Nashville

Para cuando el bello cantante folk Tom Frank (Keith Carradine) deleita con la canción I’m easy y todas las mujeres con las que ha estado y que están presentes en el local creen que es una canción escrita para ellas, Robert Altman ya ha hipnotizado a los espectadores con esta sátira coral (era un director totalmente dotado para los relatos cinematográficos corales) sobre la América de los setenta. Así como el cantante expresa en notas musicales que él es una persona fácil… pero somos conscientes de que no es así, de que Tom no es una persona fácil, lo mismo pasa con Nashville, que puede parecer una película musical de los setenta sobre la capital de la música country y, sin embargo, es un rico, crítico y complejo tapiz político y social sobre la América de los setenta.

Así Robert Altman construye un imaginario colectivo contando muchísimas microhistorias durante cinco días en Nashville y centrándose sobre todo en el universo country (es importante señalar que algunos iconos de este tipo de música perpetúan una América tradicional y conservadora a ultranza)… pero que en realidad muestra la radiografía emocional de un momento histórico en EEUU… Después del asesinato de Kennedy, del Watergate de Nixon, de Vietnam…, qué es lo que viene, qué es lo que queda, qué es lo que pasa… y la radiografía es demoledora pero también vital. Una radiografía que muestra unos personajes perdidos, emocionalmente heridos o enfermos; un mundo duro y también insensible y cruel. Pero también personajes que siguen adelante, que tratan de sobrevivir en su día a día. Una crítica política brutal, con una campaña política de fondo, con un candidato fantasma… pero donde al final, después de una tragedia (que sigue ocurriendo hoy y dando escalofriantes noticias), solo queda la gente para volver a levantarse o volver a ilusionarse o, tal vez, volver a hundirse…, porque como dice uno de los personajes: hay que seguir cantando, cantando, cantando… y pasa en estado de shock el micrófono a una joven (una magnífica Barbara Harris) que lleva toda la película esperando una oportunidad. Así Nashville cuenta con diez minutos finales de catarsis emocional demoledor, que da sentido a todo el universo de historias al que hemos asistido durante todo el metraje. Y la clave está en ese intercambio de micrófonos de una ídolo consagrada en caída libre (con una interpretación final emocionante de la canción My Idaho home por parte de Ronee Blakley como la famosa Barbara Jean) a una joven promesa en ciernes, que todavía no lo sabe (Barbara Harris), que interpreta I don’t worry me.

La mirada crítica y desencantada de Altman con su peculiar humor melancólico, que abofetea y rompe, cuenta además con un reparto que construye unos personajes que se fijan en la memoria y que cada uno de ellos deja un momento que marca. Su puesta en escena y la estructura de la película que puede parecer caótica devuelve finalmente un universo construido y un discurso en imágenes demoledor, con escenas y momentos de una belleza especial. Imposible no engancharse con alguna de las historias dispersas en esos cinco días: el jefe de campaña John Triplette en busca de artistas y su contacto en Nashville, Delbert Reese (Ned Beatty), un hombre que parece que domina la situación pero está perdido. Delbert es padre de dos niños sordos con los que no se entiende, como con su mujer, una cantante blanca de gospel (Lily Tomlin), que vive una infidelidad con un joven cantante de folk (Keith Carradine), que va de cama en cama, y está de gira con sus otros dos compañeros (y con los que mantiene un tira y afloja). El joven soldado (Scott Glenn) que vela a la inestable cantante country, pero a la vez ídolo de masas, Barbara Jean, que sufre un desvanecimiento y es ingresada en un hospital de la localidad. Y en ese hospital se encuentra un hombre mayor que cuida a su esposa enferma y que trata que su sobrina se implique en los cuidados, pero ella (Shelley Duvall) está más interesada en inmiscuirse en la vida social y cultural de Nashville. O el joven solitario que va siempre con la funda de una guitarra y alquila una habitación al anciano que cuida de su esposa. O esa familia donde el padre es un cantante country tradicional divo, con un hijo del que presume y que le lleva los negocios al que no deja cantar y domina y una mujer que apoyó y se quedó marcada con los Kennedy. O esa periodista de la BBC británica que va de hippy y amor libre y oculta a una clasista incoherente (Geraldine Chaplin). Así como esa camarera que no sabe cantar pero no pierde la ilusión por lograrlo (que solo tiene un amigo negro solitario y crítico que le dice la cruda verdad) o esa mujer de un vaquero que sueña con que alguien la oiga cantar… O esos cameos de verdaderas estrellas de Hollywood del momento que son señalados como progresistas, pero que están al margen y alejados de lo que realmente ocurre en parte del amplio territorio americano (Elliott Gould, Julie Christie, dos actores que trabajaron con Altman en algunas de sus películas).

Todo un mundo de personajes que pintan una América de los setenta absolutamente desencantada y perdida. Nashville deja ver un Robert Altman que sabía moverse en películas corales que creaban verdaderos universos cinematográficos.

Aviso de Hildy: seguimos con la tarea de solucionar el problema de los comentarios. De nuevo, disculpas.

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