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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Hoy me entero de dos noticias cinematográficas. En una, no había reparado cuando ocurrió. A finales de agosto nos dejó la actriz Julie Harris. Y la otra, anuncia un reconocimiento: la entrega del Oscar por toda su trayectoria cinematográfica a Angela Lansbury.

julieharris

Julie Harris pisó más los escenarios de teatro que los platós de cine. Pertenece a la galeria de actores que pasaron por el Actor Studio’s. Yo siempre recuerdo a la Harris como Abra, la mujer que se encuentra en medio de la relación feroz entre dos hermanos, que tienen reminiscencias bíblicas en Cain y Abel, y que ambos además mantienen un extraño vínculo emocional con un padre estricto. Ella es novia de Abel… pero siente un cariño que se va transformando en amor hacia Cain. Y la fragilidad pero a la vez fuerza y cariño que desprende su personaje hace que su interpretación esté llena de matices. Además de tener una química especial con James Dean que se desborda en todas sus escenas juntos: sus diálogos, encuentros y paseos son uno de los motivos por los que esta película merece la pena seguir viéndose. Los dos tumbados en el campo, los dos en una noria, los dos preparando una fiesta sorpresa, los dos en una escena de balcón… Así Julie Harris trabaja con uno de los directores de cine que aplicaba el Método del Actor Studio’s en su cine, Elia Kazan, en una película que recreaba las últimas páginas de la novela de John Steinbeck, Al este del Edén.

El otro papel en el que la recuerdo es en el de la desequilibrada esposa que se crea su propio mundo para poder vivir su decadente día a día en uno de los dramas sureños de Carson McCullers dentro del mundo sobre el fracaso reflejado por el cineasta John Huston… Julie Harris se enfrenta a otro papel complejo y extraño lleno de matices donde su personaje oscila entre la locura, la fragilidad y una inteligencia creativa y sensible. Todas las relaciones que mantienen los protagonistas son extrañas, unas más dañinas que otras… Especialmente su personaje crea un vínculo especial con su sirviente filipino, los dos huyen de la realidad que les rodea a través de una relación de dependencia en la que se crean un mundo propio extravagante que les sirve a ambos de huida.

No era la primera vez que visitaba el universo de McCullers. Precisamente Julie Harris consiguió primero el éxito en los escenarios con la puesta en escena de dos obras: The Member of the Wedding y Soy una cámara. Ambos éxitos teatrales se adaptan al cine en los años cincuenta. El primero supone el debut de la actriz en el cine, donde Fred Zinemann se atreve también con el universo de McCullers y Julie Harris se mete en la piel de una adolescente torturada. Soy una cámara supone la aparición de la primera Sally Bowles cinematográfica que no es otra que la propia Harris donde se recrean los recuerdos del escritor Christopher Isherwood. La Harris cae en olvido como Sally porque años después un musical y Liza Minnelli se apoderan del personaje. Estas dos películas de Harris no he podido todavía verlas pero siempre han llamado siempre mi atención. Se encuentran en mi viejo baúl de películas pendientes.

angelalansbury

Angela Lansbury está unida a mi infancia por dos motivos: me recuerdo frente al televisor viendo otro de los casos resueltos por Jessica Fletcher… viene a mi memoria la melodía de la serie y esa máquina de escribir siempre activa. Recuerdo que mi hermana y yo nos moríamos de la risa diciendo que si te tocaba de compañera de viaje la Fletcher era para temblar un poquito… porque era bastante gafe, ahí donde ella está, ahí donde se comete un crimen. De eso precisamente versaba la serie Se ha escrito un crimen que empezó su andadura en los 80 y continuó hasta finales de los noventa… y más.

El otro es que varias películas que están unidas a mi infancia (y por ello a mi amor al cine) se encontraba como intérprete Angela Lansbury. Así recuerdo esa bruja novata que trataba de aprender a volar en una escoba, aunque también lo hacía comodamente en una cama y podía visitar un mundo animado. También me encantaban Los tres mosqueteros pero la versión de los cuarenta donde D’Artagnan tenía el rostro de Gene Kelly, la mala con lunar era Lana Turner y la reina una Lansbury totalmente en su papel. Otra película que me gustaba mucho era Sansón y Dalila, recuerdo que alucinaba con esa Dalila (Hedy Lamarr) malvada que cortaba la cabellera a Sanson (Victor Mature) y luego sufría cuando éste totalmente ciego muestra su fuerza y rompe los decorados de carton piedra (que yo como siempre me lo tragaba como algo realísimo)… pues bien la buena de la película era una Lansbury ejerciendo de actriz secundaria… Y tampoco la olvido en una de las primeras películas de suspense que me entusiasmó, la maravillosa Luz que agoniza de George Cukor que no me cansaba de ver y donde la pobre Bergman tenía que vérselas no sólo con el rancio de su marido con rostro de Charles Boyer sino con una antipática sirvienta con el rostro de Angela Lansbury absolutamente estupenda.

Años después cuando ya era más mayor la disfruté en tres papeles donde estaba increíble mostrando su versatilidad como actriz: en el melodrama de Martin Ritt, El largo y cálido verano, donde era la amante eterna del terrateniente interpretado por Orson Welles. O en sus dos papeles de madre compleja, complejísima… y dominadora emocional. En dos películas de los años 60 del realizador John Frankenheimer: Su propio infierno y El mensajero del miedo

Así que me parece que es un oscar muy pero que muy merecido…, un reconocimiento necesario.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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… érase una niña de cabellos dorados de Iowa que se convirtió en Santa Juana de Hollywood y terminó siendo mártir muriendo sola y olvidada en un coche…

Apenas acabo de volver a leerme Diana o la cazadora solitaria de Carlos Fuentes (Punto de lectura, 2006) donde el novelista se desnuda al completo y narra los dos meses pasados junto a la actriz a la que convierte en personaje literario. Jean Seberg es Diana Soren.

… es una novela que me apena y fascina a la vez pero donde Carlos Fuentes es tan transparente que me parece cruel. No tiene reparo alguno en escribir todos sus defectos como persona por eso su relato exuda autenticidad. Por eso Diana Soren se convierte en personaje triste y atrayente. No sé si a Jean Seberg le hubiesen gustado estas páginas… pero lo que es cierto es que Fuentes logra plasmar la radiografía de una época de desencanto que fue del mayo del 68 cuando parecía que el mundo podía cambiar a la muerte de las revoluciones con la destrucción de una mujer contradictoria, vulnerable y frágil, Diana Soren. Convierte a Jean Seberg en símbolo y leyenda trágica.

La novela transcurre en el tiempo de un rodaje… cuando Jean Seberg se encontraba en México rodando un western. En el libro no viene de qué película se trata. Y a los integrantes del reparto los cambia de nombre. Pero indagando en su filmografía la película que rodó en México fue Macho Callahan y el actor mayor y desencantado que acompaña algunas noches de Soren y Fuentes puede ser Lee J. Cobb.

Entre las páginas queda el retrato de Seberg, un triste retrato, de una mujer que quiso luchar contra titanes y éstos la rompieron en mil pedazos sin piedad alguna… Y que irremediablemente todos los hombres con los que se relaciona terminan haciéndola daño… y ella también (porque a todos les asusta una mujer libre). Quiso volar con los nuevos tiempos pero el viejo orden siempre gana.

… Ficción y realidad. Su relación con los Panteras Negras, con su esposo el novelista Romain Gary, con su amante Carlos Fuentes, la persecución que sufrió por parte del FBI (no todo eran paranoias), con otros hombres entre ellos un Clint Eastwood que terminó desencantándola… Su mirada como actriz fracasada. Jean Seberg, cazadora trágica además de solitaria. Exiliada de la vida.

Pero Fuentes también se desnuda. Y ahí hay que reconocer cierta justicia poética. La desnuda a ella pero se desnuda él. Y el relato es desgarrador. Pero a mí se me hace un hombre duro, a veces injusto… pero desde luego sincero y con sentido de autocrítica. Así sale reflejado su México, sus pensamientos e ideologías, sus reflexiones, su relación con la literatura y con otros intelectuales (surge en un momento dado hasta Luis Buñuel)…

Buenos días, Jean

… No tiene una filmografía amplía ni todos los títulos son reseñables. Algunas de sus películas son difíciles de ver. Aunque empezó de la nada, sin apenas preparación, como una estrella… la crítica no fue muy amable. Surgió de un casting de miles y miles de muchachas para alzarse con el papel de Santa Juana, quemada en la hoguera y para trabajar con un director que era muchas cosas menos dulce… pero confió en el pontencial de su cara de ángel. Después sus problemas emocionales y mentales hicieron que rechazara muchas oportunidades que le hubiesen permitido una carrera llena de buenos títulos. Aun así los tuvo. La rubia de Iowa destacó… y se convirtió en leyenda al otro lado del charco por obra y gracia de un grupo de cineastas franceses apasionados, de la nueva ola.

