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… érase una vez un hombre, productor de cine, que le llamaron niño prodigio de Hollywood (uno de muchos), y que para siempre literariamente quedó como personaje trágico, como el último magnate (en la inacabada novela de Fitzgerald). Siempre de delicada salud, murió a los 37 años… y creyó poseer una sensibilidad especial y concebía el cine como arte de calidad pero también como industria, las películas tenían que ser rentables (así los outsiders como Erich von Stroheim no hicieron buenas migas con el joven y fiero capitalista con aires refinados). Olfateaba entre guiones y elegía estrellas. Era la sombra alargada tras películas que llenaban salas de cine. Él fue uno de los que fueron dando personalidad propia y un sello de calidad a las producciones de la Metro-Goldwyn-Mayer. Cómo no, se enamoró de una estrella, se casó y se obsesionó con ella. Ahora ella es una sombra olvidada pero durante los años treinta era una de las reinas, Norma Shearer. Su marido, el productor, se ocupó de ello.

Y tan joven pero ya tocando con la punta de los dedos la muerte acometió su última producción y para él alta cultura era adaptar al gran bardo, William Shakespeare, pero de sus argumentos teatrales pensó sin duda que el más rentable sería Romeo y Julieta. Una historia de dos familias enfrentadas y dos amantes que superan rivalidades y se aman más allá de la muerte. Sería una producción de calidad y alta cultura de la Metro con todos los medios disponibles. Así decidió decantarse por un director eficaz y elegante, George Cukor, y no puso pero alguno al diseño de producción (vestuarios y decorados con todo lujo de detalles) ni al equipo técnico. Adaptó a una duración adecuada (con permiso de un catedrático asesor) la obra de Shakespeare… y manos a la obra.

Así George Cukor (no sería su única visita a Shakespeare. Posteriormente haría la interesante Doble vida… con una visión muy particular de Otelo) realizó una elegante adaptación clásica de los amantes de Verona con los Capuletos y Montescos, con una puesta en escena elegante (y momentos de gran belleza como el entierro de Julieta)… pero este Romeo y Julieta tiene una cualidad que convierte su visionado en una experiencia extraña… sobre todo por la elección de su reparto.

Como no podía ser de otra manera Thalberg impuso como Julieta a su esposa, Norma Shearer, que ya no era una adolescente… pero la amante de Verona era un personaje de prestigio y podía encumbrar más a una actriz. De esta manera acaba de un plumazo con una de las esencias interesantes para descubrir y entender las emociones y sentimientos volubles, extremos y trágicos de los amantes de Verona, su juventud. La Julieta de Thalberg tiene 34 años. Hay que buscar un Romeo adecuado, buen intérprete pero que no desentone con la edad de Julieta. Y ahí está Leslie Howard que en aquel momento contaba con 43 primaveras. Y por lo tanto los amigos de los amantes tienen que conservar ciertos años para dar coherencia a la historia y al reparto. Así Mercutio es John Barrymore con 54 años o Teobaldo es Basil Rathbone, con 44 años.

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Así Cukor se desenvuelve en una extraña historia de peter panes maduros que viven el amor con la intensidad de la adolescencia pero con cuerpos y ademanes de treintañeros, cuarenteños y cincuentones. Y el caso es que no motivan la risa pero sí cierta extrañeza. El destino trágico les ha pillado con mucha vida… pero son peter panes que hasta la madurez no habían sentido de manera tan intensa. Todavía se encontraban sin responsabilidades, de fiesta, con sentimientos volubles y cambiantes… y en casas de sus padres. Lo más increíble es la representación de Mercutio, un John Barrymore de 50 años absolutamente extremo e histriónico. El joven amigo de Romeo se convierte en una loca delirante y avejentada, con personalidad arrolladora, y ya agotada y perjudicada de tanta fiesta que sigue por costumbre a sus maduros amigos… hasta su muerte digna en defensa de su amigo y la vida loca. Y es que ahora sería posible de nuevo este Romeo y Julieta con jóvenes maduros incapaces de tomar las riendas en su vida sentimental y emocional, responsabilidades y sin querer darse cuenta de la madurez que llega… al igual que el cansancio.

Quizá es que Irving Thalbert también fuera un productor con premoniciones o quizá tenía siempre la muerte tan cerca y sentía con tal intensidad que aunque fuera ya hombre maduro (pero tan joven) quería revivir las emociones intensas, volubles, extremas y trágicas de los adolescentes de Verona… Sí, sin duda, es una extraña experiencia cinematográfica adentrarse en este especial Romeo y Julieta. Mercutio sin duda es el personaje estrella y el que más descoloca al respetable espectador del siglo XXI.

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