Lo puedo gritar con boca enorme: El gran desfile ha sido una sorpresa maravillosa. Y me lo esperaba porque a King Vidor cada vez le aprecio más. Vidor realiza una obra cinematográfica en la que ya presenta un tema que es un subgénero muy valioso en el cine bélico y que ha dado grandes obras maestras: las películas antibelicistas. Películas donde la guerra se observa con ojos críticos como sistema destructor de seres humanos y como instrumento de violencia y terror. Donde se muestra con toda crudeza el sinsentido de la guerra. El gran desfile desarrolla con maestría muchos de los antecedentes de este género.

King Vidor presenta su visión de la primera guerra mundial, una guerra extremadamente salvaje y cruel donde los hombres se mataron en los campos de batalla con terribles ‘avances tecnológicos’, un preludio horrible de las cruentas guerras del siglo XX y XXI. Para ello Vidor estructura la película de manera inteligente y expresa con imágenes el horror. Ahora esta estructura puede parecernos previsible, pero aún sigue siendo muy efectiva, pero en aquellos albores del cine silente era una fórmula que se estaba construyendo, pionera.

Así en un principio nos encontramos a un niño bien (un magnífico John Gilbert) de familia acomodada norteamericana que por presiones (de su novia, de sus amigos, de su propia familia) y ante la visión de un desfile que envía hombres al ejército como si fuera lo mejor del mundo para convertirse en héroes, decide enrolarse voluntariamente para luchar en Europa durante la primera guerra mundial. Una vez en el ejército hace migas con dos soldados trabajadores. La guerra no entiende de clases sociales. Y antes de entrar en combate esperan durante un largo periodo en una granja francesa donde los hombres construyen camaradería, gastan bromas, se aburren e incluso se enamoran. Como le ocurre al niño bien que flirtea con una campesina francesa que le corresponde (las escenas del enamoramiento son una delicia… no tiene desperdicio la escena del chicle como elemento de seducción…). Toda esta primera parte transcurre como un periodo festivo, cómico y costumbrista que preludia pronto la desgracia…

Y ésta llega cuando los soldados son realmente llamados para entrar en combate. Y en ese momento el flirteo se convierte en amor. Porque el niño bien recibe una carta de la novia estadounidense y siente remordimiento. Se lo confiesa a la campesina y ésta muestra su tristeza porque realmente le ama. Y sale corriendo. Justo en ese momento en que la historia de amor se transforma en algo serio y trágico son llamados a filas. Y pensamos que John Gilbert junto a sus camaradas va a marcharse a la guerra sin poder despedirse de la amada francesa. Así se desarrolla una escena emocionante y que te tiene en tensión. Los soldados van subiéndose en camiones y marchan hacia el combate y los dos amantes se buscan desesperados entre el gentío hasta que se encuentran en una escena de alto contenido emocional que aún hoy te hace sentir… y toda una lección magistral de empleo de la narración cinematográfica.

A partir de este momento sí que transcurre el verdadero ‘gran desfile’ de los soldados hacia una muerte violenta y sinsentido. Y los tres camaradas se pierden en una inmensa masa. Y las escenas bélicas son demoledoras y sin concesiones. John Gilbert, en un momento, se siente impotente y todo un muñeco en una trinchera esperando una muerte segura y se rebela. Pero de nada le sirve. Siente lo absurdo que es esperar órdenes inútiles mientras un amigo está siendo salvajemente disparado… Los soldados van muriendo o quedando heridos de gravedad. Así en la inmensidad de la batalla van sucumbiendo los tres camaradas. Pero Vidor apunta también al enemigo… que también cae, también tiene miedo y también muere. Así surge una escena impresionante cuando el protagonista cae en un agujero donde está un joven soldado enemigo… y éste ve cómo es un joven solo y asustado… y le termina encendiendo un cigarrillo y le acompaña en su ‘lecho’ de muerte… Hasta que el propio protagonista acaba gravemente herido.

Despierta en un hospital. En una sala de dimensiones enormes donde vemos las secuelas psíquicas y físicas que sufren los soldados. El niño bien, el protagonista, ha sufrido una transformación. Ya no es el chico despreocupado que conocimos al principio de la cinta. El regreso al hogar es duro. Las secuelas físicas son evidentes. El desencanto en su rostro también. Lo que encuentra no es lo que espera (incluso su novia norteamericana ha trasladado su amor al hermano empresario). No llega como un héroe. En esta tercera parte es emocionante el encuentro con la madre, Vidor logra plasmar todo el amor que se profesan… Sólo hay algo que le puede devolver la ilusión por vivir. Y ahí quizá se vea un poco la mano de un productor interesado en el éxito de la película (que lo fue sin duda), lo que llamamos un final a lo Hollywood (esos finales que siguen existiendo y son una firma para bien o para mal) pero que no resiente el resultado porque lo rueda manteniendo una emoción exacerbada (como en los melodramas desbordados). Quizá fue Irving Thalberg el que vio mayores probabilidades de público en salas de cine repletas… con nuestro héroe herido regresando a Francia en busca de la amada campesina…

King Vidor ya se muestra como ese director grande y pionero que construyó junto a otros el lenguaje cinematográfico y que alcanzó cotas maestras en el cine silente (no hay más que recordar esa joya que se llama … Y el mundo marcha). También se nota cómo en el año 1925 todavía no existía el Código Hays no sólo por lo que muestra la película, sino por la violencia de la batalla y su visión claramente antibelicista. O también por una de las escenas más divertidas donde la campesina francesa disfruta y se ríe mientras ve cómo se duchan totalmente desnudos los dos camaradas de su amado… Y también cómo instauró ingredientes vitales para las futuras películas antibélicas.

En El gran desfile destaca también un buen reparto donde recordamos al después vapuleado, durante el periodo de transición del silente al hablado, John Gilbert como protagonista con una interpretación fresca y con un personaje que evoluciona a lo largo de la película. Y a la actriz francesa (que murió joven y sin tiempo de prosperar en el cine hablado) Renée Adorée como la campesina francesa. Los dos camaradas de John Gilbert fueron Tom O’Brien y Karl Dane, ambos trabajaron en diversas películas silentes.

El gran desfile no es sólo para disfrutar su visionado sino para aprender del buen empleo de la narración cinematográfica cuando era todavía un lenguaje pionero y en plena ebullición…

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