Así de ser Santa Juana pasó a ser la heroína joven y trágica de otra película de Otto Preminger que a mí me gusta mucho, Buenos días, tristeza. La adaptación cinematográfica de la novela de François Sagan. Jean Seberg se convirtió en Cécile, la adolescente que siembra la discordia con gotas de maldad inconsciente por miedo a crecer y perder el amor y el tipo de vida que lleva con su padre…

Más tarde Jean Luc Godard la convirtió en leyenda como reina del Nouvelle Vague en Al final de la escapada. Y ya es icónica esa imagen de una rubia con pelo corto, pantalones de pitillo negro y niki blanco vendiendo el periódico por las calles de París.

Después en 1964 realiza la única película de la que se sintió orgullosa en Hollywood. Una trágica y hermosa historia de una esquizofrénica, Lilith de Robert Rossen. Ahí Lilith hermosa y creativa con problemas de salud mental se rompe más en pedazos cuando establece una relación con un hombre más fragmentado y roto que ella, un jovencísimo Warren Beatty. Al final se convierte en un amor destructivo… para ambos.

También guardo cariño del extraño trío que protagoniza La leyenda de la ciudad sin nombre, un extraño musical que de extraño se convierte en especial con Seberg entre Lee Marvin y Clint Eastwood, dos hombres libres (pero asustados ambos al descubrir a alguien más libre… ella).

Su filmografía tiene más títulos pero señalo sólo los que he visto… y ya a través de sus películas se descubre a la frágil chica de cabello rubio de Iowa que quiso volar y no pudo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Nadie puede negar que Boris Karloff tenía un rostro peculiar… y un cuerpo especial. Nadie puede negar que su fisonomía le ‘obligaba’ a un tipo determinado de personajes. Nadie puede negar que se convirtió en uno de los reyes del cine de terror y de la Universal… pero Boris Karloff fue más allá del terror, su físico (y su manera de actuar) permitía otro tipo de personajes que ampliaba su registro. Y en el género de nuestros miedos favoritos aportó la vulnerabilidad y fragilidad del monstruo. Un ser diferente y rechazado que sólo busca alguien que le quiera…

A pesar de lo siniestro de su rostro, de sus proporciones aparentemente enormes… lograba que el público lo quisiera y se identificara con él. Cuentan sus biografías que era una buenísima persona… y claro eso no podía disimularse. De alguna manera la cámara de cine no lograba borrar las huellas de un hombre afable.

Así el viejo baúl de películas recupera dos obras donde Karloff muestra sus diferentes matices. Una maravilla de los primeros años de Howard Hawks y uno de sus personajes canónicos en el cine de terror, la momia Imhotep. Además ambas tienen el encanto (e interés) de ser anteriores al código Hays y se nota en lo que cuentan y cómo lo cuentan.

Cine carcelario

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Cine carcelario del bueno. Howard Hawks vuelve a demostrar que en cualquier género fue de los mejores (comedia, western, gánsteres, cine negro, cine carcelario…). Me apetecía mucho esta película y ha colmado mis expectativas. Primero porque sus personajes no son planos, cada personaje no es ni claramente malo ni claramente bueno, son ricos en matices, reales. La historia tampoco es plana y atrapa desde el principio. El código criminal al que alude el título se convierte en una metáfora para reflexionar y debatir (que aún hoy sirve): ¿es el sistema carcelario el mejor de los sitios para ‘transformar’ a un hombre a través del castigo, represión y reclusión? ¿La justicia es igual para todos y es imparcial?

Hawks imprime como siempre un buen ritmo a la narración cinematográfica además de ser virtuoso en ella buscando soluciones de puesta en escena que aún hoy funcionan e impactan. Y por otra parte se rodea de un buen reparto coral lleno de rostros de actores de carácter. Además realiza un cine social que pone en cuestión los métodos llevados a cabo en las cárceles estadounidenses y además (no existía el código Hays) lo representa sin nada que ocultar.

La sorpresa no es Walter Huston (en papel carismático y complejo de fiscal que quiere llegar a gobernador y pasa a ser alcalde de un centro penitenciario donde muchos de sus presos están ahí por sus sentencias…) que no decepciona sino Boris Karloff y Phillips Holmes.

Aquí Boris Karloff es un recluso llamado Ned Galloway que tiene una ‘cita pendiente’ y muchos años para cumplirla con el carcelero más severo. Galloway desarrolla una relación de amistad y protección con sus dos compañeros de celda, el joven Robert Graham (Phillips Holmes) y Jim Fales (Otto Hoffman) que está elaborando un plan para huir. Ned Galloway tiene el rostro y el físico de un delincuente común muy peligroso y sin embargo desarrolla un sentido de protección hacia su joven compañero así como solidaridad con los demás reclusos que le lleva a actuar hasta el extremo cuando uno de los presos se salta el ‘código’ que funciona entre ellos (entre otras cosas el no ser un delator). Pero también muestra su honestidad cuando ve que su acción va a perjudicar al joven que él protege… Así Boris Karloff ofrece todos estos matices en un personaje que se convierte en una presencia inolvidable. El papel del delator también está tratado con profundidad más cuando la película nos muestra a un hombre desesperado y asustado capaz de todo con tal de salir de allí.

El otro descubrimiento es Phillips Holmes, un bello y delicado actor que protagonizó varias películas de interés durante los años treinta (por ejemplo, Una tragedia americana). Aquí pone rostro a un joven recluso con muy mala suerte al que la monotonía de la cárcel y el encierro durante sus años de juventud le minan como persona convirtiéndose en un muerto en vida y con peligro de perder su salud mental. Sin embargo la aparición de la hija del alcalde (Constance Cummings) le hará recuperar la esperanza… Phillips Holmes no pudo seguir su interesante carrera cinematográfica porque durante la Segunda Guerra Mundial perdió la vida durante un vuelo.

Terror y romanticismo

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… La Universal se había convertido en el estudio estrella de un universo terrorífico de criaturas temibles. Una de ellas fue la momia Imhotep que contaba además con el rostro de una de las estrellas del género, el inconfundible Boris Karloff. Lo valioso de esta película (la más famosa del realizador Karl Freund que además fue camarógrafo de Murnau, Lang y Lubitsch) es que va más allá del terror, como su personaje principal la momia (y por lo tanto Boris Karloff).

No es sólo la historia de una maldición. Ni de una momia que recobra la vida y además siembra el terror y la muerte en El Cairo. Sino que se convierte en una triste historia de amor no correspondido donde Imhotep lucha a lo largo de los siglos por recuperar a su princesa amada (que se ha ido reencarnando a lo largo de la historia y ahora es una moderna joven)… y cuando está a punto de conseguirlo (…después de haber sido embalsamado vivo por ella y haber sufrido lo insufrible por amor), descubre que su amada no va a sacrificarse por él e incluso pone los ojos en un joven aventurero y prestigioso arqueólogo…

Así Boris Karloff de nuevo imprime humanidad y vulnerabilidad al monstruo (capaz de causar terror y muerte) que sólo quiere recuperar a su amada y ser amado. Un cuerpo que resucita por amor. Nuestra empatía con el monstruo es inmediata cuando descubrimos que es un monstruo enamorado y además no correspondido…

Karl Freund realiza una puesta en escena de un realismo interesante que es invadido por lo extraño y misterioso. Un Cairo de los arqueólogos pioneros, de los descubrimientos apasionantes… donde una momia puede cobrar vida y por eso hacer perder la razón a un joven y ansioso aventurero. Y donde esa misma momia transformada en un extraño guía puede hacer ver el pasado a una joven moderna (que es la encarnación de la princesa) como si se tratara de una película de cine mudo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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Eleanor Parker no llegó a ser estrella del firmamento. De hecho si preguntásemos quién recuerda a Eleanor Parker quizá fueran muchos a los que les costaría siquiera nombrar una película. Parker fue (y es… todavía sigue viva como Olivia de Havilland o Joan Fontaine) una hermosa dama, mujer bella y sensual, que además se convirtió en una actriz versátil con una interesante filmografía (la cual no he descubierto todavía entera y tengo muchas sorpresas que mirar). Si viajamos por sus obras cinematográficas nos topamos con comedia, melodrama, drama, aventuras, cine social, musical… y ella siempre mostró que era una actriz de carácter.

