El último magnate

Las tres últimas películas de Kazan mostraban cómo era un director que tomaba riesgos en su carrera cinematográfica y avanzaba tratando de buscar otros caminos. Fue un director que arriesgó hasta el final. Así llevó adelante a finales de los sesenta, una película que desarrollaba un proyecto muy personal, la adaptación de su propia novela, El compromiso. Así con dos estrellas como Kirk Douglas y Deborah Kerr, y una joven promesa, Faye Dunaway, Elia Kazan habla sobre el éxito social y laboral y el fracaso emocional y personal de un hombre. Y sigue así con uno de los grandes temas de su carrera cinematográfica. La presentación de antihéroes que se equivocan, que son influenciados por los designios familiares, que se enfrentan a dilemas morales, que triunfan y fracasan, que terminan solos… (temas que también dominaban su vida personal). En 1972 realizó una película totalmente independiente, Los visitantes, y apenas distribuida con una compleja y crítica visión sobre la guerra de Vietnam, expresando las secuelas psíquicas en toda una generación de jóvenes americanos. Era un proyecto en común con uno de sus hijos, Chris Kazan. Una película que mostraba ese camino abierto de encarar y mostrar otra forma de contar…, además de continuar con un cine de temas comprometidos. Y su última película fue una superproducción nada complaciente que adaptaba la novela inacabada de F. Scott Fitzgerald sobre el Hollywood de los años 30 centrándose en un trágico y joven productor (inspirado lejanamente en Irving Thalberg). Llevó a la pantalla El último magnate. Ahí nos dejó una película que mostraba las luces y las sombras del Hollywood clásico (otra forma de contar metafóricamente, pero desde un punto de vista trágico, lo que han hecho hace nada los hermanos Coen con el Hollywood de los cincuenta en la estupenda Ave, César), y que demostraba cómo Elia Kazan sabía rodar y contar cinematográficamente una historia. Y que eso era lo que realmente amaba en su vida…, como dice el protagonista Monroe Stahr (Robert de Niro): “Esto es cine”.

Curiosamente la película en su momento fue un gran fracaso, un batacazo. Una guinda amarga en la carrera de Elia Kazan. Pero viéndola hoy puede rescatarse como una película poética que reflejaba un Hollywood duro y cruel, donde, sin embargo, se fabricaba el material de donde surgían los sueños de los espectadores, en tiempos duros como la Depresión. Y ubicándola en los años setenta… permitía también mostrar una radiografía contemporánea de una América perdida y desencantada. El propio Kazan estaba en un momento delicado de su vida, como se cuenta en el libro Mis películas. Conversaciones con Jeff Young (Paidós, 2000): su madre estaba muriéndose y quería estar junto a ella lo más posible, y quizá no luchó tanto por el resultado final, como hizo en otras películas… pero dejó su sello y poética, su forma de hacer cine.

Uno de los aspectos más criticados en su momento y aún ahora es su guion. Este fue realizado por el dramaturgo Harold Pinter. Y, sin embargo, lo salvo y rescato. Con la mirada de Kazan y el guion de Pinter, El último magnate es una dura y cruda metáfora poética y visual del Hollywood clásico, con destellos de luces, sombras y contradicciones. Además logra rescatar el espíritu de una novela inacabada y la esencia de los héroes de Fitzgerald. Monroe Stahr y Kathleen Moore son, de nuevo, otra versión trágica y glamurosa de Jay Gatsby y Daisy Buchanan. Y en la película (al igual que en la novela) está siempre presente la muerte (el productor joven, como Thalberg, tiene una salud muy delicada)… pero de una manera fantasmal, como las sombras eternas e inmortales que crea una película. Y la historia de amor trágico de Stahr y Moore está contada cinematográficamente de principio a fin, y ellos dos están como aislados de toda la historia. El clímax de su relación transcurre en un decorado sin terminar, en los cimientos de la futura casa de Stahr junto al mar. Una casa sin techo ni paredes. Sin construir, sin terminar. Como su historia de amor.

Como en la novela hay dos mujeres que giran alrededor de Stahr. El amor realista de la joven Cecilia (que en la novela es también narradora y que en la película la interpretaba Theresa Russell), que ama desde siempre a Stahr, y que vemos como le tiene en un pedestal pero también le baja…, y le sigue queriendo… Así Cecilia es la que le ve caer hasta lo más bajo en su enfrentamiento con un guionista progresista (con el rostro de Jack Nicholson, que bordaba esas intervenciones). Stahr pierde su planta y frialdad, y cae absolutamente borracho, el productor-dios se vuelve hombre vulnerable y débil (y ahí aprovechan los peces gordos del estudio para quitárselo de encima). La escena de este enfrentamiento es la última que dejó escrita entera Fitzgerald. Y el amor fou e idealista que siente por Kathleen… que le recuerda a su difunta esposa, una famosa artista de cine. La aparición de Kathleen es de lo más cinematográfica, porque lo que nos dicen Pinter, Fitzgerald y Kazan es que este personaje mira la vida como si fuera una película. Así en un momento hay un terremoto en los estudios y se sucede tal caos, que de pronto, Stahr que va a contabilizar los desastres provocados… ve cómo de un estudio sale una gran cantidad de agua que arrastra una enorme cabeza de una diosa hindú y encima de ella una hermosa joven, Kathleen.

Así como el reciente personaje de Josh Broslin, el productor-dios Eddie Mannix, en la película de los Coen, Stahr domina absolutamente los estudios, es un hombre triunfador… que ama las películas que hace, pero, sin embargo, los hombres de negocios tratan de quitarle las riendas como sea (solo miran la parte económica, los números, y no aman además las películas como Stahr)… y siempre están en las sombras. Stahr sabe todas las películas que se están haciendo, controla también los gastos, mira en la sala de cine y decide sobre el montaje, va a los estudios y mima a sus estrellas o les consuela en el despacho, domina así como aconseja a sus directores y guionistas, pero tampoco le tiembla el pulso si tiene que despedirles o quitarles el trabajo o no permitirles que se reúnan para exigir sus derechos… Para él lo importante es conseguir la película que él quiere hacer, y por esa película está dispuesto a todo (y a la soledad y aislamiento más absoluto)… Mientras triunfa como hombre de negocios, es un hombre solitario en su mansión. Y El último magnate cuenta su desmoronamiento en el amor y en su carrera en los estudios… Pero Pinter y Kazan le escriben un final poético… Stahr desaparece como una sombra dentro de un gran estudio. Como un fantasma. Esto es cine.

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