Curiosamente La chica danesa de Tom Hooper no ha convencido ni a la crítica especializada ni parece que al público en general, pero aquí Hildy Johnson, con sorpresa, reconoce que disfrutó de su visionado. Porque Tom Hooper construye un elegante melodrama clásico donde la transgresión no se encuentra en contar la historia pionera de una transexual durante los años veinte y principio de los treinta, sino en otro punto clave. En esa época, durante el apasionante y libre periodo de entreguerras, era una transgresión (se puede romper o quebrantar más precisamente en momentos de inestabilidad pero en los que es posible el progreso) no solo formular dichos temas sino también lo relacionado con la investigación y los avances médicos y científicos sobre transexualidad. Sin embargo, Una chica danesa construye una intimidad transgresora que se centra en el amor que se profesan dos personas: Einar y Gerda Wegener. A los dos les conocemos como un matrimonio de jóvenes pintores en Dinamarca… y luego viviremos cómo Gerda se convierte en el bastión imprescindible para la lucha de su marido Einar que descubre que dentro de él habita Lili Elbe, es decir, que se da cuenta que en su cuerpo de hombre vive encerrada su identidad verdadera de mujer. Gerda sigue amando a la persona con la que se casó y apoya en todo momento su andadura porque de ese proceso complejo depende la felicidad de la persona que ama (como se dice en el último relato de la película El placer de Max Ophüls, “la felicidad no es alegre”), y para Lili es fundamental contar con una amiga que no solo conoce toda su vida y en la que confía ciegamente sino que además sabe que siempre será fiel al amor y respeto que se profesan.

Y de ahí, de esa intimidad de dos personas, surge la transgresión de La chica danesa. Tampoco es exactamente un biopic… porque se inspira en la pareja real pero no es fiel a los hechos acontecidos, sino que recrea una posible historia íntima de dos personajes históricos, ficcionaliza la realidad. De hecho la fuente es una novela, con el mismo título de la película, de David Ebershoff. A su vez sobrevuela entre estas dos obras de ficción (novela y película) otra fuente más cercana a los hechos narrados y es Man into woman, un libro editado por Ernst Ludwig Jacobson en 1933, que conocía a Einar y luego a Lili, quien accedió a los diarios íntimos que escribió durante su transformación.

Con los recursos del melodrama clásico, el director Tom Hooper traslada el universo íntimo de Einar y Gerda Wegener a la pantalla. Para ello se sirve de una puesta en escena elegante, que opta por alejarse de los puntos oscuros (pero no de sugerirlos y de tocarlos, como por ejemplo, toda la parte relacionada con la medicina, los avances, diagnósticos, operaciones pioneras peligrosas, las consecuencias de esas operaciones… o también los caminos tomados por Einar en su búsqueda de la identidad femenina o el comportamiento de los otros ante el dilema) del difícil proceso de metamorfosis de Einar a Lili y revestirlos de una belleza heroica. En realidad es como si dibujase un melodrama sobre el camino catártico (y lleno de sufrimiento) pero a la vez idealizado (y por eso más melancólico por verlo imposible e imaginario) del personaje protagonista. Regala a Einar/Lili y a Gerda una historia íntima que es toda una transgresión (dos personas que se quieren incondicionalmente) en aquel momento y en este (es como la versión melodramática con aires clásicos de la interesante Laurence Anyways de Xavier Dolan).

Así La chica danesa se convierte en la obra cinematográfica más interesante de Tom Hooper que hasta ahora había realizado una correcta pero solo correcta recreación convencional de un episodio histórico (mezclado con un capítulo de superación personal) en El discurso del rey y un fallido musical con algún elemento de interés, Los miserables. Sin embargo La chica danesa se convierte en un melodrama redondo (importante en este género señalar al compositor de la banda sonora, en este caso, Alexandre Desplat) que además cuenta con un reparto muy acertado. Y es que ese es otro de los puntos claves a tener en cuenta a la hora de disfrutar de la película.

El matrimonio de Einar y Gerda tiene los rostros de dos jóvenes actores que realmente construyen sus personajes y además logran transmitir esa intimidad especial y transgresora que exige la historia narrada. Por una parte Gerda con rostro de Alicia Vikander (actriz sueca que empezó a llamar la atención en la interesante Un asunto real de Nikolaj Arcel) ofrece espontaneidad, verdad y naturalidad a una pintora con personalidad arrolladora que trata de entender y comprender el proceso de metamorfosis del que fuera su marido, el hombre del que se enamoró. Lo que primero vive como un divertido juego sexual, se irá dando cuenta con dolor, que no es tal, sino que está viviendo el despertar de la verdadera identidad de Einar, Lili, que vive en un cuerpo equivocado. Y por otra parte Einar/Lili cuenta con el rostro de Eddie Redmayne que seduce en cada fotograma con su lucha y transformación: como un gusano que cobija en su interior una mariposa… pero es tan duro el proceso de transformación, que a pesar de salir airoso y conseguir su identidad, esta tiene un duro precio y una fecha de caducidad efímera.

Y en ese camino intermedio entre el capullo y la mariposa (el descubrimiento, la crisis de identidad, el camino para convertirse en Lili…), Redmayne se convierte de delicado caballero galán a heroína romántica y melodramática. Así deja momentos deslumbrantes como la primera vez que despierta su olvidada identidad femenina, Lili, cuando posa con medias, zapatos y vestido ante su esposa. O ese momento en solitario frente al espejo desnudo, escondiendo entre sus piernas su órgano masculino, y posando como una dama hermosa, de cuerpo escultural. Así como el momento de búsqueda de una identidad e identificación con el cuerpo femenino… y cómo acude como voyeur a un prostíbulo para contemplar a una mujer tras el cristal e imitar cada uno de sus movimientos… para tropezarse de nuevo con un cuerpo masculino, el suyo.

También hay otro personaje clave, el amigo desaparecido de la infancia, y siempre evocado por Einar, al que acude Gerda para que les ayude en su difícil proceso y al que encuentra como un importante marchante de arte en París, Hans Axgil (el siempre bello Matthias Schoenaerts). Aquí se forma un puente interesante (y quizá también el punto más débil de la trama pues este trío podría haber dado mucho más de lo que se intuye y de lo que ofrece): Hans Axgil supuso la primera persona que hizo surgir la verdadera identidad de Einar, Lili, en un beso infantil en la cocina. Un beso reprimido, que ocultó a Lili… Y es el mismo Hans, el que no solo tratará de entender y apoyar a la pareja sino que se convertirá en pañuelo de lágrimas y amante de una Gerda que ve desaparecer al hombre que amó (porque en realidad nunca existió)…

Y en esta historia de intimidad es interesante la historia subterránea que cuentan los cuadros de ambos. Y cómo se emplean en la película. Por una parte, los paisajes evocadores de Einar, un paisaje de su infancia, donde fue consciente de la existencia de Lili pero donde su identidad fue reprimida. Y por otra esa Gerda que encuentra una manera de expresar su confusión (entre el juego y el drama) en esas pinturas que tienen como modelo a una Lili atrapada en el interior de su marido. Mientras Gerda sigue sintiendo que la pintura es su forma de expresión, Lili abandona la pintura pues era el instrumento que empleaba Einar para ocultar su identidad reprimida. Ahora siente como herramienta más eficiente para hablar sin tapujos sobre su transformación las páginas de un diario…

La chica danesa no es más que otra historia de amor, una intimidad transgresora…, sin límites.

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