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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Hay directores a los que merece la pena rescatar del olvido una y otra vez, y que según se va completando su cuantiosa filmografía, el número de sorpresas no deja de ascender. William Dieterle es uno de tantos directores pioneros europeos que terminaron, por distintas circunstancias, en EEUU. Su condición de judío y la oportunidad de rodar versiones alemanas de las películas de Hollywood a principios de los años 30 (que produjo un éxodo de profesionales europeos a los estudios norteamericanos), durante el famoso periodo de transición del mudo al sonoro…, hizo que ya no abandonara la fábrica de sueños.

Durante su carrera como director, trabajó varias veces con el actor Joseph Cotten. Este había fundado junto a Orson Welles en 1937 el Mercury Theatre y su primer papel importante en el cine fue de la mano de su gran amigo en Ciudadano Kane (antes habían experimentado juntos con Too Much Johnson) en 1941. Pero Cotten ya no dejó de hacer cine. Y Dieterle le rodeó de un halo de personaje romántico, que durante mucho tiempo no le abandonó, y una muestra de ello son Te volveré a ver y Jennie.

El tratamiento del amor de William Dieterle en ambas películas es diferente. En la primera es una historia realista sobre segundas oportunidades, donde el amor contribuye a mejorar la vida de dos personas que han vivido momentos muy malos. Y la segunda es una película extraña y mágica donde se relata una historia de amor fou, más allá del tiempo, el espacio y la muerte. Lo que une a las dos, además del actor principal y el tema, es su extrema sensibilidad.

Te volveré a ver (I’ll be seeing you, 1944)

Te volveré a ver

Un hombre y una mujer… y una segunda oportunidad de ser felices

Y no son pocas las películas de este periodo bélico que hablan de encuentro, melancolía, desencanto y tristeza entre hombres y mujeres en un mundo en guerra. Y de la posibilidad del amor. A veces casi puro milagro. Habla de hombres rotos por la guerra y de mujeres que sobreviven. Películas que muestran a soldados de permiso o heridos que descubren que ya nada es igual y a mujeres que llevan sobre sus hombros una dura carga. A Su milagro de amor de John Cromwell o El reloj de Vicente Minnelli ambas de 1945, se les une un bello precedente: Te volveré a ver.

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El trío protagonista de Unión Pacífico, aventura y emoción continua.

Que Cecil B. DeMille sabía perfectamente lo que era el sentido del espectáculo es un tópico que se repite mucho al referirse a su persona…, pero es una afirmación real. A sus epopeyas bíblicas e históricas, se unía su afán por reflejar una imagen de América con altas dosis de épica y conservadurismo…, pero con películas no solo amenas sino muy bien construidas. Por eso en la filmografía de DeMille no podía faltar un western épico, donde hay buenos y luchadores que construyen un país prospero, unos malos malísimos que tratan de impedir todas las buenas cualidades de una nación… y unos indios salvajes, que son amenaza y obstáculo para el progreso, y que no se pierde ocasión para presentarlos fieros, pero también ridículos e ignorantes. Aun así, Unión Pacífico no solo es una película espectacular y entretenida, sino también intensamente emocionante, con un buen empleo del lenguaje cinematográfico, unos efectos especiales espectaculares y una galería de actores principales y secundarios que contribuyen a implicar al espectador en la trama.

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Agáchate, maldito

La complicidad de Juan y John en ¡Agáchate, maldito!

