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Hay un hilo conductor en la obra cinematográfica de Jia Zhang Ke y que continúa presente tanto en su anterior película Un toque de violencia como en su último estreno, Más allá de las montañas. Y a pesar del tono diferente de ambas forman un interesante díptico: en las dos se muestran las mutaciones contemporáneas de un país como China. La China del siglo XX que muta a la China del siglo XXI. Como explica el propio director y guionista en una entrevista (que puede leerse en la propia web de la distribuidora de la película): “Soy muy consciente de las mutaciones fulgurantes que ha habido en el país, no solo en el ámbito económico, sino también en las personas. Nuestra forma de vida ha cambiado totalmente ahora que el dinero es el centro de todo”. Si en Un toque de violencia, como indica el título, la violencia era el motor de las cuatro historias que reflejaba el director, todas además rescatadas de las redes sociales…, en Más allá de las montañas se va a un género como es el melodrama, emocional y catártico, para presentar esas mutaciones y su influencia en las personas, así como el peso del paso del tiempo para entender lo que han significado estos cambios.

Así la película está contada en tres tiempos diferentes 1999, 2014 y 2024 (y cada tiempo con un formato de pantalla distinto: 1:33, 1:85, 2:39… es decir, del formato íntimo, cuadrado hasta llegar a la explosión emocional final en scope…). Sus personajes siempre están en movimiento, como la mutación de sus sentimientos y emociones… como se mueve y transforma un país entero. La moto, el coche, el taxi, el tren…, los paisajes, arquitecturas y entornos; y los distintos rituales y celebraciones chinas… todos estos elementos tan importante siempre en su cine, todos están muy presentes en los tres tiempos. En el futuro próximo, que parece la ruptura total de la historia (se abandona China y se traslada el relato cinematográfico a Australia), que descoloca y desconcierta; sin embargo, el director, con gran sutilidad y con el empleo del déjà vu, regresa de nuevo a una China íntima con un cierre perfecto, melancólico, hermoso y vital.

Y en parte la perfección de ese cierre y esa sensación de déjà vu que afecta continuamente a uno de los personajes en ese futuro próximo… es gracias al empleo que se realiza de la banda sonora y esas canciones que forman parte de la vida de los protagonistas. En este caso la película se abre y se cierra con Go west de Pet Shop Boys… y cómo las escuchamos en uno y otro momento del film y lo que significan para los personajes y para el espectador nada tienen que ver. Hemos visto el paso del tiempo y todo lo que ha ocurrido. Lo mismo sucede con una canción en cantonés, Take Care, de una estrella pop china, Sally Yeh, que suena en los tres segmentos históricos… y en tres momentos emocionales que explican el mapa sentimental de los personajes. Y es cuando suena por tercera vez cuando se produce el milagroso déjà vu, que remueve a un personaje y le hace preguntarse por su identidad, su pasado, por la herencia que arrastra.

Así Jia Zhang Ke parte de un triángulo joven y vital con toda la vida por delante, tres amigos de la localidad china de Fenyang: por una parte, Zhang, dueño de una gasolinera y que está empezando a prosperar en el mundo de los negocios, parece que se le augura un futuro imparable. Por otro su amigo Liangzi, de la clase trabajadora china, sale adelante con su puesto en una mina de carbón. Los dos enamorados de una misma chica, Tao, joven vital y alegre, extrovertida… que en un momento dado debe elegir entre uno de los dos (y dos vidas muy diferentes, dos Chinas distintas). Esta elección va seguida de una ruptura de esa amistad que los unía. Los tres personajes toman una decisión que parte y rompe sus vidas… y los tres conducen por distintos senderos que desembocan en un presente, 2014, cuando esos jóvenes ya se acercan a los cuarenta… y arrastran separaciones, enfermedades, ausencias, equivocaciones, sueños rotos y pérdidas. Cuando los tres están viviendo las alegrías y las penas que depara la vida… Hasta llegar a ese futuro próximo en Australia, que parece una ruptura total del relato… pero que recupera la figura de un niño, que ahora es un joven, que se siente perdido. Un joven que ya no habla el idioma de su padre, el chino, y que tiene recuerdos lejanos de su país… y de su identidad. Él vivirá ese déjà vu especial que pondrá en evidencia y con una preciosa catarsis emocional que los lazos emocionales no son tan fáciles de cortar… para cerrar esa historia, ahora melancólica, que empezaba con tanta alegría, vitalidad y ganas de un futuro prometedor.

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