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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Blancanieves tiene una cualidad mágica: y es que te lleva al éxtasis continuamente. Te conquista desde la emoción, una emoción tremendamente hermosa. Sales con lágrimas y dando palmas… y estas dos actividades tan distintas pueden conjugarse. Porque Blancanieves es un trabajo de orfebrería, de artista cuidadoso en extremo (con colaboradores que tienen el mismo concepto de arte), para dejar al espectador una obra completa y redonda. Y algo sumamente valioso es que te lleva a cotas extremas de sentimiento pero a la vez permite un análisis profundo de varios aspectos que hacen de esta obra cinematográfica un ejercicio intelectual grandioso.

Con Blancanieves te puedes meter en varios terrenos. Y yo me quedé enganchada a tres de ellos. Aún espero volver a meterme otra vez en la sala de cine y descubrir más caminos…

En Blancanieves se mueve una identidad fantasmal de un país que tiene una historia triste (como casi todos los países), un reflejo con una serie de claves que confluyen. El desgarro y el grito de esa España que supo reflejar un Federico García Lorca que se fundía con la Argentinita, el mundo de los toros y el folclore popular. La España deformada y trágica que extrajo Goya de sus pinturas negras y Valle Inclán de sus espejos deformantes hacia el esperpento. La picaresca de Quevedo de unos seres humanos que con miseria e ironía encaran una vida sórdida. Esa España negra… la España oculta de Cristina García Rodero que con una poderosa fuerza visual hizo que surgieran unas imágenes de un país anclado en el tiempo. Esa España de pandereta, copla y toreros que fue una de las únicas cosas exportables de un país bajo la dictadura que silenciaba voces. Así el cine de antes y después del dolor de una Guerra Civil mostraba un país que cantaba, daba palmas y donde el súmmum era la historia entre el torero y la coplera. Y así llegaba nuestra imagen a otras partes del mundo… del mito de Carmen (… visión de Sevilla de un francés a mediados del siglo XIX) se unía la novela del escritor español más internacional, Vicente Blasco Ibáñez, Sangre y arena. La España del cotilleo fácil y el famoseo falso y efímero que aleja al personal de la realidad que le rodea. La España que se ríe de la desgracia ajena para alejar la suya propia. Un cotilleo que destruye y crea falsos espejos y envidias insanas. Un cotilleo que arrastra víctimas por el camino. Blancanieves desgarra con un país triste que se consume entre vítores…

Blancanieves es cine silente puro que se construye con su lenguaje cinematográfico. Ahí nos topamos con el segundo terreno. Y es también una conjunción de la historia del cine universal. No sólo es un ejercicio absolutamente medido del montaje bien hecho sino que sus imágenes destilan esencia de estilos y referencias que finalmente confluyen en un estilo único que da una coherencia maravillosa a la ‘pieza’ cinematográfica. Hacía tiempo que no veía unas transiciones tan absolutamente hermosas… como esa visión de la luna que se convierte en la ostia sagrada que toma Carmen el día de su primera comunión. O ese maravilloso plano que anuncia un cambio desgarrador en la vida de la protagonista cuando un traje blanco se mete en una tina y aparece totalmente negro. O esa imagen hermosa del paso de la infancia a la adolescencia de Carmen.

Emoción es lo que destila toda una galería de primeros planos de diferentes rostros. Desde Eisenstein a Dreyer pasando por Abel Gance. A las espaldas de Blancanieves descansa el lenguaje del melodrama con esas divas del cine mudo que eran casi diosas (Lilliam Gish y sus personajes bondadosos que sufrían toda clase de desgracias, Greta Garbo y sus sacrificios por amor o la sensualidad de Joan Crawford que es imposible olvidar en Garras humanas).

El espíritu de ese otro Hollywood, un Hollywood que destilaba poesía de lo horrible, pulula por los fotogramas de Blancanieves. Y nos viene a la cabeza, de nuevo, imágenes de otra obra maravillosa de Tod Browning, La parada de los monstruos. Otras imágenes recrean la pátina de ese Hollywood también deformante y grotesco, de grand guignol a lo Aldrich. Así el personaje de la madrastra con rostro de Maribel Verdú nos trae a la mente Qué fue de Baby Jane o ese Hollywood decadente de El crepúsculo de los dioses.

También recorremos esa imagen de relato cinematográfico que recrea lo gótico, fantasmagórico y terrorífico. Esa imaginería de grandes mansiones y las historias desgarradas que ocurren en su interior. Como si nos topáramos de nuevo con Manderley o con Thornfield. O con los secretos tras la puerta a lo Lang.

