Techo y comida

Aviso a los lectores: Desde el viernes no es posible enviar comentarios… Estoy tratando de solucionar este problema y espero que en breve esta función quede habilitada para así poder seguir intercambiando opiniones, reflexiones, informaciones y generando un espacio rico de debate y pensamiento cinematográfico. Mil perdones por las molestias.

Techo y comida… no se puede ser ya más claro y explícito en el título. Al igual que la depresión de los años 30 tiene unos títulos representativos en la pantalla blanca o los periodos de posguerra y recuperación cuentan incluso con corrientes tan potentes como el Neorrealismo; la larga crisis económica, social y política que arrastra el mundo desde 2007 tiene sus propios reflejos cinematográficos. Aquí en nuestro país uno de ellos será Techo y comida, el debut en el largometraje del realizador andaluz Juan Miguel del Castillo.

Y es que siempre ha habido malos tiempos y gente sin voz que se ve más afectada todavía por las catástrofes sociales y políticas. Existe un cine social y también de denuncia que trata de ser fiel reflejo de los problemas que se esconden en periodos de crisis, en los márgenes del estado de bienestar (hoy en día totalmente herido) o en cualquier sitio marcado en el mapa donde haya conflictos, injusticias o situaciones tremendas que no deben permanecer ocultas. Directores como Ken Loach, los hermanos Dardenne, Jeff Nichols o Constantin Costa-Gavras emplean sus cámaras como herramientas de denuncia para remover reflexiones y promover cambios.

Así Juan Miguel del Castillo con la historia de una madre soltera joven, Rocío (Natalia de Molina), y su hijo de ocho años, Adrián (Jaime López) en Jérez de la Frontera…, en plena fiebre de la Eurocopa que aquel año ganó la selección española, cuenta cómo sus protagonistas viven en silencio y totalmente desamparados la tragedia del desahucio.

Techo y comida es una película directa y dura, que cuenta con la naturalidad y con la química que surge entre los intérpretes que ponen rostro a la madre y el hijo. No hay adornos (solo estalla una canción al final), no hay lugar para las sensiblerías ni para buscar la lágrima fácil. No se indaga en el pasado de sus personajes, solo se expone la cruda realidad del momento. La situación límite de una madre que se despierta con pesadillas y con una sensación de estrés continua… que lleva ocho meses sin pagar el alquiler y tres años sin trabajo fijo. La lentitud de las ayudas, la vergüenza por la situación vivida, las dificultades burocráticas, el disimulo continuo de tratar de vivir el día a día como si nada ocurriera, la frialdad de varios sectores de la sociedad (como escudo de defensa, en algunos casos, y de simple falta de empatía, en otras) y los callejones sin salida que eliminan toda esperanza de solucionar el problema. Y lo más terrible: el silencio. Una Rocío que quiere gritar, perder los estribos y no puede o lo hace en momentos que no sirve ya para nada.

El director con unas sencillas pero eficaces decisiones de puesta en escena es capaz de reflejar la angustia de su protagonista y su estado de indefensión así como su hundimiento en un túnel sin final. Por ejemplo, la secuencia en que Rocío va a ver a un abogado: solo oímos la voz fría, educada y mecánica del letrado, mientras la cámara mantiene su mirada sobre el rostro de una mujer joven que no sabe cómo mantener la calma y donde todo una abanico de emociones se quedan al borde de la comisura de los labios y se escapan por la mirada…

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