sumilagrodeamor

Son diversos los caminos que pueden llevar a una película. Uno de ellos puede ser la lectura de una novela, El beso de la mujer araña de Manuel Puig. Ahí, en una celda, Molina, un preso común y homosexual, trata de crear un universo propio y un espacio especial con su compañero, preso político, Valentín. Molina se sirve de argumentos de viejas películas que les haga evadirse de una realidad cruda… pero a la vez está tejiendo una historia real de amor y tragedia. Hay una que recuerda pero no cuenta a su compañero de celda, y no es más que una especial declaración de amor (y una explicación de lo que en realidad está haciendo con sus narraciones). Molinita trata de transformar la realidad en la que vive, conseguir transfigurar la mirada. La suya y la de Valentín. Y para ello se sirve de los recuerdos que tiene (perfectos) de una película de John Cromwell, Su milagro de amor. Una historia sobre un pianista ciego que a través de una pieza musical que ejecuta con su piano… trata de contar la extraña y hermosa historia de Laura y Oliver… en una casa encantada.

Ponerse frente a frente con la película que sirve de declaración de amor de Molinita es un descubrimiento precioso. John Cromwell logra un pequeño milagro y es crear un espacio mágico donde desarrolla un delicado y extraño drama romántico. Su cuarteto protagonista hace lo demás (Dorothy McGuire, Robert Young, Herbert Marshall y Mildred Natwick). Es importante fijarse en la fecha de su estreno, 1945. Son tiempos de guerra, de hombres que regresan física y psicológicamente destrozados y de mujeres que se enfrentan a hogares que no solo han sufrido la ausencia sino que además de la supervivencia diaria, ahora se enfrentan a hombres rotos. Son tiempos de creer en pequeños milagros o transformaciones. De creer en historias fantásticas que hacen posible una reconstrucción de una realidad que provoca heridas profundas. Y ahí encaja el sencillo y fantástico planteamiento de Su milagro de amor.

Su título original habla de una casa de campo aislada en Nueva Inglaterra, al lado del mar. La casa la cuida una mujer madura y silenciosa (Mildred Natwick) que ahora está dispuesta a alquilársela a un futuro joven matrimonio. Esa casa esconde un pasado: ya ha acogido a otras jóvenes parejas que han dejado su huella en el cristal de una ventana. Y ella misma es protagonista de una historia de amor que se truncó en 1914. Pero las habitaciones de esa casa guardan una atmósfera especial. Es como si el tiempo y espacio fueran distintos. Y eso lo notan personas sensibles como Laura (Dorothy McGuire), una joven no muy agraciada físicamente, que encuentra un trabajo, como sirvienta, en esa casa…, ahora que va a tener pronto nuevos inquilinos. Esos inquilinos son un apuesto muchacho y su novia que van a visitar la casa. Él se muestra enseguida encantado (la ha elegido él) y la novia no muestra similar entusiasmo pero deciden quedársela y vivir en ella una vez que se casen. Todo cambia cuando él tiene que incorporarse inmediatamente al ejército (es aviador) y luchar en la Segunda Guerra Mundial.

Pasa el tiempo y parece que la casa no va a tener a sus nuevos inquilinos… cuando un día de lluvia, llega un coche y llaman a la puerta. Es el joven aviador solo, quiere encerrarse y aislarse. Durante la guerra ha sufrido un terrible percance que le ha desfigurado el rostro y le ha dejado también absolutamente inútil una mano. Huye de su familia y del rechazo que ha sufrido de su novia. Va pasando el tiempo y el joven aviador establece una relación especial con Laura y también con el pianista ciego (que es un vecino de la zona, además de testigo, que se quedó ciego durante la Primera Guerra Mundial y entiende perfectamente cómo se siente el joven). De pronto el joven, que ha encontrado en la casa su refugio (el sitio donde aislarse), se plantea que puede empezar una nueva vida junto a Laura (delicada y también portadora de otras heridas y sufrimientos)… y ella acepta. Ambos llevan muchos miedos, heridas y obstáculos a sus espaldas… pero entonces, sin apenas darse cuenta, se obra un extraño y maravilloso milagro… que solo entenderán perfectamente su amigo ciego y la guardiana de la casa, una mujer que también vivió y vive enamorada.

El realizador John Cromwell cuenta además de con un reparto especial, un buen equipo técnico y un delicado guion (que parte de una obra del dramaturgo británico Arthur Wing Pinero y donde nos encontramos con la firma, entre otras, de Herman J. Mankiewicz)… con su elegancia y conocimiento del lenguaje cinematográfico. Y esto permite crear una atmósfera extraña y hacer creer que los personajes habitan en una casa encantada donde el tiempo y el espacio funcionan de otra manera. Sin necesidad de efectos especiales. El espectador vive, con una intensa emoción, la transfiguración de la mirada de los protagonistas (y la paradoja de que el personaje testigo y el que siente la verdad y sabe realmente lo que ocurre es el personaje ciego).

Y dejándose llevar por esta mágica y sencilla historia comprendemos mucho más cómo funciona la mente de Molinita y sus mecanismos para sobrevivir… así como la sensible declaración de amor que regala a Valentín. Una película hace que comprendamos mucho mejor la esencia de una novela.

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