Juan (Rod Steiger) le dice indignado a John (James Coburn): “La revolución, la revolución… Hazme el favor de no hablarme nunca más de revoluciones. Yo sé muy bien cómo es eso y cómo empieza. Llega un tío que sabe leer libros y va donde están los que no saben leer libros, que son los pobres, y les dice: Ha llegado el momento de cambiar todo. Sé muy bien lo que digo, que me he criado en medio de revoluciones. Los que leen libros dicen a los que no saben leer libros, que son los pobres: Aquí hay que hacer un cambio. Y los pobres diablos van y hacen el cambio. Luego los que leen libros se sientan alrededor de una mesa y hablan, hablan y hablan y comen, hablan y comen… y mientras ¿qué fue de los pobres diablos? Todos muertos. Esa es tu revolución. Por favor, no me hables más de revoluciones. ¡Puerca mentira! ¿Sabes qué pasa luego? Nada”. John le ha escuchado atentamente, se queda mirando el libro que está leyendo y lo tira al suelo: El patriotismo de Mijail Bakunin. Esta es una secuencia de ¡Agáchate, maldito! (película que sufrió varios cambios de títulos durante su distribución: Giù la testa, Erase una vez… la revolución, Duck, you sucker, A fistful of dynamite…) que casa perfectamente con la cita de Mao Tse Tung que abre la película: “La revolución no es una cena social, un evento literario, un dibujo o un bordado. No puede hacerse con elegancia y cortesía. La revolución es un acto de violencia” y con la mirada de Sergio Leone, que cuenta para ello con los ojos de sus dos protagonistas. Los dos personajes principales se conocen en plena revolución mexicana y el director se apropia de sus miradas. Juan y John no son héroes, son dos personajes que arrastran sus propias historias personales y se ven envueltos en la revolución. No hay idealización… No son dos héroes, sino más bien antihéroes con sus contradicciones y defectos a cuestas. Sí se muestra la crudeza, la dureza, la violencia, la traición, el sentimiento de culpa, la venganza… Pero también la amistad, el perdón, el compromiso…

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La casa 322

Dos amantes atrapados en la casa número 322.

Estoy asombrada… Cómo las películas dialogan entre sí o esconden hilos invisibles que van viendo la luz. El otro día me escribía con Bet, del blog La chica del parasol blanco, y le contaba que había visto una nueva película de Barbara Stanwyck y George Sanders que me había gustado mucho, El único testigo (Witness to Murder) de Roy Rowland. Y ella me preguntaba, al enterarse del argumento (una mujer es testigo de un asesinato a través de su ventana), que si haría una buena sesión doble con La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock… y le contesté que sí. Lo que no me esperaba es que al visionar hace poco una película que iba persiguiendo desde hace años: La casa número 322… me iba a dar cuenta de que había descubierto una ¡sesión triple espectacular! ¿Por qué hubo tantas ventanas indiscretas en 1954…, año que además comparten las tres?

La casa número 322 de Richard Quine también está envuelta con los ingredientes del cine negro puro. El protagonista es un policía, en un principio honrado y hombre normal y corriente, con cara de Fred MacMurray… y, de nuevo, como en Perdición, se cruzará con una femme fatale que le conducirá a un destino funesto. Lo único que en aquella MacMurray era un agente de una compañía de seguros que se encontraba con una femme fatale de armas tomar y muy activa en el plan (con rostro de Barbara Stanwyck, aquí la tenemos de nuevo)… Los dos caían conscientemente al abismo. Y en la película de Richard Quine, que esconde en muchas de sus películas un romanticismo trágico, es una femme fatale a su pesar, una superviviente en una sociedad de depredadores. Sí, es la que enciende la mecha, pero como sin darse cuenta, y es una víctima de un mundo masculino que la consume y la arrastra a la deriva. El policía cae en sus brazos… y los dos caen al abismo porque van en busca del dinero. Su falta en el pasado, sus vidas desgraciadas y su instinto de supervivencia hace que lo identifiquen como la única salida para la felicidad en común.

