Sunset song

El verano pasado el director danés Thomas Vinterberg adaptó para el cine una novela de finales del XIX del inglés Thomas Hardy, Lejos del mundanal ruido (que ya tenía una adaptación cinematográfica de los años sesenta de John Schlesinger). Este verano el director inglés Terence Davies adapta una novela escocesa de Lewis Grassic Gibbon de principios del siglo XX, Sunset song. Sin tener conocimientos de los universos de las dos novelas, sí hay un diálogo estrecho entre ambas películas. En la película de Vinterberg se veía que lo que había llamado la atención del director para plasmar esa novela (y tener coherencia con su trayectoria anterior) en la pantalla eran: “las emociones fuertes. La tragedia que persigue a algunos seres humanos y les marca. La dificultad de las relaciones humanas… La familia como sello. La violencia emocional”. Y todo eso está presente en Sunset song de Terence Davies, y también tiene que ver con su trayectoria cinematográfica. Los dos directores, innovadores en el aspecto formal, se dejan llevar en estas adaptaciones por un hermoso clasicismo cinematográfico, que acerca estas películas a otro tema que ambos tocan: el ciclo de la naturaleza, los paisajes rurales, el apego a la tierra y los rituales. Y el diálogo sigue en varios asuntos: las protagonistas son dos mujeres que trabajan y se aferran a su tierra. Hay escenas fundamentales y rodadas con una belleza especial en ambas: los estragos de la tormenta y la celebración de una boda. Y en las dos los cánticos populares son protagonistas. Es como si hubiera una vuelta a una narración pausada y clásica que refleja un mundo que se ha ido, pero ha dejado profundas huellas.

Por otra parte Sunset song no pierde un ápice del universo ficcional que rodea el cine de Davies, que esta vez no innova tanto en lo formal como en sus anteriores películas, pero sí emplea el lenguaje cinematográfico de esa manera tan personal a la hora de narrar sus historias. Así utiliza a la perfección una lejana y poética voz en off, como si fuera un narrador omnisciente, que en realidad es la voz lejana, pero como si estuviera fuera de ella (y hablara desde las alturas) de la propia protagonista. Como siempre en Davies el uso de la banda sonora y de las canciones (en este caso populares, del folclore escocés) es fundamental a la hora de narrar sus historias y el estado de sus personajes. Por otra parte refleja el sufrimiento y sometimiento de una familia a un padre violento (con un Peter Mullan que da miedo), como ocurría en la maravillosa Voces distantes. Y tiene una visión especial de sus heroínas femeninas (la protagonista y su desgraciada madre), como mujeres que resisten el dolor hasta donde pueden y que son capaces también de saborear los momentos hermosos que se les presentan. Por otra parte refleja de manera especial, y también compleja, la relación entre hermanos (hay una escena sensible y delicada de un hermano que no se ha permitido llorar ante la paliza del padre y cómo sí puede llorar sin parar, frágil, con la espalda desnuda y llena de heridas abrazado a su hermana en la habitación de ambos).

Y como siempre Davies sabe perfectamente reflejar el paso del tiempo y cómo la vida es una sucesión de vidas, muertes, bodas, entierros…, con elipsis potentes. Davies es otro de eso directores que hacen un empleo muy especial de las escaleras de una casa, son una protagonista más de la historia de una familia. También sabe cómo plasmar en la pantalla el instante del amor y el deseo, tal y como demostró, por ejemplo, en The deep blue sea. Así como la presencia férrea de la religión y la representación de la vida como un valle de lágrimas, donde las mujeres sufren hasta las últimas consecuencias la máxima bíblica de “parirás con dolor”. Dos partos salen en la película (donde la puesta en escena es un portento en ambos) y los dos son partos llenos de gritos y desgarros. Aunque en el segundo hay una escena maravillosa que se centra en el rostro de un padre joven y primerizo. Él sufre los gritos de su amada, se siente impotente por no poder evitarle el dolor… pero entonces cesan y se escucha el llanto de un niño, y su rostro se transforma con una sonrisa radiante y esperanzadora.

La protagonista de Sunset Song que la vemos aparecer en un hermoso campo de trigo saca en conclusión de su vida y el paso del tiempo, de su cúmulo de desgracias pero también de momentos felices (se enamora de verdad, aunque sea amargo el final), de que lo único que perdura es la tierra… Con una inteligencia y sensibilidad especial, logrará alcanzar cierta libertad e independencia, ponerse al frente de la tierra de su familia y enamorarse perdidamente. Aunque esta vez el desgarro de su historia lo pondrá la Primera Guerra Mundial, que partirá su vida en dos. Además proporcionará una de las despedidas más violentas y amargas entre dos personas que se habían amado tanto. Su dulce marido se romperá en mil pedazos y antes de partir al campo de batalla, se volverá ya totalmente inhumano… La guerra le ha roto. Y esto provoca una ruptura violenta y catártica en la narración idílica de su historia de amor. No obstante, Davies permite, en otro momento hermoso y duro, que en la imaginación de su protagonista, el personaje masculino se redima…

De nuevo Sunset Song muestra a un director que sabe contar sus historias desde una mirada muy especial. Y, por otra parte, es interesante la sesión doble y el diálogo que se establece entre la película de Davies con Lejos del mundanal ruido de Thomas Vinterberg.

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