ran

Ran de Akira Kurosawa es de esas películas que permiten un análisis profundo y rico. El director japonés se inspiró en una obra de teatro occidental (El rey Lear de William Shakespeare) y la tiñe de su universo de cultura e historia japonesa. Kurosawa consigue una interesante y extraña fusión (cine, teatro shakesperiano, teatro japonés y un estudio pormenorizado y detallista de la historia de Japón del siglo xvi) para crear, a través del reflejo del caos, las consecuencias nefastas del poder, la violencia y la venganza. Kurosawa convierte la tragedia shakesperiana en más extremista…

Su rey Lear es un señor feudal japonés, Hidetora, del clan Ichimonji. Y este señor del medievo se inspira a su vez en un personaje histórico japonés (Mori Motonari). Hidetora, que ha conseguido su poder, sus tierras y riquezas a través de enfrentamientos sangrientos, ya es mayor y quiere retirarse tranquila y pacíficamente. Así que decide repartir su territorio entre sus tres hijos (cambia de sexo a los personajes shakesperianos): Taro, Jiro y Saburo. En ese momento Saburo trata de advertirle sobre que no es buena idea su decisión (le avisa de las guerras entre hermanos que van a producirse para poseer el poder) pero Hidetora lo toma mal, como una amenaza y le destierra. A partir de este momento siembra su desgracia y la de su clan. Saburo tiene razón y empiezan no solo el caos y la violencia sino la consciencia de Hidetora de cómo es repudiado y traicionado por sus hijos y sus séquitos, Taro y Jiro. Ante su soledad y la pérdida de sus hombres y mujeres más fieles en un terrible enfrentamiento en el tercer castillo… pierde hasta la cordura. Pero Saburo, a través de un guerrero fiel, Tango, sigue protegiendo y queriendo a su padre…

Akira Kurosawa no solo se apodera, a su manera, del argumento shakesperiano sino que lo radicaliza (la tragedia es mucho más extrema) y muestra la universalidad de la esencia del dramaturgo al convertirla totalmente en un fresco histórico japonés. Si muestra su dominio y cuidado en el reflejo del Japón medieval (se pasó años no solo especializándose en el siglo xvi sino estudiando vestuarios, caracteres, comportamientos…), demuestra la misma dedicación en captar la esencia de las tragedias de William Shakespeare. Y esto puede verse totalmente en cómo aborda dos personajes. Uno, curiosamente, es aportación e invención de Kurosawa: lady Kaede. Y el otro es la traslación de un personaje del rey Lear a este fresco histórico japonés. El personaje del bufón.

El gran personaje de Ran es lady Kaede, que a su vez está en contraposición con otro personaje aportación de Kurosawa a su particular rey Lear, Sué (que se mueve por la sumisión y compasión). Ambas son esposas de dos de los hijos de Hidetora, Taro y Jiro. Y ambas sirven para dibujar el pasado de guerrero violento y sin piedad alguna a la hora de conseguir sus dominios de Hidetora. Por una parte lady Kaede se mueve única y exclusivamente por un deseo de venganza. Todos sus actos, sus acciones, sus maquinaciones y manipulaciones tienen un único objetivo: la destrucción del clan Ichimonji. Repetir lo que Hidetora hizo con su familia. Lady Kaede es una especie de lady Macbeth (que ya inspiró a Kurosawa para su Trono de sangre) que se mueve por venganza, no por ambición de poder, y de todos aquellos personajes manipuladores, vengativos y a la vez trágicos del dramaturgo británico (como Yago, Casio o Ricardo III). Así Kurosawa crea un personaje radicalmente shakesperiano. Lady Kaede hierática de movimientos calculados pero también inesperados. Su cabeza solo funciona para la venganza y emplea a los hombres (primero a Taro y luego a Jiro) como marionetas para sus maquinaciones. No quiere rival en su camino (llega a obsesionarse con la eliminación de Sué, que sufrió lo mismo que ella) y vive para un único objetivo.

El segundo gran personaje de Ran es el bufón Kyoami. Como en las obras de Shakespeare siempre actúa en contraposición con el personaje principal. Y aunque es el contrapunto cómico, siempre bien por su papel de bufón o de loco…, puede soltar verdades como puños. Pero Kurosawa le da además una profundidad más trágica y compleja pues según Hidetora va perdiendo la cordura, el bufón es más cuerdo y serio además de pintar con complejidad la relación entre ambos. Kyoami ve a un hombre loco y vencido pero que a la vez en su pasado ha hecho daño, ha sido violento, ha cometido actos terribles… y no solo se lo echa en cara sino que a su vez se siente incapaz de abandonarlo y dejarlo a su suerte.

En el momento de su estreno, Kurosawa concedió entrevistas en las que explicaba el trabajo de años y años que había supuesto la película (así como la dificultad de llevarla a cabo, por la necesidad de un alto presupuesto, hasta que se hizo realidad la figura de un productor que arriesgó: Serge Silberman). El cuidado extremo fue puesto en la reconstrucción de los castillos medievales, el atrezzo y también en el vestuario de cada uno de los personajes. El director japonés llevó a cabo una puesta en escena absolutamente cuidada y calculada que devuelve un espectáculo visual especial además de provocar una especie de extrañamiento y distanciamiento con el espectador. Sus figuras (sus actores) se mueven en una naturaleza que acompaña sus emociones y sentimientos. Una naturaleza que se muestra hermosa, majestuosa y distante pero que acompaña y sirve de paisaje a el caos que provoca la ‘naturaleza’ del ser humano. No solo se sirve del color para contar la historia y para explicar a sus personajes (rojos, amarillos y azules… para cada uno de los hijos, por ejemplo) sino para también aportar a la interpretación de sus actores (tanto Hidetora como lady Kaebe parece que en vez de rostros poseen expresivas máscaras). Según el director dio a los actores indicaciones sobre cómo se movían, actuaban y se comportaban en el siglo xvi para que realizaran una interpretación meticulosa pero tampoco, creo, dejó de lado ciertos ecos de la esencia de la interpretación de una variación del drama japonés en los escenarios: el nô (aunque Kurosawa no reconoció esta vez su influencia, como por ejemplo sí lo hacía en su otra adaptación cinematográfica del teatro de Shakespeare, Trono de sangre). Todas estas indicaciones dotan a Ran de un carácter especial, coreográfico y lírico en sus escenas de batalla y en las más violentas representaciones pero también una poesía especial en los momentos de calma o de soledad de los personajes.

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