De sus comienzos en los años cuarenta apenas he podido ver algo pero me interesa que empezó como pareja cinematográfica de mi amado John Gardfield en Entre dos mundos y El orgullo de los marines. También fue la protagonista de un remake de una película mítica de Bette Davis (y una adaptación de una novela de Somerset Maugham), Cautivo del deseo.

Su década realmente fueron los cincuenta. En 1950 sería aclamada como actriz dramática en Sin remisión de John Cromwell, una estupenda película de cine social donde el espectador vive el drama de una joven de 19 años que ingresa en una cárcel de mujeres y cómo la brutalidad del ambiente va minando y transformando su personalidad.

Así continuaría en su registro de drama y cine social en Brigada 21 de William Wyler. Una muy buena película que cuenta las veinticuatro horas de un rígido y duro policía (con el rostro de Kirk Douglas) que juzga de manera implacable a los detenidos pero que su mundo se derrumba cuando en uno de los casos descubre que está implicada su mujer (una Eleanor Parker que emociona).

En 1952 Eleanor protagonizó una de sus películas más recordadas, que ubicaremos dentro del cine de aventuras con gotas de buena comedia, estoy hablando de una pequeña joya, Scaramouche de George Sidney. Eleanor Parker brilla con luz propia como comediante temperamental y divertida que recorre los caminos durante el siglo XVIII y enamora a hombres por doquier. Su corazón pertenece a un famoso espadachín que debe ocultarse en su compañía…

Otra de aventuras (y que además continuamente la pasan por televisión) muy recordada con Eleanor de protagonista es Cuando ruge la marabunta (1954). Una de aventuras y catástrofes (se adelantó a los tiempos) que es sobre todo recordada, no sólo por las hormigas, sino por la corriente sexual entre la pareja protagonista, una temperamental Parker con un apuesto Charlton Heston. Sin duda Parker se estaba convirtiendo en la heroína de los sueños de muchos espectadores que disfrutaban con el buen cine de aventuras que protagonizaba.

Al año siguiente vuelve a otro género en el que siempre lucía espectacular y versátil, drama con unas gotas de cine social. Y esta vez se mete en el papel ambiguo de la esposa dependiente física y emocional de un drogodependiente (con el rostro de Frank Sinatra). Y Eleanor Parker vuelve a demostrar que es una buena actriz capaz de llevar a extremos emocionales intensos un personaje muy complejo. Esta vez el papel se lo dio Otto Preminger en la interesante El hombre del brazo de oro.

En los sesenta se convirtió en actriz secundaria de lujo de melodramas intensos y sobre todo de uno de los musicales más recordados. Así se convierte en esposa sufridora que vive las infidelidades y contradicciones de su marido en esa América sureña que ofrece siempre mucho drama y pasiones extremas. Estoy hablando de Con él llegó el escándalo de Vicente Minnelli. O sustituye a Lana Turner en el personaje de madre sufridora y compleja, en la secuela del melodrama Vidas borrascosas, Regreso a Peyton Place de José Ferrer.

El famoso musical sería Sonrisas y lágrimas (1965) donde tiene el papel más antipático como rival en el amor de la dulce Julie Andrews. Abandonaría su carrera cinematográfica a finales de los sesenta y volvería esporádicamente. Empezó a trabajar de manera asidua para la televisión.

Pero en la memoria cinéfila queda en el recuerdo su melena pelirroja que habitaba duros dramas o melodramas o como heroína de buenas películas de aventuras… Y a mí me queda la certeza de que todavía me queda mucha Eleanor Parker que descubrir… Y eso, es motivo de celebración.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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Sidney Lumet pertenecía a esa generación de directores de cine que comenzaron su formación en la televisión (como por ejemplo John Frankenheimer, Stanley Kramer, Arthur Penn o Martin Ritt). Cuando debutó en el cine ya tenía una carrera televisiva a sus espaldas y fue con uno de los dramas judiciales más míticos: 12 hombres sin piedad. Esta pieza fue escrita por Reginald Rose precisamente para televisión (después realizó una versión para los escenarios de teatro y escribió el guion para la película). Se emitió por primera vez en la CBS el 20 de septiembre de 1954 en el programa Studio One. Y a Henry Fonda le encantó el proyecto. Tanto que se convirtió en productor y no paró hasta llevarla a cabo para la pantalla grande. Y su sueño se convirtió en realidad con Lumet como director. Fue una de las películas de las que más orgulloso se sintió el actor (junto a Incidente en Ox-Bow y Las uvas de la ira).

Sidney Lumet desarrolla toda la trama en un cuarto: donde un jurado, doce hombres, delibera sobre la culpabilidad o inocencia de un joven (18 años) al que se le ha acusado de asesinar a su padre. Y sin embargo logra que el espectador esté pegado a la butaca durante todo su metraje… por varios motivos.

El primero, un gran reparto, doce actores que construye cada uno un personaje definido y una manera de comportarse ante la misión que tienen encomendada. Dependiendo del voto de inocente o culpable el joven irá a la silla eléctrica o no. En un principio todos están dispuestos a que la deliberación termine pronto. Parece un caso bastante claro. Lo que quieren es votar e irse a sus hogares u otros menesteres. Pero en esa primera votación el jurado número 8 (no sabemos el nombre de ninguno de los personajes excepto al final en el que tan sólo nos enteramos del nombre del jurado número 8 y de jurado número 9) vota inocente. Como no hay unanimidad tienen que empezar a deliberar. El jurado número 8  explica que no está del todo seguro sobre su inocencia pero que tiene varias dudas razonables y un respeto inmenso por la tarea encomendada. Cree el muchacho se merece que piensen y que su voto sea tras un razonamiento justo de todas las pruebas presentadas en el juicio. El jurado número 8 es crítico con cómo se ha llevado a cabo el juicio, piensa que todo el mundo ha dado por hecho la culpabilidad del joven y que ni siquiera el abogado defensor (uno de oficio) se ha molestado en llevar a cabo una buena defensa. Cree que si hay más de una duda razonable (como les ha recordado antes de entrar en la sala un juez cansino) deben plantearse el voto. En tiempo real (una hora y media más o menos) poco a poco cada personaje y por motivos diferentes van cambiando su parecer…

En segundo lugar la tensión y el ambiente que ‘se respira’ en la sala y una buena labor de fotografía en ese sentido (aumentando esa sensación de agobio en buen blanco y negro por el gran Boris Kaufman). Es un día asfixiante, el ventilador no funciona, las ventanas no se abren bien, hay una sensación de agobio ante una mesa enorme y las sillas. De falta de espacio, de atmósfera irrespirable. Después se desata una tormenta. Da la sensación de doce hombres encerrados en una especie de jaula de la que no pueden salir sin haber solucionado lo que tienen entre manos.

Y el tercero unos diálogos y un ritmo potente donde cada uno puede ver reflejados comportamientos reconocibles en los distintos grupos sociales en los que nos movemos. A través de esas dudas razonables, las discusiones de estos hombres y sus cambios de voto vemos un microcosmos social representado donde cada uno tiene un papel especial asignado.

Doce hombres sin piedad no dio muchos dividendos en taquilla. No fue un éxito de público. Sin embargo, con los años se ha convertido en todo un clásico y un referente de cine y juicios.

Merece la pena, porque es uno de sus mejores logros, el analizar a cada uno de los miembros del jurado que además poseen el rostro de actores carismáticos con carreras televisivas, cinematográficas y teatrales a sus espaldas. Todos los rostros nos suenan y todos están increíbles en sus composiciones. Ninguno sobra. Todos tienen sus matices. Sus personajes están perfectamente construidos. Si nos fijamos bien en el fotograma, sabremos quién es quién. Empezamos por el personaje que está de pie y luego continuamos a la derecha.

Jurado 1: Martin Balsam

Él es el presidente del jurado. Trata de llevar con disciplina y como obligación el puesto que tiene asignado aunque también denota que tiene ganas de que acabe pronto la deliberación y se queda sorprendido cuando ve que se va a discutir sobre el caso. A veces se siente saturado ante su función e incluso se enfada con quienes se quejan y les invita a que ocupen su puesto. Nunca deja clara su posición ni por qué cambia su voto. Se ve que es un buen hombre que tienen ganas de realizar bien sus obligaciones como ciudadano.