Blancanieves pulula también por el cine patrio y desgarrado. Pinta de oscuro y poesía la España de la copla y el mundo del toreo. El espíritu de Buñuel pulula por los fotogramas pero también la tristeza y belleza de un Víctor Erice que mira a través de los enormes ojos de una niña (El espíritu de la colmena) o refleja de manera intensa la relación hermosa entre padre e hija (con ecos de El Sur). No puedo dejar de mencionar una de las escenas más hermosas, a mi parecer, que es esa niña de enormes ojos vestida de folclórica, que pone un disco donde canta su madre y baila con su padre que se encuentra en una silla de ruedas, en esa habitación prohibida.

Y el tercer terreno en el que me quedé absolutamente enganchada fue en cómo se conserva la esencia del cuento en el que se inspira. Pablo Berger introduce el universo que captaron los hermanos Grimm en su plasmación de este cuento y le dota de todo un sentido y una iconografía necesaria para trasladarlo a esa Sevilla ‘inventada’ de los años 20. Así se conservan todos los rasgos que dan identidad al cuento, no elimina la maldad implícita en los relatos populares (que sí eliminaron las versiones de Walt Disney) y deja un final entre hermoso y poético con un tamiz de crueldad, sin traicionar ni el espíritu del cuento ni de la historia que narra, que nos deja en el límite de la emoción intensa.

En esta inspiración del universo Blancanieves lo dota de sus claves (pero con estilo propio) y también deja otras huellas o ecos de otros cuentos populares (como Caperucita Roja, la Cenicienta, Barbazul u otros). En Blancanieves de Pablo Berger no falta la madrasta malvada, el cazador asesino, los ¿siete? enanitos, la manzana envenenada y un espejo muy especial, la revista Lecturas… y el elemento ‘mágico’ del cuento.

Mención aparte cada uno de los actores que encarnan a los distintos personajes de este ‘relato’ cinematográfico. Así como los innumerables rostros de extras que dejan unos primeros planos difíciles de olvidar. Pero haré mención especial a todas las generaciones posibles de actrices femeninas que tienen un rol especial e importante en Blancanieves y todas en su esplendor máximo: una madre coplera con el espíritu de las mujeres de Julio Romero de Torres con cara de Inma Cuesta, la abuela más hermosa, buena y sentida que tiene el rostro de Ángela Molina, la madrasta más perversa entre las perversas y más frívola (Maribel Verdú), una Blancanieves niña con ojos enormes (Sofia Oria) y la Blancanieves adulta con la intensidad y frescura de Macarena García. En el cuidado montaje, que tiene ritmo y rima como un buen poema, no podía faltar una cuidada obra musical de Alfonso de Vilallonga y la selección de melodías y cantos así como el descubrimiento de la voz de Silvia Pérez Cruz.

Blancanieves es una perfecta estructura cinematográfica, con todas las piezas en su sitio, que juntas disparan la emoción del espectador y le hace tocar prácticamente lo sublime, la obra bien hecha (ha sido un proyecto cinematográfico que ha costado años sacar adelante pero ahí está, vivo). Vuelvo a repetir salí llorando y dando palmas…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Lo puedo gritar con boca enorme: El gran desfile ha sido una sorpresa maravillosa. Y me lo esperaba porque a King Vidor cada vez le aprecio más. Vidor realiza una obra cinematográfica en la que ya presenta un tema que es un subgénero muy valioso en el cine bélico y que ha dado grandes obras maestras: las películas antibelicistas. Películas donde la guerra se observa con ojos críticos como sistema destructor de seres humanos y como instrumento de violencia y terror. Donde se muestra con toda crudeza el sinsentido de la guerra. El gran desfile desarrolla con maestría muchos de los antecedentes de este género.

King Vidor presenta su visión de la primera guerra mundial, una guerra extremadamente salvaje y cruel donde los hombres se mataron en los campos de batalla con terribles ‘avances tecnológicos’, un preludio horrible de las cruentas guerras del siglo XX y XXI. Para ello Vidor estructura la película de manera inteligente y expresa con imágenes el horror. Ahora esta estructura puede parecernos previsible, pero aún sigue siendo muy efectiva, pero en aquellos albores del cine silente era una fórmula que se estaba construyendo, pionera.