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Piel de asno

El cuento de Piel de asno bajo la mirada de Demy

Charles Perrault recopiló varios cuentos populares bajo el título Los cuentos de mamá oca (o también Los cuentos de mamá ganso). Así recogió de la sabiduría popular historias como la de La bella durmiente, El gato con botas, Caperucita Roja, Cenicienta, Barbazul… En posteriores ediciones se añadieron algunos cuentos más con la peculiaridad de que no eran en prosa… sino en verso. Y entre ellos se encontraba Piel de asno. Estos cuentos de hadas presentan siempre elementos mágicos, de fantasía, donde se agazapa el inconsciente… y una mirada al mundo donde no se esconde lo oscuro, lo grotesco, lo terrible… Eran historias de tradición oral y que su público fuera infantil es algo más tardío, de los siglos XIX y XX. Los cuentos son herramientas para entender cómo funciona el mundo o cómo enfrentarse a distintos obstáculos. Y algunos de ellos se quedan grabados en la memoria infantil para siempre. Y a Jacques Demy uno de los cuentos que le marcó fue precisamente Piel de asno. Hoy este cuento no creo que sea muy leído por las nuevas generaciones. Es más no creo que Jacques Demy hubiese podido plantear actualmente la película con esa mirada hacia su universo infantil.

Hoy en día hay una corriente que considera que hay cuentos de hadas, populares, que no se amoldan a la mirada actual, que no son políticamente correctos. Y que por eso, para transmitírselo a los niños de hoy, es mejor modificarlos. No es algo nuevo. Walt Disney transformó los cuentos a su propio universo. Si nos ponemos puristas hasta recopiladores como el propio Perrault o los hermanos Grimm…, los suavizaban. También es cierto que ellos lidiaban con varias versiones orales y creaban una historia escrita. Pero esta corriente actual hace que se pierdan joyas literarias como Barbazul o Piel de asno y que otras se modifiquen absurdamente. Y yo me hago una pregunta: ¿no sería mejor dejar esos cuentos tal y como están, sin modificarlos, que son pequeñas joyas literarias y que poseen un análisis apasionante… y para transmitir esa “nueva mirada” se crearan cuentos nuevos acordes a “nuestros tiempos”? Y es que la literatura infantil está viva y es rica… y me consta (pues me encanta indagar por estos mundos) que se están creando relatos maravillosos… Entonces ¿por qué tocar esos cuentos de hadas? Además hay otra cuestión apasionante, cuando el niño escucha o lee el cuento… su recreación, lo que atrapa es uno de los grandes misterios de la literatura. Y es que esos cuentos tienen revelaciones y cada lector los absorbe, “los mira”, “los siente” de manera diferente. A mí me marcaron mucho en mi infancia Barbazul, El traje nuevo del emperador o La bella durmiente. Y de Barbazul me quedaba con lo siniestro, con el terror y con la heroína que investigaba, que sentía curiosidad, que quería saber… No era un personaje pasivo. Sí, es cierto, los cuentos de hadas presentan un mundo duro, cruel, oscuro, terrible, plantea cuestiones complejas… y a veces no tienen finales felices, pero ¿cómo es la vida? ¿Y cómo es la realidad que vivimos?

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Para Isis

El ojo de la aguja

Dos amantes trágicos en la isla de las tormentas

La isla de las tormentas es el título de la novela de Ken Follet que adapta Richard Marquand en la película El ojo de la aguja. Y es curioso porque los dos títulos hacen justicia a esta cinta. El primero, el de la novela, más simbólico, describe perfectamente la naturaleza emocional de la película y su parte de historia de amor desatada con aires de melodrama exaltado… El segundo, El ojo de la aguja, más incisivo nos describe la frialdad y racionalidad del mundo de los espías en la Segunda Guerra Mundial. La película funciona a la perfección porque alcanza el equilibrio justo entre esas dos perspectivas: entre la película de espías y el romanticismo desesperado. El ojo de la aguja va preparando la incisión perfecta, como si Marquand tuviera el estilete del protagonista, para llegar al clímax final con las dosis suficientes de ritmo, emoción y tensión.

