A todos los que vemos películas.

Porque tenemos infinitos años nuevos.

Vivimos infinitas historias…

Además de celebrar nuestros años nuevos, además de vivir nuestras vidas…

Hay películas que son evocación pura… Retazos de recuerdos. Imágenes en la retina. Diálogos en la memoria. El paciente inglés (The english patient, 1996) de Anthony Minghella es una de ellas. Y es la película que he elegido para mirar este último día del año. Y otra vez me he ido a ese desierto que posee una montaña con forma de espalda de mujer. Y otra vez he sentido las emociones y sensaciones entre la enfermera Hanna y el sij Kip. Entre Katherine y el conde Almasy. La sensualidad.

Y otra vez he evocado…

Tu escotadura suprasternal me pertenece.

El bósforo de Almasy.

…Y Katherine cuando apenas le quedan ya fuerzas escribe en la Cueva de los Nadadores palabras al amado, al conde Almasy, que ha prometido que irá a buscarla. Que no la dejará morir allí.

“Lo quiero todo marcado en mi cuerpo.

Somos los auténticos países. No las fronteras en los mapas con epónimos de poderosos.

Sé que me sacarás al Palacio de los Vientos.

Eso es todo cuanto he deseado recorrer un lugar así contigo… con amigos.

Una tierra sin mapas”.

Lo quiero todo marcado en mi cuerpo… mientras el conde Almasy susurra en mi oído los distintos vientos… Y me asegura que no debo tener miedo…

Mientras en otro tiempo, cuando el paciente inglés se está muriendo lentamente entre recuerdos, surge otro tipo de amor entre Hanna y Kip (el personaje más complejo y más hermoso en la novela de Michael Ondaatje). En esa casa de la campiña italiana se han reunido personas que se debaten entre la vida y la muerte. Entre Eros y Tanatos… Y ahí intensamente se unen los cuerpos de la enfermera y el sij. Y desnudos en una cama ella le pregunta:

“Si una noche no viniera, ¿qué harías?”.

El sij contesta: “Intentaría no esperarte”.

… Hanna insiste: “Sí pero ¿y si se hiciera tarde y no hubiera venido?”.

Kip serio vuelve a hablar: “Pensaría que hay una razón”.

La enfermera, mientras acaricia su pelo, parece que no se queda satisfecha con esas palabras:

“¿No irías a buscarme? Eso hace que no desee volver. Pero me digo: se pasa el día buscando. De noche, quiere ser encontrado”.

Entonces Kip se da la vuelta, la mira, y dice sonriendo:

“Sí, quiero que me encuentres. Quiero ser encontrado”.

Y así nos pasamos los días encontrando personas… que se cruzan en nuestros caminos. Queremos ser encontrados… y a veces retenidos.

Al conde Almasy no le gusta la propiedad… hasta que un día encuentra y recorre el omoplato de Katherine… Y entonces ve ese hueco en el cuello de la amada. Un hueco que puede recorrer, donde puede también beber el sudor de su cuerpo… y entonces lo bautiza como el Bósforo de Almasy.

Mientras Kip y Hanna visitan una antigua iglesia y vuelan entre las viejas pinturas… y quedan para siempre en ese lugar… Saben que es suyo. Allí el tiempo no pasa.

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