Así en un principio nos encontramos a un niño bien (un magnífico John Gilbert) de familia acomodada norteamericana que por presiones (de su novia, de sus amigos, de su propia familia) y ante la visión de un desfile que envía hombres al ejército como si fuera lo mejor del mundo para convertirse en héroes, decide enrolarse voluntariamente para luchar en Europa durante la primera guerra mundial. Una vez en el ejército hace migas con dos soldados trabajadores. La guerra no entiende de clases sociales. Y antes de entrar en combate esperan durante un largo periodo en una granja francesa donde los hombres construyen camaradería, gastan bromas, se aburren e incluso se enamoran. Como le ocurre al niño bien que flirtea con una campesina francesa que le corresponde (las escenas del enamoramiento son una delicia… no tiene desperdicio la escena del chicle como elemento de seducción…). Toda esta primera parte transcurre como un periodo festivo, cómico y costumbrista que preludia pronto la desgracia…

Y ésta llega cuando los soldados son realmente llamados para entrar en combate. Y en ese momento el flirteo se convierte en amor. Porque el niño bien recibe una carta de la novia estadounidense y siente remordimiento. Se lo confiesa a la campesina y ésta muestra su tristeza porque realmente le ama. Y sale corriendo. Justo en ese momento en que la historia de amor se transforma en algo serio y trágico son llamados a filas. Y pensamos que John Gilbert junto a sus camaradas va a marcharse a la guerra sin poder despedirse de la amada francesa. Así se desarrolla una escena emocionante y que te tiene en tensión. Los soldados van subiéndose en camiones y marchan hacia el combate y los dos amantes se buscan desesperados entre el gentío hasta que se encuentran en una escena de alto contenido emocional que aún hoy te hace sentir… y toda una lección magistral de empleo de la narración cinematográfica.

A partir de este momento sí que transcurre el verdadero ‘gran desfile’ de los soldados hacia una muerte violenta y sinsentido. Y los tres camaradas se pierden en una inmensa masa. Y las escenas bélicas son demoledoras y sin concesiones. John Gilbert, en un momento, se siente impotente y todo un muñeco en una trinchera esperando una muerte segura y se rebela. Pero de nada le sirve. Siente lo absurdo que es esperar órdenes inútiles mientras un amigo está siendo salvajemente disparado… Los soldados van muriendo o quedando heridos de gravedad. Así en la inmensidad de la batalla van sucumbiendo los tres camaradas. Pero Vidor apunta también al enemigo… que también cae, también tiene miedo y también muere. Así surge una escena impresionante cuando el protagonista cae en un agujero donde está un joven soldado enemigo… y éste ve cómo es un joven solo y asustado… y le termina encendiendo un cigarrillo y le acompaña en su ‘lecho’ de muerte… Hasta que el propio protagonista acaba gravemente herido.

Despierta en un hospital. En una sala de dimensiones enormes donde vemos las secuelas psíquicas y físicas que sufren los soldados. El niño bien, el protagonista, ha sufrido una transformación. Ya no es el chico despreocupado que conocimos al principio de la cinta. El regreso al hogar es duro. Las secuelas físicas son evidentes. El desencanto en su rostro también. Lo que encuentra no es lo que espera (incluso su novia norteamericana ha trasladado su amor al hermano empresario). No llega como un héroe. En esta tercera parte es emocionante el encuentro con la madre, Vidor logra plasmar todo el amor que se profesan… Sólo hay algo que le puede devolver la ilusión por vivir. Y ahí quizá se vea un poco la mano de un productor interesado en el éxito de la película (que lo fue sin duda), lo que llamamos un final a lo Hollywood (esos finales que siguen existiendo y son una firma para bien o para mal) pero que no resiente el resultado porque lo rueda manteniendo una emoción exacerbada (como en los melodramas desbordados). Quizá fue Irving Thalberg el que vio mayores probabilidades de público en salas de cine repletas… con nuestro héroe herido regresando a Francia en busca de la amada campesina…

King Vidor ya se muestra como ese director grande y pionero que construyó junto a otros el lenguaje cinematográfico y que alcanzó cotas maestras en el cine silente (no hay más que recordar esa joya que se llama … Y el mundo marcha). También se nota cómo en el año 1925 todavía no existía el Código Hays no sólo por lo que muestra la película, sino por la violencia de la batalla y su visión claramente antibelicista. O también por una de las escenas más divertidas donde la campesina francesa disfruta y se ríe mientras ve cómo se duchan totalmente desnudos los dos camaradas de su amado… Y también cómo instauró ingredientes vitales para las futuras películas antibélicas.

En El gran desfile destaca también un buen reparto donde recordamos al después vapuleado, durante el periodo de transición del silente al hablado, John Gilbert como protagonista con una interpretación fresca y con un personaje que evoluciona a lo largo de la película. Y a la actriz francesa (que murió joven y sin tiempo de prosperar en el cine hablado) Renée Adorée como la campesina francesa. Los dos camaradas de John Gilbert fueron Tom O’Brien y Karl Dane, ambos trabajaron en diversas películas silentes.

El gran desfile no es sólo para disfrutar su visionado sino para aprender del buen empleo de la narración cinematográfica cuando era todavía un lenguaje pionero y en plena ebullición…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.