Pero hay otros elementos que hacen no solo que funcione El ojo de la aguja, sino que la película permanezca en el recuerdo y sea además una película sumamente entretenida. Por una parte el personaje del espía nazi, el malo de la función, aquel que se apoda El aguja (porque su arma más eficaz es un estilete), pues curiosamente el espectador lo conoce como un frío, solitario, inteligente y calculador asesino para convertirse, de pronto, en un hombre enamorado y atrapado en una guerra que no le deja alcanzar la felicidad. El aguja se transforma en el héroe romántico por excelencia. Su talón de Aquiles será una mujer aislada y también atrapada en una isla que arrastra unas trágicas circunstancias personales, pero que no dudará en convertirse en sujeto activo de una historia que la tenía al margen…, aunque la suponga de nuevo la soledad. Estos personajes tienen el rostro de dos actores con carisma y mucha química: Donald Sutherland y  Kate Nelligan, una secundaria de carácter en uno de sus pocos personajes protagónicos.

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El Bruto

El bruto, el abuelo y la femme fatale.

La etapa mexicana de Luis Buñuel es una mina de descubrimientos impagables. Y pese que El bruto fue una película de encargo y no figuraba entre las favoritas del propio director (pues parece ser que no pudo realizarla tal y como él quería, con absoluta libertad), se trata de una obra de rico análisis y de un desaforado y apasionante melodrama con connotaciones sociales. La huella de Buñuel la convierte, a mi parecer, en una joya a reivindicar. Además cuenta con un reparto carismático que imprime una fuerza añadida a cada una de las secuencias: Katy Jurado, arrebatadora; Pedro Armendáriz, un actor con una presencia que emana en cada momento que aparece; Andrés Soler, un actor imprescindible en la filmografía de oro mexicana; y todo un descubrimiento, el actor español Paco Martínez, que hace un abuelo buñueliano y que cada vez que sale en pantalla es imposible apartar la mirada de él.

La premisa de la historia tiene raíces sociales: Andrés (Andrés Soler), un hombre de negocios (que tienen que ver con la carne) y propietario de un inmueble quiere desahuciar a sus inquilinos, todos humildes, para poder construirse un hogar más grande y cómodo. No tiene miramiento alguno y la ley está de su parte, pero se topa con la oposición vecinal, liderada por varios vecinos, entre los que se encuentra Carmelo González (Roberto Meyer), un obrero que vive con su joven hija, Meche (Rosita Arenas). Andrés asesorado por su joven amante, Paloma (Katy Jurado), decide contratar a Pedro (Pedro Armendáriz), un hombre muy bruto y con pocas luces, que además conoce desde hace años (para el bruto Andrés es su patrón y le sigue con fidelidad eterna), para pegar, asustar e intimidar a los líderes. Pedro pone en marcha la maquinaría: deja su trabajo en el matadero, abandona su hogar ya de por sí desestructurado, se va a casa del patrón… y golpea al líder más visible, Carmelo. A partir de estos acontecimientos se desata un melodrama desaforado, donde el bruto, a pesar de todos sus defectos, no solo se va convirtiendo también en víctima como los demás inquilinos, sino que también va tomando conciencia…, pero de nada le sirve.

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Ludwig

Luchino Visconti leía en los rostros de sus actores, además de pintar con su cámara fotogramas con notas de óperas trágicas. Así en sus últimos años convirtió en muso a Helmut Berger. Y en las tres películas que filmó a su lado (La caída de los dioses, Ludwig y Confidencias), Visconti indagaba en un rostro perfecto y bello que escondía algo complejo y oscuro. Ahora el propio Berger, como un rey loco, pasea su triste decadencia…, algo que el aristocrático director con raíces neorrealistas intuyó desde que se encontró con él. Por eso Helmut Berger se mimetiza en un Luis II de Baviera (1845-1886) que con apenas 18 años se puso una corona, un rey bello que parecía un príncipe azul en una burbuja de cristal, pero que, sin embargo, no dejó de ser un ser humano complejo, atormentado y enigmático. Un príncipe azul destronado que no entendía el mundo en el que vivía y trató de encerrarse en el mundo del arte entre música y castillos de ensueño. Un príncipe azul que no se enfrentó a los tejemanejes políticos y pudieron con él, prefirió erigir más alto su muro de cristal que preocuparse por el destino político y social de Baviera. Un príncipe azul rodeado de una familia que le educó severamente para ser rey, con un hermano también de ensueño y hundido por la locura… Un príncipe azul que se fue deteriorando al igual que sus dientes, cada vez más picados. Un príncipe azul que hizo de su muerte un misterio. Un príncipe azul que no entendía sus sentimientos, que idealizó la relación con su prima y luchó contra una homosexualidad que no comprendía.