Martin Balsam le da su rostro y fue un actor secundario carismático al que se le puede recordar en distintos papeles. Su carrera fue larga pero sin duda nos viene a la memoria por dos papeles: uno como el único detective que llega al hogar de Norman Bates en Psicosis… y no acaba muy bien parado. Y otro como ese productor excéntrico, hortera y millonario que se declara descubridor de Holly Golightly en Desayuno con diamantes.

Jurado 2: John Fiedler

Es un empleado de banca apocado y convencido de la importancia de pertenecer a un jurado. Escucha a unos y a otros y se acerca a uno y a otros sin definirse claramente. Va construyéndose su propia opinión según cree él que haría un buen ciudadano. No pierde la calma pero no le gusta que se metan con él o no le traten de un modo correcto.

John Fiedler trabajó bastante más en la televisión que en el cine. Se le puede recordar como uno de los personajes más relevantes que acompaña las aventuras de Jack Lemonn y Walter Matthau en La extraña pareja. Para los amantes del cine de animación siempre dobló al personaje de Disney, Piglet en las historias de Winnie the Pooh.

Jurado 3: Lee J. Cobb

El jurado 3 es un hombre hecho a sí mismo. Un pequeño empresario que poseé una lavandería con varios trabajadores de la que se siente orgulloso. Tiene unas complejas relaciones con su joven hijo. Sus miedos, frustraciones, odio y violencia las vuelca en el joven acusado. Está acostumbrado a hacer su santa voluntad, él no discute, ordena. No dialoga, si alguien es contrario a su parecer pelea y se vuelve agresivo. Emplea el miedo y el grito como armas de persuasión. Todo esconde su sentimiento de culpa por no haber sido un buen padre.

Lee J. Cobb tiene un rostro que no se olvida. Fue un secundario de oro y tiene en su carrera un buen número de películas inolvidables con personajes de carácter. Una de sus creaciones más famosas es la de mafioso de los puertos en La ley del silencio. Pero su presencia es recordada en films como Los hermanos Karamazov, Éxodo o El exorcista.

Jurado 4: E. G. Marshall

Frío y calculador, es corredor de bolsa. Y parece inmutable en sus criterios y razonamientos. No suda. No se altera. Y trata de relacionarse lo menos posible con sus compañeros de sala. Es el que se muestra más racional a la hora de defender sus argumentos de culpabilidad… Parece imposible hacerle cambiar de parecer hasta que logran crear en él una duda razonable… que le deja sin argumentos.

E. G. Marshall se convirtió en un popular actor de radio pero también tuvo sus apariciones estelares en la pantalla grande. Así tiene personajes secundarios de importancia en la interesante Ciudad sin piedad (otro drama judicial) o en la impresionante La jauría humana. Y es uno de los protagonistas de una película que todavía no he visto pero me interesa muchísimo que forma parte de la corriente realista norteamericana: La noche de los maridos (The bachelor party, 1957).

Jurado 5: Jack Klugman

Ha crecido en el mismo ambiente que el acusado y sabe cuáles son las circunstancias del joven y cómo ha sido su día a día. Conoce la violencia que se respira en su ambiente e imagina los golpes continuos que ha recibido el joven. Ha vivido en su vencidario. Varias veces se siente agredido por otros componentes del jurado que no dan el mismo valor, ni los mismos derechos ni oportunidades a las personas que vienen de barrios marginales. Se siente menospreciado y por ello identificado con la situación del joven. Nota cómo hay prejuicios por parte de un montón de miembros del jurado… al principio siente a todo el mundo en contra pero según se va desarrollando la deliberación se siente más apoyado y libre para dar su opinión.

Jack Klugman fue un actor sobre todo conocido por sus papeles en la televisión. Uno de sus papeles televisivos más recordados fue el de la serie La extraña pareja (que llevaba a la caja pequeña la famosa película de Jack Lemmon y Walter Matthau). En cine se le recuerda en un rol secundario en Días de vino y rosas.

Jurado 6: Edward Binns

Un hombre trabajador, es pintor de profesión, y respetuoso con sus compañeros. Se altera cuando ve que alguno no trata bien al más mayor de los miembros del jurado o cuando hay faltas de respeto. Aunque en un principio se muestra poco reacio a dar su opinión o a pensar en el caso, poco a poco se va metiendo en el caso y apasionándose con su papel ahí, en el grupo. Empieza a importarle el paradero de ese chico al que están juzgando y a considerar importante lo que hacen.

Edward Binns, como mucho de sus compañeros de película, trabajó bastante en televisión y en escenarios teatrales. En el cine tuvo papeles secundarios en películas como Con la muerte en los talones, Vencedores y vencidos, Patton o Veredicto final.

Jurado 7: Jack Warden

Es el pasota del grupo. Es vendedor. Se hace el simpático pero es un maleducado. Sólo quiere llegar a un partido del béisbol para el que tiene entradas. Quiere terminar cuanto antes y no le gustan los razonamientos. Sólo le interesa lo que le beneficia y lo demás le importa poco. Cambia su voto sólo en función de terminar cuanto antes…

Tiene el rostro de un gran secundario con una importante carrera llena de buenos personajes. En los últimos años era habitual su presencia en películas de Woody Allen como Septiembre, Balas sobre Broadway y Poderosa Afrodita. Películas míticas ganan con su presencia como la interesante Shampoo o las clásicas La taberna del irlandés o la reivindicable Donde la ciudad termina. También aparece en La noche de los maridos.

Jurado 8: Henry Fonda

Es un arquitecto que tiene en principio a todo el grupo en contra. Es el hombre tranquilo y razonable que trata de que el juicio al joven se convierta en justo. Por eso en la primera ronda deja caer su voto bomba: No culpable. Cree que merece la pena tomarse el caso en serio y siembra dudas razonables. A partir de ahí todos se ven obligados a pensar, razonar, discutir y posicionarse.

Es la única estrella del reparto (además de productor de la película) con una carrera cinematográfica mítica llena de títulos emblemáticos. Sin embargo ésta se convirtió en una de sus películas favoritas. Es difícil olvidarle en Sólo se vive una vez, Las tres noches de Eva o En el estanque dorado además de las películas anteriormente mencionadas… por sólo recordar unos cuantos de los buenos papeles que jalonaron su trayectoria profesional.

Jurado 9: Joseph Sweeney

Es el más mayor del grupo, jubilado. Nada tiene que perder. Es un hombre razonable y por eso apoya al jurado número 8 porque cree que tiene derecho a exponer sus dudas. Aunque hay algunos miembros del jurado que no le respetan por ser anciano nunca deja de exponer sus pensamientos y planteamientos. Su experiencia de vida le hace hacer observaciones muy válidas sobre los motivos de las declaraciones de alguno de los testigos. Además es tremendamente observador y pone en evidencia más dudas razonables.

Fue también un actor sobre todo de televisión. Además fue uno de los actores que se conservó del reparto de la versión televisada de Doce hombres sin piedad. Realizó el mismo rol, jurado número 9.

Jurado 10: Ed Begley

Con su rostro desagradable y sus malas formas finalmente deja al descubierto que tan sólo juzga por sus prejuicios y racismo. Al principio se siente fuerte pero según algunos van cambiando el voto y otros que aguantan cada vez menos su desprecio le van arrinconando y dejándole solo con su irracional discurso.

Ed Begley fue otro de los secundarios de oro en Hollywood. Cuenta con papeles inolvidables en Dulce pájaro de juventud (en otra creación de hombre desagradable) y está magnífico en la reivindicable Apuestas contra el mañana (1959), una galeria de perdedores que se abalanzan a un trágico destino… negro.

Jurado 11: George Voskovec

Ciudadano inmigrante, educado, sencillo y encantador. Es relojero. Sufre el racismo de varios de los miembros del jurado pero no se calla, sabe defenderse y pronto se pone del lado del joven acusado intentando entender sus motivaciones. También se toma en serio su papel y regala buenas reflexiones.

George Voskovec también trabajó en la televisón (aunque destacó en varias especialidades artísticas) y como Sweeney venía del reparto de la emisión televisiva.

Jurado 12: Robert Webber

Él es publicista y va cambiando su voto según le presiona el grupo. Demuestra que no tiene criterio propio. Trata de soltar gracias, de hacerse el simpático y cuenta anécdotas de trabajo que nada tienen que ver con lo que ahí se dirime… Es alguien que trata de ser carismático pero lo que deja ver es su falta de personalidad.

