La estación de las mujeres

Cuatro mujeres circulan por una carretera desierta en un motocarro imposible decorado con alas de mariposa. Sonríen y se sienten libres de ataduras. Y esta es la imagen icónica que deja La estación de las mujeres de la realizadora hindú Leena Yadav. Cuatro mujeres en la India rural con vidas muy perras, que, sin embargo, no dejan de buscar una posible salida o huida de un mundo con unas reglas que no han pedido. Así el resultado es una película que transita con tino y equilibrio entre un melodrama desatado, una película de denuncia y una película-medicina, donde finalmente prevalecen unas reflexiones sobre la situación de la mujer (en este caso concreto en la India rural, pero habla de cosas que pueden encontrarse todavía, por desgracia, en todas las sociedades) y lo necesario que siguen siendo tanto la lucha como la transgresión para impedir no solo comportamientos violentos, sino la perpetuidad de un sistema que desprecia y somete a las mujeres. Y el equilibrio no era fácil, Leena Yadav (que también es co-guionista) logra trascender el tópico y, a través de una correcta y clásica dirección, consigue momentos auténticos con sus cuatro protagonistas. Es decir consigue que no sea una historia plana, sino que plantee temas complejos, y también dejar una puerta abierta para las protagonistas.

Estas son cuatro mujeres de una aldea del estado de Gujarat, donde todas las decisiones las toman un consejo de hombres ancianos (desde la compra colectiva de una televisión para las mujeres hasta la devolución de una joven a la familia de su esposo, aun sabiendo el maltrato diario recibido). Y si algo demuestra Yadav es que ama a sus cuatro personajes, así logra no solo que el espectador se los crea, sino que entienda la solidaridad que crean entre ellas como una de las posibles salidas a sus situaciones. Rani, pronto cumplirá los 40, apenas estuvo casada con su marido, cuando apenas era una adolescente… y todavía continua siendo una viuda, sin haber podido reconstruir su vida sentimental, y con un hijo adolescente. Lajjo vive con su marido alcoholizado y es repudiada por el pueblo por ser una mujer estéril. Bijli desde niña ejerce la prostitución, es la reina de un espectáculo itinerante y una de las mejores amigas de Rani. Y, por último, Janaki que es “comprada” por Rani (esta ofrece una dote y además se adeuda) para que se case con su hijo… Ella tiene 15 años y nadie escucha qué es lo que quiere. Es bellísima y con unos cabellos largos y sedosos. Pero el día de su boda aparecerá rapada… y es el principio de su humillación continua.

Leena Yadav plantea, sobre todo a partir del personaje de Rani (que es el que más evoluciona o mejor dicho el que se transforma más a lo largo de la película), que son las propias mujeres también, las que debido a su educación y vivencias, las que perpetúan un sistema injusto, pero también son ellas las que tienen en sus manos el camino hacia el cambio. Un camino que no es nada fácil. Hay una frase que Rani ha interiorizado, y que llega a repetir a Janaki, pero que a la vez la hará pensar y darse cuenta de los sueños que la hicieron enterrar por culpa de esa premisa: algo así como que las chicas que leen… no pueden ser buenas esposas.

Pero, a través de Bijli, en una escena clave, también se reflexiona sobre el uso del lenguaje y cómo este uso perpetúa ciertos comportamientos. Así grita en voz alta que está segura de que el insulto de “hijo de puta” lo inventó un hombre.

A través de la alegría de Lajjo, a pesar de su perra vida, se extiende y explica la importancia de crear lazos, de cómo la solidaridad y crear redes con otras mujeres es un camino importante para avanzar. Y con Janaki habla de un futuro posible para las jóvenes (y de una revolución silenciosa… que desea gritar), donde tendrán que recorrer un camino complejo, pero sí luchar por la vida con la que sueñan y por establecer las relaciones que realmente quieren.

Hay otro aspecto interesante para analizar La estación de las mujeres y es cómo presenta al universo masculino. Sus personajes están bastante menos desarrollados, pero dejan una interesante radiografía. Por una parte está ese rancio consejo de ancianos que perpetua la tradición y mantiene bajo control, entre otras cosas, a las mujeres de la aldea. También podemos fijarnos en el hijo de Rani, como una juventud que ha interiorizado el modelo que se le ha transmitido desde pequeño, y que se siente legitimado para someter, humillar e insultar. O al marido de Lajjo que paga con su mujer todas sus frustraciones, además de beber y beber. Y el cóctel es explosivo, Lajjo sufre en su cuerpo toda la violencia del esposo. Más allá nos encontramos con un trabajador del negocio itinerante donde Bijli es la reina, pero a punto de ser destronada. Es un personaje muy interesante y que plantea cómo hay otras formas más sutiles de perpetuar un sistema injusto. En otro bando hay cuatro personajes masculinos que muestran otro tipo de actitud: un joven del pueblo que lidera una empresa artesanal con las mujeres, dispuesto al cambio de mentalidad y a luchar codo con codo (y que es visto como amenaza por el consejo y por los jóvenes). Un adolescente de la aldea de Janika, que no se rinde en cumplir su sueño y con una sensibilidad especial. Un hombre que llama equivocadamente a Rani, y que es confundido con un personaje famoso… poco sabemos de él, pero parece que trata de iniciar una relación desde el respeto, aunque finalmente con la transformación de Rani no sabemos si la relación irá a alguna parte. Y, por último, el personaje más extraño y fuera de lugar, pero que también deja su huella: un ermitaño que muestra cómo el sexo puede ser todo un arte placentero, algo de lo que saben muy poco las protagonistas.

Así que Leena Yadav logra que sus heroínas monten en ese motocarro especial y que el espectador desee que esas alas alcen el vuelo… y las prometa otra vida de aventuras, mucho más justas. La estación de las mujeres no es una película redonda, pero logra arrancar al final una sonrisa sincera y un pensamiento de que quizá es posible que todo cambie…

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