adam

Adam… o el principito… y una mujer piloto que trata de entenderle. O Adam, con síndrome de Asperger, y Beth, con crisis vital al borde del precipicio (hija única que ve que su ideal mundo familiar se resquebraja), que están condenados a entenderse. O Adam, el astronauta, y Beth, la contadora de historias infantiles, que comparten un universo propio. Max Mayer cuenta una compleja historia de amor con gran sencillez y sensibilidad.

Este director de filmografía escasa (tres películas y la dirección de algún capítulo de serie) sigue la estela de un subgénero de la comedia romántica: persona con un trastorno x, que termina siendo respetada en su diferencia, logra vivir en armonía con su entorno y además construye una bonita historia de amor o desamor. Quizá una de las primeras comedias románticas que optó por este tipo de historia fue la olvidada Benny and Joon de Jeremiah Chechik, donde una joven con problemas mentales se unía con un silencioso y extraño muchacho. Después arrasó el amor a lo largo de las décadas de Jennie y Forrest Gump. A continuación nadie olvida a Melvin, hombre maniático y con múltiples obsesiones, y a Carol, una camarera con infinita paciencia en Mejor… imposible de James L. Brooks. O pasea en la memoria cinéfila ese chico, de timidez patológica, con su muñeca erótica en silla de ruedas en Lars y una chica de verdad de Craig Gillespie.

Uno de los momentos estelares de Adam es cuando el protagonista lleva a su vecina, Beth, a Central Park, en una fría noche y se sienta en un banco. Entonces esta le ve sonreír y de pronto aparecen unos mapaches. Y él le explica que siempre han vivido ahí…, quizá no sea su mundo, pero ahí están. Ese es Adam, con su síndrome de Asperge, quizá la ciudad no sea su mundo, pero ahí está. Y ahí está la sensible Beth que logra penetrar en su universo, porque le atrae.

Beth es la nueva vecina de Adam… Esta se encuentra en un momento delicado de su vida (con un grave problema familiar que hace que se tambaleen importantes cimientos), y esa inestabilidad emocional le hace toparse y conectar con Adam, que está siempre intentando mantener un equilibrio y un orden que se van desmoronando (su padre fallece, problemas de relación, laborales y de vivienda…).

Adam es de esas películas que no siendo ni redondas ni perfectas logran conectar con el espectador, le dejan con sonrisa perpetua, porque es difícil que la historia de un principito (Hugh Dancy) y una mujer piloto (Rose Byrne) no atraiga. Que un chico y una chica tenga dificultades para construir su historia de amor, que haya encuentros y desencuentros, discusiones y desilusiones, que les cueste comunicarse…, de eso todo el mundo entiende. Que un chico invite a una chica al salón de su casa y allí mismo le enseñe el universo… no puede dejar indiferente a nadie. Que un chico sea incapaz de decir te quiero pero que verbalice de otra manera, “eres como una parte de mí”, sus emociones… hace que te identifiques con momentos vividos. Que una chica cuente una historia a sus alumnos, El traje nuevo del emperador, y que los niños le den claves para entender a la persona que ama es algo que te roza, te llega a las entrañas.

Si además sirve de encuentro de otros rostros que hacía tiempo que no veías como Amy Irving o Peter Gallagher (a pesar de protagonizar el punto más fallido de la trama, el problema familiar de Beth), o también con Frankie Faison (este sí que construye un bonito y necesario personaje, quizá desaprovechado), entonces sí merece la pena rescatar Adam. No solo rescatar Adam sino creerte a pies juntillas una compleja historia de amor sobre dos seres que quizá no estén ni el sitio ni el momento oportuno… pero están ahí, sobreviviendo a trastornos y dolores emocionales…

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