Esas otras voces en la guerra que muestran los daños y horrores de esas contiendas a las que arrastran a los seres humanos políticas e ideologías que no construyen, sino que derrumban, destruyen y matan. Y dos películas que tratan los estragos de la Segunda Guerra Mundial desde otra perspectiva, otras miradas, otras voces…

Juegos prohibidos (Jeux interdits, 1952) de René Clément

Juegos Prohibidos

Atrapar el universo de la infancia no es tarea fácil. Pero, de pronto, hay realizadores que con un lazo lo atrapan y cuentan una historia con una mirada de ese niño que nunca nos abandona. Así ocurre con René Clément y sus Juegos prohibidos. Con una sensibilidad especial se introduce en el mundo de dos niños, Paulette y Michel, y muestra cómo la muerte se ha instalado en su día a día, en su cotidianidad. Así el realizador francés deja una película durísima pero de una belleza especial.

Y algo que caracteriza al universo infantil es la manera de comprender el mundo. Todavía no se tienen todos los conceptos claros, pero se va razonando, e intentando dar sentido al mundo que se abre ante los ojos. Y una de las herramientas infantiles (¡maravillosa y útil herramienta!) es la fantasía, la imaginación… y ningún miedo en expresar las emociones, en dejarse llevar por el inconsciente. Una libertad de mente que luego según se va madurando… se pierde poco a poco (o algunos tienen la suerte de mantener esa libertad prácticamente intacta… y entonces existe la ilusión de no envejecer interiormente). Y Paulette (Brigitte Fossey) y Michel (Georges Poujouly) se encuentran inmersos en una guerra dura y cruel, rodeados de miedo y donde Tánatos siempre está presente; y aun así son capaces de crear un mundo propio, donde la presencia de la muerte es irremediable, pero con una belleza y sensibilidad especial. Aunque la guerra finalmente no les deja ni eso…, es decir, destruye hasta su universo propio.

René Clément acude a la sensibilidad de su director de fotografía, Robert Juillard, que ya había captado la mirada de un niño ante el horror de la guerra en Germania, año cero de Roberto Rossellini; a los rostros que hablan en cada momento de dos niños actores y a las cuerdas de la guitarra de Narciso Yepes… para componer unos juegos prohibidos que dejan sin respiración y con una mirada melancólica e impotente. La película se abre y se cierra con dos secuencias realmente duras protagonizadas por Paulette, de apenas cinco años. Entre medias esos juegos prohibidos donde se unen sensualidad y muerte…

Esas dos secuencias, la primera y la última, muestran la crudeza y realidad de la guerra. Y cómo afecta a todos de manera brutal. Últimamente basta con ver un telediario para ver imágenes de niños con sus vidas rotas por la guerra. Desgraciadamente sigue habiendo muchísimas Paulettes. En la primera secuencia somos testigos de la muerte de sus padres y su perrito y de la reacción de una niña que todavía es demasiado pequeña para comprender lo que ha ocurrido, pero que trata de entender, asimilar… y sobrevivir. Y en la última cómo la niña comprende su soledad y abandono ante el caos de la guerra, se asusta y grita angustiada el nombre del amigo…

En el paréntesis la niña es encontrada por Michel, un niño aproximadamente de diez años, que vive con su familia y sus vecinos en sus granjas. Las familias tratan de mantener la normalidad en sus vidas diarias, con sus rencillas, sus reuniones y sus trabajos cotidianos. Pero no es posible. Y eso lo demuestra la presencia repentina en sus vidas de Paulette. La niña y Michel conectan de una manera especial y sensible, pues los dos están intentando comprender ese mundo caótico que les rodea, y empiezan a crear a escondidas un cementerio muy especial…, como un juego. Ambos construyen su mundo particular para intentar sobrevivir y entender la realidad que están viviendo.

El prestamista (The Pawnbroker, 1964) de Sidney Lumet

El prestamista

El prestamista vuelca el mundo interior, herido y roto, de Sol Nazerman, un judío superviviente de un campo de concentración. Y el retrato es demoledor. Sol Nazerman es construido por Rod Steiger (actor al que amé profundamente desde que lo descubrí de adolescente como Charley Malloy, el hermano de Terry en La ley del silencio) y su tormento duele. Sidney Lumet construye una película interesantísima (que además es preludio de los últimos años del Código Hays) pues presenta el mundo interior atormentado de un superviviente. Y es que Sol se siente culpable por haber sobrevivido y lleva años con un trastorno por estrés postraumático… que le convierte en un muerto en vida. Sol se siente culpable porque nada pudo hacer para evitar el sufrimiento y el horror a su amada familia.

Lumet traslada a Nazerman a Harlem donde tiene una tienda de préstamos, que a la vez sirve de tapadera para los negocios del gánster del barrio. Sus clientes son personas en situaciones desesperadas (impresionante entre otros ese anciano con rostro de un secundario de oro, Juano Hernández) y Nazerman ha perdido toda empatía, no quiere sentir, porque no quiere sufrir. Su sufrimiento le hace no creer en las personas, no creer ni en nada ni en nadie. Pero solo es una coraza… siempre vuelven esos flashback del pasado, para recordarle que siente, que sufre, que padece… Su dolor no es inmune, destruye a todo aquel que trata de acercarse a él. Su máxima coraza es transmitir que el mundo es una basura (y su mirada así lo devuelve) y que lo único que importa es el dinero.

A Nazerman lo encontramos en un momento en que vuelven a él, por una serie de circunstancias y cambios en su vida, con fuerza e insistencia, recuerdos vívidos de su pasado… que le hacen volver a sentir lo que es el miedo; y con el miedo otra cadena de sentimientos que había enterrado. Sidney Lumet logra crear y mostrar el mundo opresivo y desesperanzador del superviviente. Primero por esa jaula que es su tienda y segundo por ese barrio desolador y violento que es el Harlem de los sesenta. A Sol le basta mirar el mundo desesperado que le rodea para que le lleguen con fuerza imágenes del pasado (impresionante la secuencia en el metro). Parece que no hay salida alguna para Nazerman y su sufrimiento…, su soledad es tal que parece imposible de derrumbar o romper su coraza destructiva. En los acontecimientos que le llevan de nuevo a un momento estresante hay dos personas fundamentales que se cruzan en su vida: un joven hispano (Jaime Sánchez) al que ha contratado de ayudante y una vecina del barrio (Geraldine Fitzgerald). Y Nazerman tendrá que sufrir otra tragedia para despertar y empatizar. El dolor continúa…, brutal y sin tregua, pero quizá pueda volver a sentir, vivir.

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