Robert Webber es un rostro popular en televisión y cine. En la pantalla grande se puede recordar su rostro en títulos como Castillos en la arena, Harper, investigador privado, Doce en el patíbulo o Quiero la cabeza de Alfredo García.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

O actrices que llenaron con sus rostros y sus historias las pantallas de cine, las salas oscuras, durante 1929 hasta 1934 cuando el código Hays se puso realmente en marcha, es decir, fue obligatorio por las productoras el seguirlo punto por punto. Este código no era otra cosa que censura… a partir de 1934 todo guion antes de ser filmado tenía que ser revisado para ver si lo cumplía y conseguir un sello para poder seguir adelante con la producción cinematográfica…

Pero durante esos años donde el código era voluntario surgió una pléyade de actrices con unos papeles complejos y ricos en matices que mostraban una nueva expresión de la feminidad donde desde la pantalla blanca se veía a mujeres que decidían sobre su vida profesional, sentimental y sexual. Y protagonizaron películas que planteaban cuestiones interesantes sobre la identidad femenina (no fue sólo una libertad mayor para mostrar la sexualidad sino que iba más allá), ya no primaba el estereotipo que funcionó bien durante el periodo silente (la ingenua, la vampiresa, la buena madre, la chica de campo, la chica de la ciudad…) sino que estas actrices y sus personajes se saltaron las fronteras de este estereotipo.

Algunas de ellas siguieron su carrera deslumbrante después de 1934 y se adaptaron a los nuevos tiempos. Otras no pudieron seguir adelante y se quedaron en promesas o pasaron al olvido. No hay mejor manera de entender este rico periodo que viendo sus películas pero no es fácil (aunque no imposible, cada vez se están editando más dvd de películas de este periodo).

Siempre vienen a la cabeza los siguientes nombres cuando se habla de este periodo pero no fueron las únicas: Jean Harlow, Joan Crawford, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Barbara Stanwyck, Bette Davis, Katherine Hepburn, Mae West (cuyas películas precipitaron la aplicación obligatoria del código)… Y de todas recordamos alguna película de este periodo. Si pensamos en Jean Harlow recordamos sus mujeres de vida alegre en Tierra de pasión y Cena a las ocho. A Crawford la vemos como esa taquígrafa que trabaja también como modelo en Grand Hotel, como prostituta indomable en Lluvia o como esa millonaria de vida loca a la que se le complica la existencia y encuentra trabajo como periodista intrépida en Danzad, locos, danzad. O, por ejemplo, recordamos a una Barbara Stanwyck ya con sus mujeres fuertes y sensuales en sus primeros papeles con Frank Capra… pero también protagonizó una película que ya se ha topado varias veces en mi camino pero no he podido verla y siempre la ponen como ejemplo de película pre-code, Carita de ángel (Baby face, 1933) de Alfred E. Green. Aquí Barbara es una mujer que irá subiendo puestos en una gran empresa porque utiliza  a los hombres que se cruzan por su camino.  Pero también hubo otras actrices tremendamente populares en ese momento que cayeron instantáneamente en olvido…

Durante estos días he podido descubrir un interesante documental, narrado por Jane Fonda, que habla precisamente de una manera clara (y con entrevistas y trozos de películas muy interesantes) de estas actrices y cómo fueron los personajes que interpretaron durante este periodo: Mujeres liberadas (Complicated women, 1993) de Hugh Munro Nelly. Lo he disfrutado muchísimo y me ha mostrado un montón de películas, me ha recordado a ciertas actrices y me ha hecho conocer a otras.

Para entender qué es lo que se estaba cociendo durante estos años, en el documental se explica cómo dos actrices al empezar el sonoro dieron otra dimensión a sus personajes, se saltaron el estereotipo. Y a partir de ellas, surgió un grupo de actrices que quisieron personajes ricos y con matices en sus carreras. Una fue Norma Shearer, que normalmente ejercía de ingenua, sin embargo, luchó por conseguir el papel de La divorciada (The devorcee, 1930) de Robert Z. Leonard. Ahí era una mujer que descubría la infidelidad de su marido y decidía comportarse igual. Mientras él dice que en su caso fue una tonteria, no admite la actitud de su esposa y pide el divorcio. Ella no se amilana y como mujer independiente continua con sus aventuras. La otra, Greta Garbo en Anna Christie (Anna Christie, 1930) de Clarence Brown. A su personaje de vampiresa destroza hombres le regala un fondo de moralidad, un halo de vulnerabilidad, sufrimiento y sacrificio… convierte el estereotipo de vampiresa en algo mucho más complejo.

Así podemos empezar a nombrar a las más olvidadas pero que durante este periodo tuvieron una carrera rica con personajes llenos de matices. Ya he hablado en varios post (porque estoy pudiendo ver algunas de sus películas) de la prometedora Karen Morley. Durante los 30 tuvo papeles maravillosos como los que ya he comentado recientemente, Inspiración (su debú) de Clarence Brown o Carne de John Ford. En el primero era una joven modelo y mantenida que lleva su situación alegremente pero que no puede aguantar el abandono. Y en la segunda es una delincuente que se cruza en su camino con un hombre muy bueno. Cuando hace apenas unos días escribí sobre Joel McCrea, escribí que estuvo casado toda su vida con Frances Dee, ella fue una de estas mujeres pre-code. En el documental, ella misma cuenta que tuvo un papel de cleptómana y ninfómana en Blood Money (1933) de Rowland Brown y que se lo pasó estupendamente sobre todo después de haber encarnado a una de las mujercitas de George Cukor, personaje totalmente opuesto.

Otras tres actrices que nadie recuerda ya son: Joan Blondell que fue muy prolífica durante estos años del pre code con diversos papeles de mujeres más allá del estereotipo. Tan sólo he logrado verla en El enemigo público y en Vampiresas 1933 (que ya habla de su versatilidad, saltaba de película de gánster a musicales. De los brazos de James Cagney a los de Dick Powell). De Ruth Chatterton sólo he tenido oportunidad de ver, después del periodo pre-code, la interesantísima Desengaño (1936) de William Wyler donde interpretaba a una mujer madura que se negaba a envejecer pero también fue una de esas actrices que se prodigaron durante los primeros años treinta con personajes variopintos y con caracter como en Barrio chino (1932) y Hembra (1933). En la primera era una prostituta en apuros, en la segunda una dura empresaria. Y la tercera una de las hermanas Bennett, Constance. Desde 1931 recreó a mujeres liberadas que asumían los errores de su vida como en Tentación (1932) o Lecho de rosas (1933). Una artista de vida loca o una prostituta que trataba de sobrevivir.

Otra actriz muy activa durante estos años fue Miriam Hopkins. Para tener idea de su importante carrera y de sus ‘mujeres liberadas’ señalaremos algunas películas punteras de su filmografía. En Una mujer para dos (Design for living, 1933) de Ernst Lubitsch nos plantea una divertida y despreocupada relación a tres bandas: ella, Gary Cooper y Fredrich March. Anteriormente con el mismo director, en 1931, está absolutamente cautivadora en El teniente seductor donde pasa de princesa reprimida a vampiresa picarona. También, el documental me descubre una película que quiero ver ya, donde Hopkins se convierte en la protagonista de una adaptación cinematográfica de una escandalosa novela de Faulkner, Santuario. La película se tituló Secuestro (The story of Temple Drake, 1933) de Stephen Roberts. Ahí Hopkins era una mujer sureña violada que además se convertía en asesina…  Y en su filmografía se puede ver cómo tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos después del código cuando en la versión cinematográfica que realizó Wyler sobre la obra teatral de Lilliam Hellman (La hora de los niños) no pudo hablarse de lesbianismo (Esos tres, 1936).

… Durante este periodo era normal ver a las actrices en ropa interior o con vestidos muy sugerentes pero también hubo desnudos. Los más recordados son los de Maureen O’Sullivan en las dos primeras películas de la serie de Tarzán. En concreto el de Tarzan y su compañera, que al ser de 1934 y empezar ya el código la secuencia completa fue censurada. Sin embargo puede verse ahora y muestra una secuencia acuática muy hermosa donde Sullivan está totalmente desnuda. Pero tampoco olvidar a Claudette Colbert en una película poco conocida donde también se pega un baño desnuda en una playa, A la sombra de los muelles (I cover the waterfront, 1933) de James Cruze. Y nadie olvida como desde Checoslovaquia llegó una mujer que corría desnuda por los bosques tras su vestido que se llevaba galopando su caballo… Fue en Extasis, 1933 y supuso la puerta de entrada para Hedy Lamarr en el firmamento de Hollywood.

