Aviso de Hildy: de nuevo disculpas, no es fácil averiguar qué es lo que está pasando con el apartado de comentarios. Me están ayudando muchísimo e intentando dar con el problema cuanto antes, pero de momento sigue sin estar restaurado plenamente.

La pasión por el cine cobra vida en la propia pantalla blanca. Y es que hay una serie de películas de ficción y no ficción que analiza ese amor por las imágenes en movimiento. Un amor que atrapa tanto al espectador como a todo aquel que esté involucrado en algún oficio dentro del mundo cinematográfico… y ya le acompaña para siempre. Un amor lleno de magia y también de misterio. En esta sesión doble propongo un descubrimiento maravilloso del cine español: Vida en sombras, una película que he perseguido y ansiado y que finalmente pude disfrutar en Historias de nuestro cine. Una película que dirigió un apasionado del cine, Lorenzo Llobet-Gràcia, y que logró reflejar todo ese amor. Fue la única película de su filmografía. Y un documental que he vuelto a ver y me ha vuelto a entusiasmar, El chico que conquistó Hollywood, un inteligente documental autobiográfico del productor Robert Evans y un retrato apasionado sobre el triunfo y la caída de un hombre en el apasionante periodo del Nuevo Hollywood.

Vida en sombras (1948) de Lorenzo Llobet-Gràcia

Vida en sombras

No podía ser de otra manera: el protagonista de Vida en sombras (maravillosa doble metáfora y una definición acertada de lo que es el cine, vidas en sombras, o fantasmas con el don de la eternidad atrapados en una pantalla blanca…), Carlos Durán, nace en una barraca de feria donde se está haciendo la exhibición del descubrimiento de los hermanos Lumiére… imágenes en movimiento. Y momentos antes su padre gana en la feria para su embarazada esposa un zoótropo, un artilugio mágico de pre-cine, que acompañará durante toda su vida al protagonista.

Desde ese instante la vida de Durán no podrá despegarse del cine. Sus recuerdos de infancia transcurren en la sala, como espectador. Su pasión hace que su trabajo sea finalmente el de camarógrafo. Sella su amor en una sala de cine. Su amor por rodar y su entrega (y por tanto su ausencia) le hará creer que ha sido la causa del fallecimiento de su esposa. Y, de nuevo tiempo después en una sala de cine, como espectador, recuperará su vida, dejará las sombras (el otro sentido del título), y el cine se convertirá en su tabla de salvación.

Acompañar a Durán en su vida, es también conocer la evolución del cine. De atracción de feria a las primeras salas de cine con acompañamiento musical en directo y con sesiones continúas y dobles. Así nos encontramos a los niños Carlos y el que será su mejor amigo Luis totalmente metidos en las aventuras mudas de Eddie Polo (uno de los los famosos seriales cinematográficos mudos) o riendo sin parar ante Charlot y uno de sus cortos maravillosos (Charlot en la calle de la paz). O cómo pronto se fueron haciendo salas de cine que parecían lujosos locales donde evadirse, ahí en una de esas salas, el protagonista besa a su futura esposa Ana (una amiga de la infancia), mientras ven Romeo y Julieta de George Cukor. Vida y cine se dan la mano. Y también uno de los momentos más mágicos, la recuperación de Carlos de esa pasión como espectador y cómo el cine le permite que desaparezca su complejo de culpa. De nuevo en la sala de cine y con el visionado de Rebeca de Alfred Hitchcock. La película le atrapa totalmente, pero además le da las claves para perdonarse. Rebeca tan presente más allá de la muerte, como su esposa Ana… y una frase de la protagonista (con rostro de Joan Fontaine) a un atormentado Maxim de Winter (Laurence Olivier): “Tú no tuviste la culpa”. Y efectivamente Carlos Durán (Fernando Fernán Gómez) es una especie de Maxim de Winter… que no se perdona.

Lorenzo Llobet-Gràcia en su única película atrapa en cada fotograma su pasión por el cine (y el propio rodaje y las vicisitudes por las que pasó su proyecto cinematográfico hasta su recuperación y reivindicación es otra “película”) y ofrece además su particular manera de mirar cine y de hacer cine. Así apuesta por un cine innovador estéticamente. Además se convierte en visionario, al entender a ese Hitchcock, más allá del suspense. Al entender el cine de pasiones complejas y ocultas, el Hitchcock innovador a la hora de contar historias en imágenes; el maestro del suspense que después de Rebeca ofrecerá otro sofisticado relato de amor oscuro más allá de la muerte en Vértigo. O el cine como fuente de recuerdos de momentos importantes de la vida, como ese momento en que después de la muerte de su mujer, ve en la marquesina de un cine los fotogramas de Romeo y Julieta de George Cukor, porque han vuelto a reponerla… y él vuelve a vivir su historia de amor, su beso.

