alaluna

Los buenos cuentos infantiles lo que proporcionan son herramientas para entender el mundo en el que el niño se mueve, herramientas para enfrentarse a los miedos diarios, a los obstáculos para conseguir sueños, a las dificultades…, herramientas para entender los sentimientos, las emociones o para entender a los más grandes o a los más pequeños. Para entender, en definitiva, el mundo que les toca mirar. Los cuentos infantiles sirven para crecer, sirven para lidiar con ese mundo desconocido. Por eso elaborar un buen cuento es tan difícil… porque va a ser un aprendizaje para la vida. Así los cuentos de Andersen, los de los Grimm o los de Oscar Wilde pueden ser tremendamente tristes, sin ocultar la dureza de la vida, pero por otra parte no renuncian a la fantasía, la magia o la ilusión. Los cuentos infantiles no tienen que edulcorarse y tampoco pasear por lo políticamente correcto (que es la forma más tremenda de acabar con una imaginación y fantasía sin fronteras…), tienen que ser terroríficos, revoltosos, tristes, incorrectos incluso crueles (las páginas infantiles de Roald Dahl sabían mucho de esto)…, para convertirse en herramientas de defensa contra los posibles golpes o sustos que da la vida, para defenderse en el día a día, para caminar hacia los sueños, para no darse por vencido.

Y se siguen creando buenos cuentos infantiles que proporcionan herramientas para la vida a niños del siglo XXI. Así Patrick Ness llegó recientemente con las páginas de Un monstruo viene a verme, un relato desolador, conmovedor pero lleno de fantasía e imaginación sobre un niño que se enfrenta a la posible pérdida de su madre, enferma de cáncer (y de su adaptación cinematográfica se ha hecho cargo el director español Juan Antonio Bayona). Y es que la muerte es uno de esos miedos que vuelan desde la infancia así como la ausencia de los seres queridos. Con este ejemplo podemos ver, que además, los medios de expresión, creación y difusión… son muchos, ya no solo la expresión oral, los libros o el mundo de los títeres, sino también el mundo del cine de ficción, de animación, los escenarios de teatro, las páginas de un cómic… o la propuesta de Cynthia Miranda y Daniel García que combinan teatro y cine de animación para contar A la luna.

Y en esa fusión todo un universo mágico y toda una fantasía desatada es posible. Con una pantalla (con múltiples puertas, ventanas y secretos), una actriz que se convierta en niña, unas voces, animación que ‘pinte’ el mundo de Tara (Esther Díaz de Mera), la niña protagonista, y una buena banda sonora…, con David Bowie incluido…, existe la posibilidad de que niños y mayores se hundan en un cuento que habla de miedos infantiles, ausencias, sueños imposibles y muerte. A la luna proporciona herramientas para entender dónde se va un ser querido, asumir su ausencia y no olvidar lo que deja esa persona en la tierra… a través de un viaje mágico. Y sin olvidar otra de las esencias de un buen cuento infantil, la sencillez.

Oímos una voz femenina en el presente que nos está contando una historia del pasado, finales de los años 60, ¡el hombre puede pisar la luna!, y Tara, mientras tanto, es una niña que disfruta cuando va al campo a ver a su abuelo y este le cuenta historias de cómo es la luna (donde además de estar habitada por criaturas geniales, vuelan pedazos de queso… más parecida al universo fantástico de Méliès que a la ciencia ficción) y de que él está preparando un viaje altamente secreto para que nadie destroce un lugar tan fantástico… Ella no se cree del todo las historias de su abuelo… hasta que un día no le encuentra y ni siquiera su padre le explica qué pasa. Entonces Tara encuentra sentido a las historias de su abuelo, que le habló además de que para su misión eran importantes los gansos. Ni corta ni perezosa, antes de regresar de nuevo a la ciudad, se lleva algunas cosas de la granja de su abuelo… como unos huevos de tamaño un poco más grande al de los de las gallinas. Así nace un grupo de gansos que criará en la azotea de su casa en la ciudad y también los someterá a un duro entrenamiento para que la puedan llevar a la luna a ver a su abuelo.

Y, con sencillez y mucha imaginación (adjetivos que se repiten pero que definen una obra como A la luna), a través del relato de la Tara adulta y de ella, niña, interactuando con las imágenes proyectadas (mostrándonos la magia dentro de unas cajas o lo que se puede ver realmente a través de un telescopio o cómo unos gansos pueden convertirse en unos seres entrañables…), se mezclan en A la luna dos dimensiones: los sueños y fantasías de una niña (todo un mundo infantil lleno de posibilidades) que la ayudan a entender la realidad, soportar la ausencia de un ser querido, quedarse con el aprendizaje adquirido por el abuelo, conocer y acercarse más a su silencioso padre y llegar a enfrentarse a la muerte.

Nota: un plan perfecto para acudir con niños de 5 a 12 años durante los domingos de noviembre a las 12.30 en el Teatro Príncipe de Gran Vía de Madrid.

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