Durante estos años estas actrices contaban con un abanico amplio y versátil de personajes: una reina bisexual, una alegre divorciada, una esposa que para poder cuidar a su marido se vuelve prostituta, una prostituta que sale de la cárcel y tiene que sobrevivir, una madre soltera, una empresaria dura, una aviadora tenaz, una muy buena doctora, una artista que busca buenos papeles, una buscavidas, una millonaria insatisfecha, una mujer pobre que quiere llegar a lo más alto y usa a los hombres que conoce, una mujer que quiere ser amada y deseada, una madre que no quiere serlo, una alocada, otra muy responsable, una asesina, una artista bohemia que ama a dos hombres a la vez, la chica del gánster que quiere dejar de serlo, una ama de casa que se convierte en delicuente para ayudar a su amado acusado injustamente… Papeles que no podrían volver a representar con toda libertad (y sin castigo del personaje) y naturalidad hasta aproximadamente los años sesenta cuando el código Hays dio sus últimos coletazos.

Toda una galeria de actrices que o bien cayeron en olvido o bien no pudieron reivindicar sus primeras obras (porque eran muy difíciles de ver), ahora, pueden resurgir y forman parte de un periodo interesante de la historia del cine que sigue dándome buenas sorpresas… Seguiremos indagando en el tema a través de otro documental: Hollywood prohibido: sexo, pecado y censura (Thou Shalt Not: Sex, Sin and Censorship in Pre-Code Hollywood, 2008).

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… Hay actores de los que el espectador (en este caso espectadora) se va enamorando poco a poco. Le ve en una primera película y recuerda con cariño su personaje. Después le identifica en otra y reconoce el rostro. En la de más allá se ríe con él. En otra vive cientos de aventuras en su compañía, recorre los mares o los paisajes del oeste. En la otra se encuentra en una intriga junto a él… Y así va identificándole película tras película hasta que llega el día en que reconoces irremediablemente que eres mujer enamorada. Eres consciente de que te queda aún mucho por descubrir de su filmografía pero lo que ya has visto te dice que serás espectadora fiel… Y eso me ocurre con Joel MacCrea, el bello ranchero que primero fue actor.

Empezó en el cine mudo como extra, después se fue forjando una interesante carrera durante los años 30 y 40. Buenos directores confiaban en él como hombre aventurero y sensual, como galán romántico y también en su faceta de cómico. A partir de los cincuenta, de ser un actor que desempañaba distintos roles en distintos géneros decidió decantarse sólo por uno, se convirtió en hombre del Oeste. Y más tarde, como nunca fue estrella rutilante (y pocos espectadores aún le recuerdan…) decidió retirarse al mundo que amaba, su rancho. Dejó Hollywood y se convirtió para sempre en un ranchero amante de la naturaleza.

Además Joel McCrea no sólo era un hermoso hombre montado a caballo por las verdes praderas (o por los paisajes desérticos) sino que fue hombre discreto en su vida privada, tan discreto que encontró en los años treinta a Frances Dee y ya no se separaron nunca. Ella es otra musa olvidada pero también con carrera cinematográfica interesante para recuperarla y estudiarla.

En los años 30 paseaba como hombre atractivo y sensual por distintas películas sobre historias de pasiones desatadas. Era el periodo pre-code y Joel McCrea era hermoso y deseado por las damas que se encontraba en melodramas, comedias y aventuras varias. Así fue la pareja de la famosa y olvidada Constance Bennett en películas que olían a escándalo Tentación (1932) de George Cukor o Lecho de rosas (1933) de Gregory LaCava y ahora son curiosos testimonios de un cine sin censura. King Vidor le hizo protagonizar una historia exótica y mostró su sensualidad sin tapujos junto a Dolores del Río en Ave del Paraíso (1932). Protagonizó también un clásico del cine de terror y aventuras (que tengo aún que descubrir), El malvado Zaroff (1932), sobre una ‘cacería de humanos’ en un isla retirada donde Joel corría desesperado junto a la reina del grito, Fay Wray para no ser cazados.

Terminó la década con tres melodramas interesantes a reseñar donde se encontraba detrás de cada uno de ellos el director William Wyler: la primera versión cinematográfica de la exitosa obra teatral de Lilliam Hellman (La hora de los niños) donde ya se veía cómo iba a actuar el código Hays porque tanto Hellman como el director tuvieron que dar un giro de guion para poder rodar esta adaptación. El lesbianismo entre las maestras desaparecía y el bulo de la niña se convertía en una acusación de un trío entre el hermoso Joel junto a Miriam Hopkins y Merle Oberon en Esos tres. Aun así la película funciona como reflejo de una sociedad hipócrita y de doble moral y sobre cómo un rumor puede destrozar a las personas. Después una película que comenzó Howard Hawks y terminó Wyler, Rivales. Una interesante película con un trío de protagonistas de excepción: Edward Arnold, Frances Farmer y Joel, en un melodrama familiar. Un padre y un hijo no sólo son rivales en cómo llevar un negocio maderero sino también rivales por el amor de una mujer. Y la mejor de las tres, un drama social de la Hellman y Wyler que transcurre en una calle de New York donde en un lado viven los desheredados y al otro lado los afortunados. Entre los desheredados hay dos jóvenes honestos que tratan de salir adelante y de ayudar a todos los que les rodean, Drina (Silvya Sidney) y Dave (Joel McCrea), ambos de la clase trabajadora y con sueños de volar… Me refiero a Callejón sin salida (Dead end, 1937).

En los cuarenta Joel nos hizo reír y protagonizó su película más recordada: Los viajes de Sullivan (1941). Antes el maestro del suspense le quiso para una de sus películas de espionaje donde Joel se convirtió en un atractivo periodista norteamericano que se enfrenta a los nazis en Enviado especial (1940).

Así Preston Sturges apostó por la vena cómica del actor: lo quiso galán y divertido. Y lo convirtió en un famoso director de Hollywood, un director de comedias que está cansado de realizar este tipo de películas y quiere dedicarse a los dramas sociales… pero para eso tiene que conocer mundo… y Sullivan sale de viaje para empaparse de realidad y en el camino se encuentra a su mejor compañera, una actriz que ha perdido las esperanzas, una Veronica Lake en su salsa. Pero Los viajes de Sullivan es mucho más que una comedia, es una reflexión sobre la función del cine y en concreto de la comedia. Al año siguiente Sturges también le quiere para una de sus comedias más alocadas la divertida pero olvidada Un marido rico donde Joel es un arquitecto-inventor que está enamorado de su esposa (Claudette Colbert)… pero no prosperan económicamente y ella decide marcharse a por un millonario al que enamorar para que los sueños de ambos puedan cumplirse… El bello de Joel no sólo lucha por recuperar a la Colbert sino que tiene que lidiar con una millonaria que tiene el rostro de Mary Astor que quiere ‘cazarle’ a toda costa… Y siguiendo el terreno de la comedia también será uno de los protagonistas de El amor llamó dos veces (1943) con Jean Arthur y dirigido por George Stevens. Una chica se ve obligada a compartir su piso con dos inquilinos… Años más tarde habría un remake con Cary Grant (Apartamento para tres) actualmente más recordado pero no mejor que el original.

En esta década Joel ya empieza a apostar totalmente por el western y al terminar la década protagonizará uno de los westerns más trágicamente románticos: Juntos hasta la muerte de Raoul Walsh que es un remake en el Oeste de El último refugio. McCrea corre hacia la muerte junto a Virginia Mayo… En las siguientes décadas antes de abandonar definitivamente el cine para vivir en su rancho se dedicará exclusivamente al cine del Oeste. En esta faceta es donde menos le conozco y donde me queda mucho por descubrir. De momento me atraen los tres westerns que realizó bajo la batuta de Jacques Tourneur: Estrellas en mi corona (1950), Wichita, ciudad infernal (1955) y El jinete misterioso (1955). Y, también me apetece descubrirle en una de Sam Peckinpah, Duelo en la alta sierra (1962) junto a Randolph Scott.

Así Joel McCrea tiene todavía mucho que ofrecerme como espectadora… aún puedo enamorarme un poco más de él… y acompañarle en un largo viaje por kilómetros de celuloide.

