El reloj

Aviso de Hildy: Por fin se ha solucionado el problema en los comentarios que impedía poder enviarlos. ¡Qué bueno volver a contar con vuestras imprescindibles aportaciones! Sin ellas este blog pierde mucho de su sentido… Espero que todos podáis seguir escribiendo sin problemas vuestras reflexiones sobre cine.

¿Son tan solo unas horas suficientes para conocer a una persona o encontrar una fuerte química con el otro? El cine sostiene que sí. Y una de sus pruebas es El reloj de Vincente Minnelli. Situaciones tambaleantes, que ponen a hombres y mujeres a prueba, o el futuro incierto hacen vivir el presente con más intensidad a los protagonistas. La incertidumbre de la guerra provoca que los dos días de permiso en Nueva York que tiene el soldado Joe (Robert Walker) sean su oportunidad de aprovechar el momento, más cuando se cruza en su camino Alice (Judy Garland).

Y Minnelli, con Nueva York, los sonidos y sus dos protagonistas, más los desconocidos de toda gran ciudad…, logra levantar una preciosa historia de amor urbano. Entre la realidad y el ensueño de dos enamorados construye un poema. Y en una escena se resume toda la magia y la emoción que se condensa en El reloj. La escena del parque (en Central Park) y el primer beso de la pareja. Es de noche. Joe y Alice han pasado prácticamente todo un día juntos, hasta han tenido su primera discusión. Toca el momento de las confesiones y de los anhelos de futuro o de charlar sobre sus miedos. Entonces el soldado comenta cómo siente que el silencio está sobre ellos en ese instante, y ella le dice que siempre se oyen los ruidos de la ciudad, que esté atento. Y agudizan los sentidos y ambos escuchan los sonidos de la ciudad que van creando una melodía. Son plenamente conscientes el uno del otro. Y se van acercando, hasta fundirse en un abrazo y después en un beso.

Todo un poema especial porque a pesar de la hostilidad y deshumanización de la gran ciudad, que en ningún momento se evita, se encuentra grandeza en los pequeños gestos y se logra que Joe y Alice unan sus destinos… aunque la ciudad los engulla y arrastre. Aunque las horas del reloj pasen. Todo juega en su contra, pero ellos no cejan en su empeño de imprimir un halo especial a su encuentro: no tienen apenas tiempo, la burocracia pone todas las trabas posibles, se pierden ante la marabunta humana y solo se saben sus nombres; las almas solitarias de la ciudad, como un hombre alcohólico, les recuerdan que la vida es triste, ni siquiera saben si recibirán apoyo de los seres más cercanos a ellos…

Pero también se topan con aquella bondad de los desconocidos que proclamaba Blanche DuBois (ellos mismos no dejan de ser dos desconocidos solitarios que se encuentran), como ese repartidor de leche de la gran ciudad o todos aquellos que contribuyen, a su manera, a que puedan celebrar una ceremonia imposible o que logren encontrarse cuando se han perdido de vista. Y nada impide que los dos puedan construirse su propio mundo especial e íntimo: en una furgoneta de reparto de leche, en el banco de una iglesia, en un parque o en un museo, en una habitación…

El reloj supuso el ingreso de Judy Garland a un cine sin música ni canciones de fondo. Solo ella como actriz con sus emociones al desnudo. Su vulnerabilidad plenamente descubierta en una historia real, sin artificio, pero todavía con ensueño. A un Minnelli como poeta urbano (y eso que era un Nueva York de decorado) y capaz de ser un narrador cinematográfico y ampliar sus horizontes de autor más allá de los musicales, sin perder nunca el ritmo. Y a consolidar no solo una relación fructífera entre actriz y director, sino su propia y compleja historia de amor juntos. A rescatar del olvido a un actor atormentado que murió demasiado pronto, Robert Walker. Y a dejar una de esas historias donde unas cuantas horas, los relojes siempre lo recuerdan, suponen toda una vida…

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