Y esa prima es precisamente Isabel de Baviera o Sisi (1837-1898)…, que no podía tener otro rostro que el de la actriz Romy Schneider. Cuando esta comenzó en el cine se convirtió en leyenda con tres películas de los años 50, Sissi, Sissi emperatriz y El destino de Sissi, que recreaba de manera edulcorada, como una princesa de ensueño, la historia de Isabel de Baviera. Pero esa Romy-Sissi fue evolucionando a lo largo de los años hacia una actriz elegante y hermosa con una triste mirada a base de desengaños y desgracias. De esta manera, Visconti le ofreció en bandeja despedirse del personaje que le dio la fama, acercándose a una visión mucho más documentada, histórica y realista, donde Schneider encarna de nuevo a una Sisi bellísima, pero absolutamente desencantada y totalmente consciente de su papel en palacio. Una Sisi rebelde, pero que también se construye su propia burbuja de cristal…, solo que ella sabe que es para no sufrir aún más. Y la única que conecta con el idealismo y la sensibilidad de Luis, aunque se va alejando de él, pues no consigue que este se dé cuenta de que tiene que “entrar en el juego” y Luis al no ser correspondido en un amor platónico, tampoco soporta que su prima viva con él su decadencia.

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Sansón y Dalila

Sansón y Dalila… y sus días en un paraíso propio

Dalila dice: “Siempre dudas de mí”, Sansón contesta: “… y siempre te quiero”. O Dalila mira a Sansón y le explica: “Tú eres todo lo que yo quiero” o Sansón es consciente de su eterna condena: “Nunca me liberaré de ti, Dalila”… Y cada frase de Sansón y Dalila va construyendo una apasionante historia de amor loco, desesperado, que roza el odio y la traición. Los dos, encadenados. Así Cecil B. DeMille, que buscaba en la Biblia sus espectáculos cinematográficos, logra que un personaje bíblico anecdótico, Dalila, se transforme en una mujer fatal absolutamente enamorada y redimida por amor…, aunque sea demasiado tarde, aunque no deje nunca de dar zarpazos. Ella es la reina de la función.

El mito de Sansón se encuentra en el libro de los Jueces del Antiguo Testamento. Y todas las “hazañas” del forzudo están reflejadas en la película de DeMille. Solo que este busca un hilo conductor que no está entre las páginas de la Biblia y es la presencia continúa en la vida de Sansón… de Dalila, y su compleja relación de sensualidad y amor. Y ese es uno de los secretos de que aún hoy Sansón y Dalila funcione. El Sansón bíblico es mucho más antipático y bestia que el héroe sensible y muy, pero que muy enamoradizo, que muestra la película. Dalila, no solo tiene más protagonismo que en el libro sagrado, sino que es una dama inteligente, manipuladora y con artes de mujer fatal… pero siempre enamorada. Una mujer con poder, y muy sexual, la cortesana filistea al lado siempre del sarán de Gaza.

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El rey del juego

… unos ojos azules

¿Pueden unos ojos azules conquistar toda una interpretación…, incluso una película? Sin duda, uno de los secretos de Steve McQueen fue la manera de mirar, de mover sus ojos azules. Además de pasear varios personajes perdedores por la pantalla de cine con toda la dignidad del mundo. Siempre con un punto de picardía y dejadez. A esos ojos, a veces les acompañaba una sonrisa… que se hacía mucho de rogar. Así su personaje en El rey del juego se convierte en un perdedor a su pesar, pero con sus propias reglas y con su independencia y libertad como bandera. Y no está solo: una galería de personajes y actores maravillosos le acompañan.

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