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Shelley Winters es una de esas mujeres que protagonizaron vidas intensas, longevas y llenas de experiencias. Y nunca se cortó además a la hora de contar cada uno de los aspectos de su existencia: su carrera como actriz, como celebridad, sus compañeros y compañeras de reparto, sus relaciones amorosas… No tuvo pelos en la lengua, por emplear un dicho popular. Shelley Winters es de esas actrices con una filmografía kilométrica. Shelley Winters además de filmografía kilométrica es una actriz de las grandes con interpretaciones memorables. Shelley Winters no dejó ni deja de dar sorpresas y como son tantos sus trabajos todavía le queda a servidora mucho que descubrir. Shelley Winters no puede caer en olvido y no hay que dejar de recordarla una y otra vez. Su abanico de rostros va de joven proletaria a mujer madura fracasada, pasando por madre coraje o madre errática y arrasando con papeles de mujer que se enamora del hombre equivocado o dama con una pronunciada sexualidad hasta llegar a mujeres maduras con dotes para el terror o venerables ancianas…

Primeros papeles

Empecemos por el principio. El papel que empezó a darla notoriedad fue en una buena película de George Cukor que recuerdo lo que me impactó la historia cuando la vi por primera vez: Doble vida (1947). Es de esas películas donde cine y teatro se funden… y habla sobre cómo un papel puede absorber hasta tal punto a un actor que confunda los límites de la realidad y se funda con el personaje interpretado hasta tal punto de cometer sus mismas acciones y sentir sus mismos sentimientos. La historia cuenta cómo una compañía está llevando a cabo Otelo y su actor principal (Ronald Colman) se mete hasta tal punto en su papel que esta situación tiene terribles consecuencias para su compañera de reparto (nuestra Shelley Winters).

Así seguiría interviniendo en películas notables hasta llegar a la década de los 50 con dos filmes importantes. Un clásico del western y un melodrama inolvidable. Y Shelley Winters presentando dos rostros que la acompañarían otras veces en su filmografía. La mujer de mala vida con buen corazón pero luchadora. La joven proletaria que intenta ser feliz y la vida la golpea una y otra vez arrastrando una existencia dura de sufrimiento. El western sería Winchester 73 de Anthony Mann y el melodrama Un lugar en el sol donde Shelley Winters derrocha realismo, humanidad y un desamparo que duele.

Otra interpretación carismática como joven trabajadora que trata de redimir con su amor (otro de sus rostros) a un delincuente es el que lleva a cabo en la notable y triste Yo amé a un asesino. El delincuente de los suburbios, siempre perdedor, tenía el rostro de John Garfield en su última interpretación antes de su muerte.

Madres y mujeres fracasadas

Y otro papel en el que está magnífica y que muestra otro rostro es el de mujer que en su momento fue exitosa y bella y que va arrastrando su decadencia, alcoholismo y perdición por cada sitio que pasa… Sin embargo muestra una dignidad que trata de mantener intacta y un saber decir verdades como puños. Así se muestra dolorosa y creíble en esa maravilla de Aldrich, The big knife (1955). Ese mismo año coprotagoniza otra joya cinematográfica, toda una rareza, y de nuevo como mujer víctima, engañada. Otra vez Winters se enamora del hombre equivocado y tiene una de las muertes más poéticas que se recuerdan. Estoy hablando de La noche del cazador.

… Aquí empieza su carrera con madres sufridoras, humanas, trágicas, llenas de defectos y virtudes… Así está presente en El diario de Ana Frank (no como madre de la protagonista sino como madre de la otra familia que comparte escondite con los Frank) de George Stevens. Entremedias antes de finalizar la década de los cincuenta actuó en una notable película de cine negro que es un retrato duro de un grupo de perdedores… entre ellos el de una Shelley Winters enamorada de un hombre complejo al que tiene mantener, me refiero a Apuestas contra el mañana de Robert Wise (de la que pronto hablaré).

También la encontramos en la interesante Los jóvenes salvajes de John Frankenheimer donde interpreta a una madre sola, pobre y trabajadora que lucha por probar la inocencia de su hijo en un asesinato. Winters de nuevo cautiva como una mujer que ha perdido toda esperanza, que ha llevado una vida dura, y que trata de pedir ayuda al fiscal del caso (Burt Lancaster) porque da la casualidad que fue un antiguo amor de ese barrio del que ella no logró volar…

Pero quizá la madre fracasada, patética y por eso llena de humanidad y fragilidad más recordada es la que interpretó en la Lolita de Stanley Kubrick. De nuevo vuelve a enamorarse del hombre equivocado.

Últimos años…

Nunca dejó de trabajar. A finales de los sesenta sigue paseando su rostro en tristes mujeres que fueron hermosas y ahora decadentes y vulgares como en Harper, investigador privado o mujeres maduras que viven al máximo su sexualidad en Alfie.

En los años setenta Shelley Winters sigue activa en aquellos papeles que permiten su regreso como mujer de cierta edad. Así lo que la permite regresar a la pantalla como has been son películas de terror donde da rienda suelta a su histronismo o géneros con éxito como el de catástrofes. Y también, como ya hizo en su juventud, está presente en producciones cinematográficas independientes y también innovadoras. Podemos recordarla en Mama sangrienta de Roger Corman, como cabeza de familia de delincuentes. O pasar miedo con su demencia en ¿Qué le pasa a Helen? o llorar a moco tendido con su paradero en La aventura del Poseidon. Su carrera continuó y uno de sus últimos papeles fue en Retrato de una dama de Jane Campion.

… Sorpresas por descubrir

Lo bueno de filmografías tan amplias es que siempre hay muchas sorpresas por descubrir. Y son muchas películas de Shelley Winters que esperan en el viejo baúl de películas pendientes. Me llaman la atención y espero ir consiguiéndolas: Llama a un desconocido de Jean Negulesco, drama con accidente aéreo. La torre de los ambiciosos de Robert Wise, sobre una empresa donde muere repentinamente el presidente y se desencadena una lucha de poderes. Soy una cámara, una primera versión de la historia de Cabaret y las andanzas del escritor Christopher Isherwood en la Alemania nazi. He muerto miles de veces, un remake de la maravillosa El último refugio que protagoniza Jack Palance junto a Winters. Confidencias de mujer de George Cukor donde varias mujeres expones su sexualidad. También me llama la atención El balcón que adapta una obra de Jean Genet y transcurre en un prostíbulo. También me gustaría verla en un drama que trata el tema del racismo de principios de los sesenta Un retazo azul donde Winters es una madre de una chica blanca ciega que se enamora de un hombre negro vidente (Sidney Poitier). Se encuentra en el reparto de una película de Polanski que aún no he tenido el gusto de visionar, El quimérico inquilino. Y así un largo etcétera…

… Me queda tanto, tanto por descubrir de Shelley Winters que siento un gran regocijo porque sé que en muchas de estas películas va a volver a sorprenderme. ¿Aún dudáis de que es una actriz para reivindicar y recordar?

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Las morenas debemos ser bastante más serias porque hay muchas más rubias con escenas cinematográficas desternillantes, extravagantes o inverosímiles que dejaron su huella en el celuloide con unos personajes deliciosos a la vez que alocados…

Ya lo decía un título (por cierto, creado por una morena), los caballeros las prefieren rubias… porque quizá sean más divertidas…

¿Cómo se teñía el pelo el colmo femenino de la extravagancia y el humor en los años treinta? ¿Quién era esa reina rubia oxigenada que era toda una artista de los diálogos de doble sentido? Una rubia, enorme y rechoncha Mae West… que nos dejaba bien claro que no era ningún ángel. Ahí se mostraba exuberante, exagerada, hortera… y divertida.

Pero de los gloriosos años treinta me pongo de rodillas ante las dos rubias más alocadas (con permiso de Jean Harlow que también supo ser pícara y mostrarse divertida): mi heroína (mi modelo de locura femenina) de las escenas extravagantes, es sin duda Irene Bullock con cara de la rubia Carole Lombard… No puedo parar de reír con ella en Al servicio de las damas. Y la otra es la maravillosa Jean Arthur que tampoco se queda corta en dosis de excentricidad en Una chica afortunada.

… ¿Y qué me dicen de la rubísima Ginger Rogers totalmente enloquecida y encantadora cuando retrocede a la infancia en Me siento rejuvenecer? Cuando volviendo a ser niña todo la da igual y expresa a voz en grito sus sentimientos y juguetea sin parar… Y su poder de control desaparece por las rabietas, las risas y las locuras…

¿Por qué las rubias tienden más a perder la cordura? A perder la cabeza descaramente. Y encima resultar encantadoras. Billy Wilder presenta varias de estas rubias en sus películas pero voy a quedarme con dos: una va a ser esa secretaria mega explosiva y rubia que baila encima de una mesa dejando ensinismados a tres comisarios rusos en la veloz Uno, dos, tres… Ella pasa de todo y masca fenomenal chicle… pero es fundamental en la trama y tiene escena de oro que la vuelve inolvidable. Esta rubia se llamaba Liselotte Pulver. Y la otra es la siempre fría y rubia Kim Novak… que perdió los papeles con Wilder para reflejar a una prostituta de corazón grande y con escenas desternillantes en Bésame Tonto. Su eslogan podría haber sido Kim Novak hace reír. Estuvo genial como Polly La Bomba.

