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El club de Pablo Larraín pertenece a un grupo de películas que provoca al espectador, lo agita y lo remueve, le hace pensar y dar vueltas a la cabeza sobre lo que está viendo. Le impacta. Hay películas que sorprenden no solo por lo que cuentan y cómo lo cuentan sino por la mirada proyectada. Si buscamos títulos, podemos hablar de Funny games de Michael Haneke, continuar con Canino de Giorgos Lanthimos, seguir con la trilogía Paraíso de Ulrich Seidl… y si nos vamos a un referente más lejano, podemos llegar a Pasolini y Saló, o los 120 días de Sodoma. Tanto los directores como las películas nombradas son muy diferentes, lo que une a esta ristra de títulos es el poseer una mirada original, perturbadora y catártica hacia temas conflictivos que mueven y remueven…, un enfoque diferente para reflejar y mostrar la realidad que nos rodea.

Larraín crea un espacio ficticio asfixiante, angustioso y demoledor partiendo de un asunto hiriente, que se sabe que está ahí. Se intuye. Y el director recrea y crea ese espacio al que no tenemos acceso, que desconocemos. El escenario es una aparente tranquila casa amarilla en un pueblecillo costero de Chile. Y ahí viven, retirados, cuatro curas y una monja. Con reglas y ritos, con una cotidianidad y repetición del día a día. Con un único esparcimiento, el entrenamiento obsesivo de un galgo de carreras y la participación en torneos con apuestas incluidas. Pero la llegada de un quinto cura y la aparición de un personaje herido, un hombre sin hogar, que empieza a gritar, bajo los efectos del alcohol, acusaciones terribles… altera esa aparente y falsa tranquilidad. El espectador empieza a entender una realidad escalofriante: es una casa de retiro donde la Iglesia aísla a todos aquellos curas que han cometido un delito (desde la pedofilia hasta niños robados o encubrir los horrores de la dictadura…).

El director logra crear un clima inquietante y enfermo. Para ello se sirve no solo del propio paisaje y la música o las canciones entonadas sino del rostro inquietante de cada uno de los sacerdotes (esos primerísimos planos, sobre todo en los momentos de los interrogatorios, que hacen que cuatro grandes actores chilenos compongan unos personajes tremendamente desagradables: Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking y Jaime Vadell). Con la alteración de la cotidianidad, que acaba con un hecho terrible e impactante, llega a esa casa de retiro por mandato de altas instancias de la Iglesia, un sacerdote que además es psicólogo para aclarar unos hechos. Y ahí también se van destapando los dos personajes más inquietantes y perturbadores: la monja y el sacerdote psicólogo (Antonia Zegers y Marcelo Alonso). Los titiriteros que mueven los hilos y se enfrentan entre ellos, veladamente, para ir destapando no solo su poder en ese espacio sino para dejar a la vista una sombra oscura de la Iglesia, cómo desde altas instancias se encubre y no se toma medidas contra aquellos que delinquen en sus filas. Como existe la impunidad ante situaciones sangrantes dentro de la institución… y cómo también se condena al silencio a las víctimas.

Para golpear más aún al espectador, Pablo Larraín emplea un humor negro que hace que haya momentos que rocen el esperpento. El desconcierto que provocan algunas “confesiones” o algunos de los discursos que suelta Sandokan (Roberto Farías), el sin hogar, mueven a una risa incómoda y nerviosa. Pero sobre todo deja otro complejo entramado que también está en el fondo de esta impactante película: no hay arrepentimiento (ninguno de los sacerdotes encerrados muestra explícitamente algún signo de arrepentimiento, es más creen que es una injusticia ese retiro. Todos han creado un discurso con coherencia interna para justificar su comportamiento…, ese es uno de los caminos, o perder la cabeza, anularse) pero tampoco redención ni perdón posible sino un enquistamiento enfermo (alimentado por personajes como el de la monja y el padre psicólogo), mientras se permita ese encubrimiento, ese secretismo, ese silencio…

El club de Pablo Larraín impacta por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y por la mirada que proyecta… y está llena de matices, de incomodidades (no hay compasión hacia ninguno de los personajes, ni siquiera los del pueblo, es como si toda la sociedad estuviera enferma y sin posibilidad de creer o aferrarse en algo, sobre todo cuando aquellos que dicen ser “guías” están más enfermos todavía), de metáforas (ese galgo al que hacen correr eternamente tras una presa que nunca alcanza) y de lecturas. Solo hay que empaparse en ellas y después debatir.

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