Ciudad de conquista

Un sin hogar (Frank Craven) se convierte en el narrador omnisciente de Ciudad de conquista. Es él quien nos presenta el caos de una gran ciudad como Nueva York para terminar centrándose en pequeñas historias que se desarrollan en sus calles. El sin hogar nos lleva de la mano para que conozcamos la infancia de los protagonistas, y cómo la ciudad marca sus vidas. Este personaje desemboca en un barrio humilde y bullicioso… y nos presenta a los personajes, como niños: Googi, un niño superviviente que tiene hambre y se busca la vida en las calles; Peggy, una niña que tiene claras sus aspiraciones: llegar a ser una gran bailarina; Danny, un niño noble, que ama su barrio, sus amigos y que quiere y protege a Peggy incondicionalmente, sin excesivas aspiraciones, pero que sabe defenderse cuando es necesario; y su hermano Eddie, que desde pequeño trata de formarse para ser un buen músico… Y de pronto una larga elipsis y ya todos los niños son adultos jóvenes. Ahí empiezan sus historias en la ciudad y, de vez en cuando, retomaremos el rostro del sin hogar, ese narrador que siempre está presente, como testigo anónimo… hasta el final, en que todos vuelven a ser engullidos por las calles… pero ya hemos conocido y vivido su historia.

Así muestra su primera peculiaridad interesante Ciudad de conquista de Anatole Litvak. Un melodrama urbano con unas gotas de cine de gánsteres, otras de cine negro, ingredientes de película de boxeo y toques de musical. Esta película cuenta además con un reparto de lo más interesante y variopinto. Así desde este blog vuelve a reivindicarse la figura del director de origen ucraniano Anatole Litvak (al que ya hemos reseñado en numerosas ocasiones con El cielo y tú, Voces de muerte, La noche eterna, Nido de víboras o Anastasia). Otra curiosidad es, que aunque no esté en los créditos, durante un periodo de la película rodó Jean Negulesco, de origen rumano, otro director que tendría en Hollywood una trayectoria interesante. Y también señalar que en el reparto nos encontramos con un joven Elia Kazan, futuro director de cine de origen griego, como uno de los personajes principales, un Googi adulto convertido en un gánster, que no olvida a sus amigos de barrio. Así que Ciudad de conquista es un excelente exponente para mostrar cómo Hollywood estuvo marcado por profesionales que llegaban del otro lado del océano.

Pero volviendo a Litvak ofrece una historia caótica (sin que esto en ningún momento sea un defecto, sino todo lo contrario), como la gran ciudad, llena de personajes apasionantes, con emociones intensas y catárticas, como debe ser en todo buen melodrama, y una música que acompaña los sentimientos que afloran in crescendo (más cuando uno de los personajes es un compositor). De esta manera el espectador vuelve a encontrarse con Danny (James Cagney), ahora un joven camionero tranquilo, que solo quiere ser feliz junto a la que considera su chica siempre, Peggy (Ann Sheridan), en su barrio, con sus amigos, y su hermano (Arthur Kennedy). Pero es también todo un superviviente que se sacrifica por los que ama: así que tanto para que su hermano pueda estudiar la carrera de músico, como para que su novia pueda cumplir sus sueños y salir del barrio, deja los camiones por el boxeo profesional… Después está la propia Peggy que prefiere entregarse totalmente a su pasión: el baile. Cuando conoce a un bailarín profesional, y todo un impresentable en un montón de sentidos, Murray (Anthony Quinn); ella decide abandonar a Danny para cumplir su sueño. Además Murray no tendrá escrúpulos y la someterá profesional y sexualmente. Por otra parte regresa ese niño con hambre, Googi y se convierte en un gánster, pero fiel a sus compañeros de barrio. Pronto se embarca en un mundo de fiestas, riqueza, apuestas… que le conducirán a un callejón sin salida. Y, por último, está Eddie, el hermano de Danny, que trabaja duro, y con el apoyo tanto moral como económico de su hermano, conseguirá formarse y estudiar para ser un gran compositor.

De alguna manera, casi todos los personajes tienen ese determinismo trágico que se encuentra en el cine negro. Así tanto Danny como Peggy van tras sus sueños pero en un camino lleno de obstáculos y fracasos que harán que no todo salga como ellos auguraban. El personaje de Googi sucumbe en los bajos fondos que él conoce al dedillo, sin esperárselo, pero con un final digno de película de gánsteres. Y el único que logra su objetivo es el compositor, Eddie, quien culminará su sueño con un concierto donde una orquesta toca su composición sobre la ciudad. Eddie se ha inspirado en las calles y en las personas que quiere para su creación musical.

Anatole Litvak construye varios momentos clímax, como la pelea de boxeo donde cambiará el rumbo y la historia de Danny, pues se enfrentará a una grave lesión ocular que ha sido provocada…, y que será el fin de un Googi, que tratará de proteger al amigo. O ese precioso concierto final de Eddie, que logrará que se produzca en la calle el encuentro y reconocimiento entre Danny y Peggy, después de las numerosas vicisitudes que han pasado ambos, con una inspiración mágica: ecos lejanos de la escena mítica de Luces de la ciudad. Y es que el director se deja influir por el caos de la ciudad para rescatar historias anónimas que cuentan y dan el pulso a las calles y barrios de Nueva York. Logra captar el alma de la ciudad, centrándose en la vida íntima de sus personajes anónimos, una vida llena de aventura, desventura, de crueldad, bajos fondos, de sentimientos contradictorios pero también de compañerismo, lealtad, superación y amor…

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