Precisamente al acercarse a la chica de sus sueños, se le pasa por la cabeza lo primero que se le ocurre: y es invitarla a que participe en los vídeos de su grupo de música. Así consigue su teléfono… pero no tiene grupo. Así formará con otros adolescentes su grupo musical para grabar un vídeo en el que participe la chica de sus sueños… Y ese grupo no solo le hará encontrar amigos, sino también un refugio para aguantar mejor su realidad y una experimentación hacia la búsqueda de una identidad, un estilo, e incluso un instrumento para canalizar su rebeldía y sus ganas de soñar y alcanzar lo inalcanzable, avanzar sin miedo.

John Carney crea una película vitalista, con sus gotas de melancolía y de la vida no es fácil… pero deja un camino a los protagonistas, aunque no desaparezcan las tormentas. Y siempre les quedará una canción. El director, de nuevo, pone sus canciones al servicio de su historia y, además, las rueda siempre con un significado y sin caer en la monotonía y con hallazgos visuales que hacen avanzar, sobre todo, la psicología del personaje principal. Así con un estilo musical vitalista habla del primer amor (la chica de los sueños no tiene una vida fácil), de los miedos de un adolescente, del amor entre hermanos, de la búsqueda de identidad, de la rebeldía, de la intransigencia… y de la posibilidad de alcanzar un sueño, aunque sea difícil el camino de búsqueda.

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