Rubias increíbles que además no conocen el idioma de sus acompañantes y por eso dejan escenas memorables de diversión, locura y sensualidad elegimos a dos. Virna Lisi sale de un pastel y desbarata para siempre la vida de un soltero de oro, alegre de serlo en la sátira de Richard Quine, Cómo matar a la propia esposa. También nos regala escena de baile frenético encima de un piano… Y la segunda no podía ser otra: Anita Ekberg que no tiene ni idea de italiano pero se mete en la Fontana de Trevi, baila como una posesa y envuelve en su loco mundo a un desencantado frívolo con cara de Marcello Mastroianni en La Dolce Vita.

Otra rubia absolutamente fascinante en su faceta cómica pero olvidada muy olvidada es Judy Holliday. Yo nunca la olvidaré ni en Nacida ayer, como chica de mafioso de corazón grande o como alocada chica que quiere la fama a toda costa en Una rubia fenómeno.

Y no sería justo no nombrar a la rubia entre las rubias… con risas, Marilyn Monroe que se prodigó en el mundo de la comedia y fue deliciosamente alocada como secretaria explosiva en Me siento rejuvenecer (iba de rubias…), Cómo casarse con un millonario (la rubia miope) o ya saben, Los caballeros las prefieren rubias

Hummm, quizá en mi próxima visita a la peluquería me tiña de rubia porque tal y como están los tiempos habrá que cultivar la risa…

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De joven gigoló en pantalla grande animando la triste soledad de la señora Stone pero con dosis de crueldad a ser señor mayor casado (cuando siempre fue el soltero de oro) con pasado de mito del séptimo arte. Y entre medias el hermoso Warren Beatty simbolizó el cambio del Hollywood del sistema de estudios al nuevo cine americano…

El hermano pequeño de Shirley MacLaine (¿hay dos hermanos que causen mayor sorpresa que sean de la misma sangre?) empezó a despuntar en los años sesenta. Beatty era hermoso y ése fue el rol que desempeñó en sus primeros papeles y lo hizo muy bien. Por otra parte chico espabilado empezó a darse cuenta de que ya no sería una estrella rutilante tipo su hermana, que comenzó su exitosa y camaleónica carrera en los cincuenta. Se dio cuenta de que el sistema de estudios tenía los días contados… y se convirtió en actor espabilado que debía tomar las riendas para seguir con su carrera hacia delante.

El año 1961 fue el año de su debut. Primero como joven gigoló en otra  claustrofóbica, triste y trágica historia con aires de Tennessee Williams (era la adaptación de una de sus poquísimas novelas), La primavera de la señora Stone. Y después fui una de las enamoradas de Bud Stamper, el niño bien con corazón de oro al que el entorno que le rodea y su familia no le dejan tomar las riendas de su vida. Tiene que romper el corazón y la salud mental, sin quererlo, de Dennie Loomis (Natalie Wood) y ‘dejar’ a su desestructura familia después de que caiga en el abismo en el crack del 29 para poder reconstruirse… aunque ya con varias heridas. Hablo de la para mí mítica Esplendor en la hierba de Elia Kazan.

Seguiría por la senda de joven atormentado llegando a su culminación en 1964 entre la locura y la cordura con Jean Serbeg en la extraña Lilith. O también adquiriría el rol de joven romántico rompecorazones caradura de comedia… pero Beatty veía que su estrella no despegaba del todo a pesar de ser considerado el guapo oficial y un ligón empedernido protagonista del papel couché. Los tiempos en Hollywood estaban cambiando. Los estudios ya no tenían la misma fuerza. El público quería otro tipo de películas, estaba ávido de temas nuevos. Querían también rostros nuevos con los que identificarse. La censura ya tenía cada vez menos sentido (el famoso código Hays). La caza de brujas había finalizado…

Y Beatty espabiló y se empeñó en sacar un proyecto adelante como productor y actor protagonista. Una obra cinematográfica con un director prometedor cada vez más en alza, Arthur Penn. Una película que hablaba de los tiempos que corrían, inestables, aunque reflejara el pasado. Una película de aires rebeldes, de dos indignados sociales, dos ladrones de la Depresión que a la vez se amaban. Dos fuera de la ley. Un cine que no ocultaba ni lo sensual ni lo violento. Y así nacía el nuevo cine americano: con la filmación y el éxito arrollador de Bonnie and Clyde (1967). Warren Beatty logró una jugada maestra. No sólo se convirtió en un actor de moda (junto a su coprotagonista Faye Dunaway) sino que adquiere poder en Hollywood.

Robert Altman, otro de los directores de ese nuevo cine, realizó con Beatty de protagonista una pasada de película, la reivindicable Los vividores (1971) donde la mítica del western adquiere otro sentido. Donde se refleja una vida dura, muy dura, lejos de ese tamiz de romanticismo del género. Una historia de supervivientes y perdedores. Beatty es un perdedor que en una lejana y fría aldea trata de montar un prostíbulo. Su socia será una hermosa prostituta con la que protagonizará una extraña relación. Ella era Julie Christie…, dicen que entre las muchas mujeres que pasaron por su vida, Julie logró marcarle y enamorarle. Pero Christie siempre huyó del glamour…

Warren Beatty seguía protagonizando películas que hacían que no olvidáramos su rostro. Así de la mano de Pakula se metió de lleno en El último testigo, un thriller que te deja sin respiración. Y con los directores del nuevo cine continuaba siendo uno de los actores a tener en cuenta, así el realizador Hal Ashby (cómo me gusta) crea una melancólica historia sobre un don juan peluquero (y Beatty también pone su firma en el guión junto a Robert Towne). La que le vuelve loco es de nuevo una triste y hermosa Julie Christie. Estoy hablando de la olvidada y también reivindicable Shampoo (1975).

Y con Christie sería capaz de dar el salto a la dirección (guardándose el papel goloso de la función). Para su primera incursión apunta a una comedia celestial (un remake de El difunto protesta) y comercial que sabía podía arrasar (y así lo hace)… La jugada le salió bien pero no le dio el prestigio como director. El cielo puede esperar es una comedia fantástica que recuerdan nostálgicos de los dos bellos. La película que le hizo alcanzar los altares como director, actor, guionista… y mil cosas más fue la macroproducción Rojos (1981) que aquí la que esto escribe venera. La historia del periodista norteamericano y comunista John Reed. Beatty demostró que la caza de brujas había terminado cuando en la gala de los oscars de fondo sonaba La Internacional… pero también dejó al descubierto las contradicciones de ser progresista en Hollywood…

En 1987 llegó uno de sus mayores batacazos en una extraña película de aventuras junto a Dustin Hoffman e Isabelle Adjani. Recuerdo cuando fui al cine a verla, la desilusión que me provocó. ¡Me había aburrido mucho! Se llamaba Ishtar. Así que Warren volvió a ponerse tras las cámaras. Y se volvió a hablar de él por el tema elegido y como no por su rollo con su paterneire. Beatty empezó a ver lo que el cómic aportaría al cine… y llevó a la pantalla a Dick Tracy (1990) con una peculiar estética. Ella era Madonna en otro de sus intentos de convertirse en actriz.

Un año después conocería en Bugsy, una película que trataba de regresar al cine de gánteres de los años 30, a la mujer que le llevaría definitivamente al altar, la actriz Annette Bening. Y con ella protagonizaría otro innecesario remake de Tú y yo, Un asunto de amor.

Ya no le vemos en la pantalla blanca ni tampoco en actos públicos. En 1998 dirigió y actuó en una interesante sátira política (estoy detrás de ella), Bulworth. Y en 2010 volvió al papel couché por la escandalosa biografía que escribió Peter Biskind (el autor de Moteros tranquilos, toros salvajes donde Warren Beatty era uno de los protagonista del libro), Star. How Warren Beatty seduced America.

… Warren Beatty sigue paseando su rostro bello en aquellas películas en las que era un seductor atormentado o un caradura con gracia o ambas cosas… Y sigue enamorando…

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