El espía que surgió del frío

Durante los años sesenta hubo un cine de espías muy diferente al mundo representado por James Bond. Todo empezó con El espía que surgió del frío. El universo del novelista John Le Carré nada tenía que ver con el que presentaba Ian Fleming. Por tanto los cineastas que adaptaron a Le Carré nada tuvieron que ver con los que adaptaron a Fleming… Ni tampoco los actores que se convirtieron o en espías con glamour o en espías que llevaban el desencanto sobre sus hombros.

El Bond cinematográfico de aquellos años (Sean Connery) era un espía espectáculo y de pirotecnia, un héroe de película de aventuras, donde la visión de la Guerra Fría tenía una lectura simple y maniquea. Bond tenía licencia para matar pero era el héroe glamuroso, el bueno de la función un poco chuleras, que se enfrentaba a malos malísimos que o bien eran terroristas, conspiradores o malvados comunistas… que trataban de alterar el orden británico… La serie Bond es tremendamente entretenida (bueno, depende del Bond), lo que cuenta es el espectáculo, la acción y una resolución: vencer al malo. Pero también es muy interesante el análisis del contenido y su evolución como personaje a través de las décadas (hasta llegar a uno de mis Bond favoritos, Daniel Craig)… pero eso es otra historia.

De pronto, frente al espía con glamour, surge el espía desencantado que juega en un gran tablero de ajedrez, y que a veces se siente (y no solo se siente sino que es) como una mera marioneta, en esa guerra fría, donde hay dos lados del muro y unos y otros, con mismos métodos, tratan de alcanzar sus fines. Y entre todos que no estalle ni cambie el orden establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Los espías trabajan en las cloacas, en la parte oscura. Este espía desencantado se encuentra con otros que arrastran el mismo desencanto –los ideales se quedaron en el camino y van descubriendo una guerra que les mina y destroza– o con otros que deciden jugar hasta que les retiran del tablero por viejos o por otros motivos. Espías, dobles agentes, contraespionaje, trampas, traiciones, mentiras… pero sin ese halo de héroe de acción que no encuentra tiempo para estarse quieto o aburrirse. El espía desencantado realiza una labor silenciosa y a veces puede ser relegado a funcionario del Estado gris. Mueve piezas, consigue información, vive entre dos mundos, puede perder su identidad y no recuperarla, echa de menos la confianza… No se siente héroe, sino más bien un hombre solo y, a veces, sin ilusión alguna. Otras tan solo un perdedor. Nadie sabrá si ha cumplido una misión o no, y ni él mismo sabe cuál será el siguiente movimiento en ese gran tablero de ajedrez. Ni siquiera tiene la certeza de si quieren hacerle desaparecer o no. Si al día siguiente despertará o no. A veces cuando abre los ojos es demasiado tarde…

… como le ocurre a Alec Leamas (Richard Burton), el espía de ojos claros y rostro impasible o triste, que decide embarcarse en una misión compleja porque no quiere que le releguen a los despachos. Cada vez más asqueado se dará cuenta de que solo es un alfil y decide redimirse tomando una decisión: quedarse junto a la única persona que durante su descenso a los infiernos ha sabido amarle, sin pedir nunca nada a cambio. Ella es una bibliotecaria idealista y pacifista del partido comunista británico, que cree en la consecución de un mundo mejor, víctima absoluta e inconsciente de esta historia porque absolutamente todos, unos y otros, la utilizan. Es una ficha que todos sienten el derecho de mover de un lado a otro, sin preguntar nada. Duele su mirada cuando descubre un mundo sucio, cuando derrumban su idealismo de la manera más cruda. Ella se llama Nan Perry (Claire Bloom).

El director Martin Ritt en El espía que surgió del frío claramente se posiciona al lado de Nan y de otro personaje que se irá convirtiendo en víctima inesperada, un espía judío y comunista, Fiedler (Oskar Werner), que se muestra transparente desde el momento en que aparece. Ritt acompaña con su cámara a Alec Leamas en su andadura por los infiernos como alfil inconsciente y hace que poco a poco vaya abriendo más sus desencantados ojos al descubrir el juego sucio del que ha sido protagonista, solo le queda realizar un último acto que sabe inútil pero noble, que le redime. Así Alec y Nan protagonizan una de las escenas finales más tristes pero a la vez hermosa, con la emocionante banda sonora de Sol Kaplan.

Y en esa andadura, en ese tablero…, Alec Leamas, el descreído, el que dice que no cree ni en Papá Noel, ni en Dios ni en Marx… que se reserva el derecho a ser ignorante, pues según explica ese es el modo de vida occidental… además de encontrarse una mujer que sí que cree en un mundo mejor o un espía que sí cree que su trabajo sirve para algo, se cruza en su camino con muchas otras piezas secundarias pero fundamentales a la hora de hacer jugadas maestras o mortales como su jefe Control (Cyril Cusack) o el agente Mundt (Peter van Eyck)… y no podía faltar una pieza secundaria el agente Smiley (… uno de los personajes de las novelas de Le Carré).

Martin Ritt hace una película redonda, circular, perfecta… donde el muro se convierte en desierto y frío escenario… donde se desarrolla el primer acto y el último. Después solo queda la bajada de telón. El blanco y negro de Oswald Morris recorre desolado todos los rincones: los despachos, las casas, las calles londinenses, los garitos, la sala del juicio improvisado, la celda… todo cubierto por un halo de melancolía y decadencia. La cámara a veces quiere alejarse y solo ser testigo distante; pero otras se acerca en exceso, como si necesitara implicarse del todo. Apenas hay espacios de luz o donde los personajes sonrían o no estén crispados. Esos momentos, no podía ser de otra manera, los vive Leamas… junto a Nan (al lado de las estanterías de una biblioteca, incluso ríen) o en plena naturaleza donde Fiedler lleva a Leamas a respirar, a hablar con un poco de relajación.

El final te deja muchos minutos mirando la pantalla en silencio… recordando esa mirada de ojos azules, derrotada, desencantada, vencida… dándose cuenta de que solo puede hacer un último acto…

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