A la vez Llobet-Gràcia nos muestra cómo su protagonista Carlos Durán mira la vida y sus recuerdos como si fueran una película. De hecho terminará haciendo una película que reconstruye su pasado, dando a la película una original estructura circular. O en otra maravillosa escena, después de la contemplación de Rebeca, recupera unas imágenes en movimiento de su difunta esposa Ana (Maria Dolores Pradera) que él mismo grabó, cuando ambos eran felices. Tampoco tiene desperdicio el plano secuencia (antes de la muerte de su esposa) donde vemos a Carlos Durán en las calles de Barcelona atrapando con su cámara la contienda, la guerra civil. Y además estamos viendo cómo está “construyendo” estilísticamente ese momento de realidad. O, como finalmente, se convierte en un director de cine y le vemos rodando en un estudio… reconstruyendo su pasado…, vida en sombras.

Vida en sombras debe seguir siendo reivindicada pues es un especial canto de amor al cine.

El chico que conquistó Hollywood (The Kid Stays in the Picture, 2002) de Brett Morgen, Nanette Burstein

El chico que conquistó Hollywood

El relato sincero y sin censuras en primera persona y con la voz en off del propio Robert Evans (ese chico que conquistó Hollywood al que hace referencia el título de este documental) acompaña las imágenes y un montaje inteligente para ir construyendo una apasionante historia de triunfo y caída de un hombre que ama su trabajo de productor en la época del Nuevo Hollywood.

Así el propio Evans, del que en un principio solo conocemos su voz que recorre como un fantasma las habitaciones vacías de su mansión donde se encierran además de fotografías otras voces del pasado, cuenta cómo de joven hombre de negocios entró en el mundo del cine de la mano de Norma Shearer, que cuando lo vio un día en la piscina le recordó a su difunto marido Irving Thalberg, y le recomendó para el papel de dicho productor pionero en una película que protagonizaba James Cagney (El hombre de las mil caras, 1957). Después el productor Zanuck se fijó en él para que hiciera de torero en ¡Fiesta! Nadie le veía en el papel pero Zanuck sí y Robert Evans se quedó… y ahí el aprendiz a actor y torero empezó a pensar que él realmente lo que quería era ser productor. Después la voz de Evans recuerda (tiene una capacidad enorme para reírse de sí mismo) su malogrado último papel como actor promesa… y era un remake de El beso de la muerte, emulando al mítico personaje de Richard Widmark… De sus pinitos como actor y como empresario de éxito empezó su idilio amor-odio con la prensa. Y fue precisamente por el artículo de un periodista que le llamaron cuando todavía era un joven empresario para ser productor jefe y cambiar el rumbo de la Paramount, que acababa de ser comprada por un empresario que apenas sabía de cine. Ahí empezó el ascenso meteórico de Evans y su relato apasionante de aquellos tiempos. Y cómo fue artífice del Nuevo Hollywood.

Su camino hacia el éxito fue gracias a un director polaco: Roman Polanski y La semilla del diablo. El relato de Evans (que se ríe de sí mismo, que se muestra en momentos duro, en otros cínico o irónico, en otros solitario y más allá tierno) está acompañado de montajes de fotos fijas, trozos de las películas que le llevaron al éxito, entrevistas de televisión, recortes de prensa…

Después vino Love Story y ahí se centra en su historia de amor y desamor con la protagonista Ali MacGraw, junto a fotografías y noticias de prensa, así como secuencias de la película Love Story… queda el relato de un tipo duro que cuenta la historia de amor que partió en dos su vida. Queda claro que fue la mujer de su vida (no cuenta ninguna relación más) y se termina culpando de que acabara en los brazos de Steve McQueen, mientras rodaban juntos La huida. Mientras su matrimonio se rompía, cuenta lo frenético que fue el rodaje de El padrino y el éxito final que supuso…

Y a partir de ahí con el mismo tono de tipo duro que se ríe de sí mismo empieza su descenso a los infiernos, su soledad, su coqueteo con las drogas, sus problemas con la justicia y con la prensa, su cadena de fracasos cinematográficos…, su vida como una pesadilla hasta la depresión, el abandono de los estudios, la venta de su mansión, el ingreso en una clínica… la huida… Hasta por fin, con la ayuda de buenos amigos del pasado, como Jack Nicholson, la resurrección de las cenizas. Lo increíble de escuchar su vertiginosa historia es que él mismo dice que realmente, después de lo pasado, tiene claro una cosa, ama el cine y su trabajo… Y este documental es como una buena película de Robert Evans, una película con un argumento potente, en su momento de auge en el nuevo Hollywood.

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