enamorada

Una mujer tumbada en una cama mientras escucha las palabras de un hombre que confiesa su incapacidad para expresar lo que la ama, y que cede la palabra a tres hombres que cantan La malagueña (o Malagueña salerosa). Unos enormes ojos se abren. Y pertenecen a un rostro que se va transformando en el rostro de una mujer enamorada. Entonces ella se levanta y se asoma a escondidas al balcón para ver la figura del hombre que está empezando a amar. Esta secuencia es uno de los clímax de Enamorada de Emilio Fernández y también un estudio de un rostro, el de la actriz María Félix. Y hay otra firma presente: la del director de fotografía Gabriel Figueroa. Y el visionado de Enamorada es una exaltación de las emociones y, bajo una apariencia cien por cien mexicana, se descubren influencias pasadas y futuras que enriquecen más todavía la propuesta.

Pero hay más momentos musicales, signo inconfundible de un buen melodrama, que van conformando el espíritu de Enamorada. Así en una taberna, mientras el hombre enamorado, que es un general revolucionario, pone el nombre de su enamorada, la rica del pueblo que han ocupado, en una mesa con una navaja…, suenan de fondo los acordes de Adelita, el himno de las soldaderas de la revolución (y en una escena anterior el general ha salido en defensa de estas mujeres, cuando su amada, que no las conoce, las ha llamado mujerzuelas y aventureras… y ante los bofetones que recibe de la dama, él le devuelve otro bofetón). El general atormentado reflexiona sobre su amor imposible… y otro viejo revolucionario le hace meditar sobre la posibilidad de perdonarse. O ese momento donde el general revolucionario entra a la iglesia (esa joya de Cholula, San Francisco de Acatepec) para preguntar a su amigo de la infancia, el sacerdote, quién es la mujer de la que se ha enamorado. El sacerdote está cantando el Ave María, y el revolucionario camina con respeto por las dependencias de la iglesia, como envuelto por la sacralidad del momento. Después ambos se sitúan delante de un cuadro de la Adoración de los Reyes Magos, y el general realiza una interpretación de la pintura, que dota a la revolución de un misticismo espiritual. Da una interpretación que también se ha perdido en la religión que representa su amigo… y busca situarlo en un lugar donde le dé la luz, donde no caiga en olvido.

Enamorada construye su relato cinematográfico, genuinamente mexicano, sobre fuentes literarias universales y con influencias que pueden rebuscarse en el cine americano de los años treinta. Y a la vez se convierte en referencia para la futura representación del héroe revolucionario y su plasmación en la pantalla en otras cinematografías, como, por ejemplo, la americana. Así la relación, en un principio en forma de comedia, entre la rica del pueblo (María Félix) y el revolucionario (Pedro Armendáriz) es otra lectura de La fierecilla domada, de William Shakespeare (cuyo argumento, como otras obras de teatro del autor, bebe de otras fuentes). Como escribieron Jordi Balló y Xavier Pérez en su brillante ensayo, La semilla inmortal, existe una serie de argumentos universales que se convierten en fuentes llenas de riqueza y complejidad para llevarlas a la pantalla de cine.

Pero por otra parte en la construcción de este amor en un principio imposible también se encuentra la huella de un clásico americano de los años treinta y de la representación del amor…, casi en forma de amor fou (en su vertiente irracional)…, donde la mujer prácticamente pierde su identidad y fuerte personalidad para seguir al amado. Así es imposible no recordar viendo el final de Enamorada, el de Marruecos (Morocco, 1930) de Josef von Sternberg y viajar a otra pantalla de celuloide para adentrarse en ese final donde Marlene Dietrich sigue por el desierto a Gary Cooper. Pero también hay ecos en esa amistad de infancia entre el sacerdote y el revolucionario: la construcción de una amistad entre antagonistas masculinos, que siguen caminos muy distintos, pero, sin embargo, siempre hay un fondo que les une, y le hace fieles a esa amistad. Así Pedro Armendáriz y Fernando Fernández traen a la mente la relación entre James Cagney y Pat O’Brien, el gánster y el sacerdote de Ángeles con caras sucias (Angels With Dirty Faces, 1938) de Michael Curtiz.

Pero sin duda la sorpresa viene también de los ojos de Pedro Armendáriz y de su forma de interpretar al general revolucionario. Así hay una continuidad de esos ojos, esa mirada, y su forma de actuar, vestir y moverse (así como el misticismo espiritual sobre la figura del revolucionario)… en la cinematografía americana. Cuando irrumpe la figura del general revolucionario, su forma de actuar y pensar, y sobre todo el desarrollo de la parte trágica y dramática del personaje, viene a la cabeza el Emiliano Zapata de Marlon Brando, en la película de Elia Kazan de 1952; pero también el Jimmy Smits del Gringo viejo de Luis Puenzo.

Pero la magia de Enamorada adquiere una identidad original y propia que la convierte en un melodrama perfectamente construido por el tándem profesional de Emilio Fernández y Gabriel Figueroa, junto a los intérpretes, con una mitología propia en el cine dorado mexicano, María Félix y Pedro Armendáriz. Así sus paisajes y localizaciones, el vestuario de María y de todos los demás personajes que la acompañan y los temas que plantea (la revolución mexicana, las soldaderas, la lucha de clases, la presencia de la religión…) convierten Enamorada en una de las piezas importantes para pintar un mural sobre el cine mexicano.

y presentación del libro “Crónica de un encuentro”

La proyección de la película tuvo lugar en el cine Doré, en la sala 1 de la Filmoteca Española, para enmarcar la presentación de un libro, fruto de una investigación exhaustiva: Crónica de un encuentro. El cine mexicano en España, 1933-1948, de Ángel Miquel. Es una publicación, cuidada y editada por la Universidad Nacional Autónoma de México y Centro de Estudios Mexicanos en España, que indaga sobre cómo en España se estrenó cine mexicano durante un periodo convulso de su historia (1933-1948) y qué percepción había sobre estas películas, sus directores y actores.

En la mesa estuvieron presentes el editor Javier Martínez, los expertos en cine: Marina Díaz López (doctora en Historia del cine por la Universidad Autónoma de Madrid y profesional del departamento de cultura del Instituto Cervantes, una de las entidades colaboradoras, junto a la Filmoteca) y Daniel Sánchez Salas (profesor universitario e historiador de cine) y el propio autor, Ángel Miquel (filósofo, historiador del arte y especialista de la cultura mexicana de la primera mitad del siglo XX). Entre todos amenizaron un coloquio-diálogo sobre el periodo del que se ocupaba el libro y varias reflexiones interesantes sobre la percepción del cine mexicano en España.

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