Cegados por el sol (A Bigger Splash, 2015) de Luca Guadagnino

Cegados por el sol

Mientras La piscina (1969) de Jacques Deray resultaba como un contenido thriller psicológico y emocional donde se realizaba una certera y analítica crítica a las clases medias altas con una evolución in crescendo de una atmósfera cada vez más asfixiante y enfermiza; su remake italiano Cegados por el sol es un desatado melodrama donde las emociones estallan como un torrente con una crítica también a una generación que fue rebelde –sexo, drogas y rock and roll– y ahora se siente acomodada, silenciada y escondida en una burbuja. El director Luca Guadagnino, como en Yo soy el amor, sigue narrando desde las sensaciones con una mirada sensual que se desborda, a borbotones, pero además consigue una nueva mirada interesante hacia su original, La piscina.

Sí la película francesa contaba con un cuarteto carismático, Guadagnino no descuida este aspecto en Cegados por el sol. Así Romy Schneider, Alain Delon, Maurice Ronet y Jane Birkin se transforman en Tilda Swinton, Matthias Schoenaerts, Ralph Fiennes y Dakota Johnson. Y los cuatro están perfectos en sus papeles, retirados en una casa con piscina a orillas del Mediterráneo en una isla siciliana…, con sus emociones y sentimientos a flor de pie, pero quizá la gran sorpresa la ofrece un desatado Ralph Fiennes, que encarna al personaje con más aristas, más complejo, verborreico, ambigüo, tóxico pero lleno de una energía que hace imposible no caer en sus redes (no perderse momento baile ni momento karaoke). El director Guadagnino muestra su complejo melodrama desatado con escena catártica pero, como Deray, critica la burbuja en que viven sus atormentados personajes (que fueron rebeldes… y ahora como señala el personaje de Dakota están bien acomodados, dormidos o tranquilos) y su apatía hacia desgracias sangrantes como la situación de los refugiados.

La noche que mi madre mató a mi padre de Inés París

la noche que mi madre mató a mi padre

Grata sorpresa ante una comedia divertidísima que juega de manera inteligente sin colocar claramente la línea entre realidad y ficción. Inés París no sigue solo una tradición de magníficos dramaturgos con comedias brillantes y un humor muy especial que formaron esa otra generación del 27 y que estuvieron muy presentes también en el cine: Miguel Mihura, Edgar Neville o Tono (sin olvidar ecos de Enrique Jardiel Poncela), sino que juega también con sus personajes que pertenecen al mundo del cine y el teatro… y que se plantean la vida como un juego donde nada es lo que parece… (y aquí podemos escarbar en montón de obras de teatro y películas como La venus de las pieles de Roman Polanski, Conociendo a Julia de István Szabó o La carroza de oro de Jean Renoir). Así como también se encuentran rastros de comedia negra y alocada con dosis de misterio y juego… siempre con una cena o reunión en un hogar, que puede beber de esa pareja de aristócratas detectives del cine clásico que protagonizaron la saga que comenzó con La cena de los acusados o con un atribulado Cary Grant en Arsénico por compasión, pero que tiene sus huellas más recientes en Un cadáver a los postres y sobre todo en 8 mujeres de François Ozon.

Con este explosivo cóctel de referencias, Inés París se enfrenta a una buena comedia clásica, pero sencilla y tremendamente ágil, fresca; con un elenco de actores (Belén Rueda, María Pujalte, Eduard Fernández, Patricia Montero, Fele Martínez…) que bordan sus personajes para provocar una risa espontánea, sana (hasta Diego Peretti que tiene la difícil función de ser él mismo y encontrarse perdido, que pirandelliano, entre personajes ficticios).

Cemetery of Splendour (Rak ti Khon Kaen, 2015) de Apichatpong Weerasethakul

Cemetery of splendour

Conectar con ciertos cineastas no es tarea fácil. El director tailandés Apichatpong Weerasethakul es uno de esos narradores con los que cuesta conectar, sobre todo si eres ajeno a la cultura tailandesa. Después de la experiencia con Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, ahora toca Cemetery of Splendour… Y la conexión con él empieza a ser cada vez más posible y serena.

El tailandés parece que ofrece como historias y personajes muy cotidianos, como un cine muy natural y directo, para, en realidad, encerrar al espectador en mundos excesivamente complejos, poliédricos, con un montón de historias fantásticas donde la línea entre lo real y lo fantasioso no existe. Entre lo cotidiano y lo espiritual no hay separación. Entre lo tradicional y lo moderno tampoco. Los fantasmas, dioses o espíritus campan felizmente por el mundo moderno. Las antiguas leyendas se mezclan con historias del pasado pero se viven hoy en día.

Cemetery of Splendour recoge con normalidad una posible historia de soldados durmientes, enganchados a unas máquinas de luces que les facilitan el sueño, en un apacible hospital que fue una escuela o quizá bajo su suelo se encierra un palacio con intrigas de poder (que esconde historias de hace siglos) o tal vez un cementerio cuyos espíritus necesitan a esos soldados dormidos…

U otra posibilidad es la historia de una voluntaria con una cojera que marca su vida y su personalidad que se siente irremediablemente unida a uno de esos soldados, que de vez en cuando abre los ojos, y ambos se confiesan sueños y confidencias. Y a la vez esta voluntaria establece una amistad con una joven, que puede que trabaje en el FBI o eso se murmura, que es capaz de poner en contacto a los soldados durmientes con sus familiares. Las máquinas excavadoras están buscando algo en el terreno en el que se encuentra el hospital, ¿es un secreto del gobierno?

Esa voluntaria a la vez se encuentra a las diosas a las cuales reza, pero si maquillar, y charla con ellas. Está casada con un soldado americano y establece una relación muy especial con el soldado dormido, que a la vez, a través de la médium, la lleva por los aposentos de un maravilloso y lujoso palacio…

No hay duda que son muchos los infinitos viajes que pueden hacerse a través de las imágenes de Cemetery of Splendour. No hay duda de que Apichatpong Weerasethakul es un narrador muy especial.

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